Me oprimen el corazón esas poblaciones enteras de zombies que si te sales de la norma, si osas opinar, si tu lenguaje es colorido y te ríes muy fuerte a carcajadas estruendosas entonces eres de las “malas de malolandia”.
Por: Martha Cristiana
/Animal político
Me duele la opinión uniformada y la mentalidad de las apariencias.
Me oprimen el corazón los seres aburridos que son sociedades secretas de zombies.
Esos seres fantasmales que piensan en masa, se mueven en masa, sonríen quedito, se acomodan los adornos y las corbatas de forma parecida, toman las copas del tallo y brindan por nada; los que se duermen y se despiertan para proseguir con su quehacer sin cuestionar, con una conformidad abrumadora que ahora llaman “zona de confort” y que es la caja más incómoda y más culera que pueda existir. Están aburridos de estar aburridos y de ser correctos.
De buscar y no encontrar. De tener ganas de vivir, pero desvivirse por encajar.
Se sonríen, se aceptan, se invitan, se palomean mutuamente, se disfrazan de lo mismo y cuando se despojan de sus ropajes y posesiones quedan ahí ‘enhuesados’ unos mártires vástagos pálidos y azules del aburrimiento.
Poblaciones enteras de zombies que si te sales de la norma, si osas opinar, si tu lenguaje es colorido y te ríes muy fuerte a carcajadas estruendosas que espantan a los diablos del corazón, eres de las “malas de malolandia”.
Me parece lamentable que hayan hombres que etiqueten a mujerones sin miedo y con maravillosas acciones en su haber con frases como “las malas de malolandia”, porque esas son las que no se conformaron nunca con el constructo social y la narrativa apropiada nice que prolifera entre las tías de buenas costumbres y de calzones grandes que tienen candado, que no se escotan nunca y se tapan las piernas; las que los educaron a ellos para hacer sentir como hormiga a la que se empareje, se case o se ‘ennovie’ con ellos. Cñoros que juzgan a diestra y siniestra quién sí y quién no es importante, quien sí y quién no merece respeto, por putas; quién es buena de bondad y el hilo conductor es y será siempre los y las que lavaron la ropa sucia en casa y no los denunciaron como los monstruos que son con sus caritas de buena gente. Las que se acostaron por una renta o una bolsa de marca y que no hacen olas o les quitan la tarjeta. Pura máscara y puro zombie.
Sonidos sordos que se acumulan en el centro de las mentes.
No se puede saber la causa por la cual esta es la única especie que no está en peligro de extinción; por el contrario, proliferan. Se multiplican por millares. Ponen sus huevecillos por todas partes. Sus larvas transpiran y se nutren de sollozos, mucosidad y distracción. Todo en secreto. Que no se note por afuera todas las carencias que tienen por adentro.
A los zombies les agobia pensar que hasta sus seres más amados pudieran contagiarse de ESA cochina libertad y se vuelvan vivos; piensan que la libertad es lepra, les da miedo gozar y que sus carnes comiencen a vibrar en lugar de caerse a cachos. Que sus ojos ahuecados y sus miradas vean todos los colores qué hay y se vayan al infierno de la des-virtud y la ausencia. Que lo oscuro les gane y el oficio de la pasión se les antoje y se les enjute para dar paso al abandono de lo propio y la locura. Esa locura que tan estigmatizada está y que tanto nos hace SENTIR; a la tristeza de no llegar jamás a a casa porque casa no hay más. Casa la tiraron y casa es ahora polvo y ruina por más bonita y por más nuevita que esté, pues es el escondrijo donde se sigue aparentando felicidad y gloria.
No paran.
No se quedan quietos.
No quieren escuchar sin ruido porque saben que, si lo hacen, queda un susurro escalofriante de la carne que chupa piedra y el crujir de los huesos que se arrastrarán hasta el fin de los tiempos: la ovación de los zombies.
En todo caso, me gusta que piensen que soy “mala de malolandia“, la tierra de las almas voladoras y risueñas que no se espantan con nada ni con nadie.
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