Por Horacio Cárdenas Zardoni
Sí, como no, a veces las noticias son capaces de espantar a las buenas conciencias, entre las cuales no me incluyo, pero hasta a uno son capaces de rozarle la encallecida coraza y el convencimiento de que ‘lo hemos visto todo’…
No estamos hablando de las notas que se generan en cualquier otro sitio de este destruido país, o en cualquier otro lugar del mundo, sino las locales. Viene a resultar que cosas feas ocurren aquí en las calles, avenidas, parques, baldíos y domicilios por los que uno ha pasado miles de veces a lo largo de una vida de corretear historias, si no para llevarlas a la redacción del periódico, sí para tratar de encontrarle sentido a lo que nos da la impresión de carecer de pies y cabeza.
Aquí mismo en Saltillo se suelen dar historias espeluznantes, que sí, circulan con su dosis de horror escalofriante, pero no sabe uno qué es peor, si verlas en forma de nota periodística hecha a vuela tecla, o en la todavía más fría, dura y seca de un expediente policiaco, ya sabe, restringida a solamente los hechos, aunque eso sí, aderezada con las fotografías más descarnadas que sea posible tomar, y para las cuales se pintan solos los peritos de servicios periciales, que lo hacen con un profesionalismo que quisiera uno ahorrarse, al menos al ver la calidad de sus productos.
Y es que sí, piensa uno que Saltillo es una comunidad, para el caso como cualquier otra ciudad de provincia, ni mejor ni peor, que se comporta como una distribución normal en una campana de Gauss, con los extremos que rayan en la beatitud de un lado, y con los horrores dignos del infierno, o su defecto la prisión perpetua, del otro, con el resto, la normalidad hecho bola aquí en el centro, ya cada quien sabe si se carga para acá o para allá, pero no arrimándose a las exageraciones, si es que su cordura se lo permite.
Pero aun en esta aburrida ciudad donde la abulia reina a sus anchísimas, se suelen dar casos que ay nanita, le ponen a uno los pocos pelos de punta, y nos hacen preguntarnos ¿qué es lo que subyace por debajo de la pretendida buena voluntad de los unos con los otros?, y es cuando nos asomamos a sentimientos, pensamientos, aberraciones y perversiones, que preferiríamos ignorar.
Los periódicos, que son para algunos de nosotros el pan duro de cada día, nos van perfilando una realidad que se escapa para los que no los leen, a saber, se va uno enterando de ciertas actitudes de los saltillenses, que distan mucho de la imagen que gustan proyectar de sí mismos. ¿Recuerda usted que hace algunos años, una madre de familia encerró en su casa a sus tres hijos, si no recuerdo mal, todos menores de diez años, y le prendió fuego?, la razón que se adujo en ese momento es que había dejado recado de que no podía mantenerse ni mantenerlos, así que ¡adiós?, unos murieron en el instante, ella creo que sobrevivió un par de días, falleciendo finalmente.
Este hecho no fue único, antes y después hubo varios incidentes en los que, o se4 buscaba el suicidio o el homicidio prendiendo fuego a la vivienda. Ni un mes tiene que producto de las eternas ‘viejas rencillas’ una fulana provocó el incendio de la vivienda de otra, y esta o sus familiares, en venganza, le correspondieron en la misma flamígera moneda. Así como que podamos afirmar que uno, otra, leyeron el periódico, o lo escucharon en la radio, lo vieron en la tele, o se lo contaron entre vecinos, cuates o compañeros, imposible de rastrear, pero la realidad es que se inscriben en una tendencia que ni siquiera podemos afirmar que haya concluido o vaya a hacerlo pronto.
Otra tendencia extraña fue ¿fue?, la de los suicidios tirándose al paso del ferrocarril. Podemos entender que allá en la Ciudad de México la gente se tire al paso de un convoy del Metro, el convoy viene rápido y la decisión de concluir la existencia entre sus ruedas es de una décima de segundo, ¿pero acá, donde los trenes vienen a una velocidad desesperante, que hasta los tráileres se sienten que pueden ganarle?, y pues sí. Otra vez, ni tres meses tiene que una mujer allá por el rumbo de la colonia Panteones salió de su casa sin decirle ni pío a su marido, se fue caminando entre los rieles hasta que se topó con un tren que la dejó en punto de carne molida de morgue. Fuera uno, pero son muchos casos, y la intriga es ¿cómo se le ocurrió esa manera tan violentamente macabra, y además en ‘slow motion’ de decir adiós?, lo que faltan, urgen, son estudios sicológicos y sociológicos del porqué, y porqué así.
Y bueno, algo que teníamos medio olvidado, lo de tirarse de un automóvil en movimiento, o que la tiren a una de un auto en movimiento, lo ponemos así no por cuestiones de equidad, sino porque los casos que se han registrado en Saltillo en un período relativamente corto de tiempo, ha sido solamente de mujeres. Con el sucedido el fin de semana pasado, recordamos por lo menos tres incidentes en los que la mujer se suelta el cinturón de seguridad, suponemos que lo traía puesto porque si no qué lata insoportable del pitido del sensor, abre la puerta del carro o camioneta, y se lanza al pavimento, del que está no más de un metro de distancia, o mucho menos, lo que equivale a uno o varios golpes a la velocidad a la que viaja el vehículo en ese instante, que no debe ser poco, si es que van discutiendo, peleando o peor.
Otra vez ¿cómo se les ocurre?, ¿cómo se enteraron que podían hacer eso sin consecuencias?, porque si se enteraron por oídas, lectura o redes sociales, la conclusión siempre ha sido la de muerte en el lugar. El cuerpo humano es frágil, sin equipo y una preparación especial, o sin conocimientos de física, de desaceleración, fricción, etc. es casi imposible sobrevivir… y lo hacen.
Si se quieren salir del carro, mínimo esperar a llegar a un semáforo, a que el carro reduzca la velocidad de cien a veinte kilómetros por hora. Lo mismo va para quien salta que para quien avienta, lanzar a alguien a diez por hora concede una cierta posibilidad de sobrevivencia, ¿a ochenta o más?, ninguna.
Si, los peritos estarán investigando el caso, con la misma atingencia que, nos imaginamos, el caso del motociclista atropellado sobre bulevar Carranza una madrugada hace mes y medio, más o menos, y que más nos sospechamos que ante la falta de teorías razonables, prefieren esperar que el asunto se enfríe lo suficiente para olvidarlo.
Son cosas de Saltillo y de los saltillenses. Allí están soterradas en el inconsciente colectivo, esperando para brotar de la manera más fea posible. La mayoría de las veces somos testigos, ojalá no nos toque ser protagonistas, pero ojalá hiciéramos consciencia de que estas cosas… nomás no nos van, hablando como individuos y como sociedad.
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