¿La Transformación va? La Transformación… ¡Bah!

Por Enrique Abasolo

De cara a la sucesión presidencial, la oferta política que encarnan las dos insípidas y poco articuladas aspirantes es bien sencilla: Continuidad o cambio, cambio o continuidad.

¿Continuidad de qué? ¿Cambio con respecto a qué?

Una y otra se refieren al movimiento encabezado por el Presidente, la tan manida Transformación, aunque con conceptos diametralmente opuestos de la misma; de allí que una busque perpetuarla y la otra nos venda la posibilidad de abortarla.

Presuntamente, la cuarta en una sucesión de eventos históricos que han dado forma a nuestro País, estaría el presente régimen a la altura de la Independencia, la Reforma y la Revolución y con esa misma inmodestia total, el viejito socarrón se homologaría junto a los respectivos caudillos.

Nació esta administración con dicha idea rectora en su identidad gráfica y discursiva, reforzada de vez en vez con la informal e interminable perorata del mandatario: “Soy el más atacado desde Madero”, “Soy el más aclamado desde Juárez”…

En realidad la dichosa transformación, lejos de ser un movimiento reformador tendiente a desterrar viejas prácticas perniciosas del servicio público (y no pocos vicios de la idiosincrasia nacional, que buena falta hace también), sólo ha sido la excusa para desmantelar el País que (aunque imperfecto) tanto había costado construir y sobre del cual el actual Presidente pudo llegar al poder sin derramamientos de sangre: Sí, gracias a instituciones democráticas, autónomas y transparentes, aunque hoy les regatee la razón de ser y se oponga a su continuidad.

Pero vamos a ver: ¿Ameritaba realmente México una transformación?

Un pueblo permanentemente agobiado por las estrecheces económicas contestaría mayoritariamente que sí y de allí que lo haya expresado con una votación masiva en julio de 2018.

Pero la intención transformadora pronto pasó de ser una bandera retórica a una pesadilla literal lo cual fue celebrado por muchos, no obstante, volvería yo a preguntar: ¿Es que estábamos tan mal como país como para derrumbar cada una de sus instituciones desde los cimientos? Salud, educación, seguridad pública, organismos descentralizados… ¡Poder Judicial!

¿Era realmente México esa distopía que urgía una refundación desde cero?

Por más que sólo tengamos cosas desfavorables que decir del viejo régimen (suponiendo que el presente es un nuevo régimen totalmente desvinculado del anterior), México era un gran País con problemas muy puntuales cuyas causas nunca fueron (ni han sido) realmente atendidas.

Desigualdad, inseguridad (Asociada al crimen organizado) y corrupción eran y siguen siendo los retos prioritarios de México.

Sin embargo, asumirlos y afrontarlos no significa en modo alguno que no se hayan logrado conquistas en otros campos; o que nada merezca la pena de ser defendido; ni siquiera amerita o justifica el antagonismo que estamos padeciendo como sociedad: “Estás con nosotros o con ellos”.

Solíamos ser una sociedad bastante plural, pero hoy estamos enfrascados en esa pugna entre dos bandos irreconciliables que anula cualquier posibilidad de entendimiento.

De vuelta a la visión absolutista de López Obrador, la gran mentira de la Transformación es la idea de que un Gobierno o Jefe de Estado tenía que venir a encargarse de prácticamente cada área, rubro y actividad para reformarlas y liberarlas de la corrupción atávica.

Mentira vil. Si bien, la corrupción era un mal que había hecho metástasis en la política y el servicio público, su contención no podía depender de la voluntad de un líder y, como nos enseñó la experiencia, el problema persiste si no es que se agravó. Sólo a la postre del sexenio se podrá hacer el recuento definitivo de los daños ocasionados por el encubrimiento y la impunidad solapados desde el poder en estos últimos seis años.

La estrategia en materia de seguridad es prácticamente inexistente; si bien cada hecho violento justifica en el discurso la presencia del Ejército en las calles. Pero militarizar la seguridad pública nunca ha sido recomendado por ningún criterio internacional y no le funcionó a Felipe Calderón, no le funcionó a Peña Nieto y no tenía por qué funcionarle a López.

El problema de desigualdad, que es el que más se ufana de combatir el actual gobierno al grito de «primero los pobres», tampoco se asumió de manera inteligente, científica, novedosa o responsable.

La simple idea de que poner algunos pesos en el bolsillo de cada mexicano para afrontar una realidad cada vez más adversa es risible si se analiza apenas un poco. 

Si bien, hay sectores que necesitan con urgencia los apoyos y la asistencia social para tener algo con que mitigar el hambre para luego lidiar con asuntos más complejos, la desigualdad se refiere a un asunto de oportunidades y no de efectivo en la cartera.

Desde luego, las oportunidades son algo intangible, mientras que el dinero contante y sonante, sí que puede ser explotado desde el clientelismo político.

Los problemas más apremiantes de México siguen allí, esperando intactos; mientras que todo aquello que lo hacía grande ha sido puesto en riesgo por un supuesto nuevo régimen que, en cada una de sus partes, está compuesto por las piezas del viejo.

¿Continuidad o cambio? La pregunta es si en primer lugar necesitábamos una transformación, con todas sus letras, o apenas requeríamos erradicar esos tumores malignos que con bastante éxito han sabido emigrar de la vieja escuela tricolor y son recibidos de brazos abiertos en la hermandad del partido oficial.


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