Por Héctor A. Gil Müller
El próximo año México vivirá un nuevo proceso electoral en el que 17 gubernaturas elegirán su titular, así como cientos de cargos públicos a lo largo del país, la elección resulta importante para calibrar el estado anímico del movimiento oficialista y también para reconfigurar los porcentajes de votantes que mantiene o conquista la llamada oposición. Esa calidad asignada a los partidos que no están en el poder parece contradecir muchas de sus propias acciones en un entorno que, lejos de ser competitivo, parece ser unidireccional. MORENA, sin ningún problema continúa eligiendo de manera arbitraria candidatos, utilizando recursos públicos y exhibiendo cada vez más evidentes casos de corrupción entre sus filas que parecen limpiarse con la sola imagen onírica de la esperanza.
La oposición debe comprender que, en ambos territorios, tanto el electoral como el gubernamental, no se opone a un partido sino a un movimiento populista y a un régimen soportado en un discurso populista sin opciones. Los movimientos son mucho más sensibles que los partidos que el tiempo se ha encargo de heredar y transmitir. El movimiento está centrado en alguien y no en algo.
Desde la campaña de Andrés Manuel López Obrador, se gestó el movimiento que presentaba solo dos opciones, de ahí su éxito, el discurso avalaba un camino con él y otro en su contra. Los que estaban con él son emocionalmente tratados para aflorar el odio soportado por episodios aislados de tropelías, quienes estaban contra él necesariamente eran tratados como actores de esas tropelías. Así el país se dividió en chairos y fifis, en economistas morales y neoliberales.
El cambio que México requería se presentó en forma solitaria y algo antigua de dos caminos, en lugar de los obvios diversos caminos. Esa reducción es un peligro, pues desestimar a los otros nos vuelve egoístas con el poder.
La oposición observa las preferencias electorales de un movimiento que sigue queriendo ser tratado como partido, las violaciones a los calendarios electorales y la realización de acciones contrarias a las disposiciones democráticas de selección de candidatos aprovechan la conveniente complicidad de las autoridades electorales. Los defensores de la 4T se camuflajean entre servidores públicos gestando recursos, acciones y también adhiriendo un mensaje a la población; conmigo o contra mí.
A partir de un discurso de solamente dos opciones, quienes apoyan al régimen y quienes están en contra, no hay espacio para la oposición, pero me parece que nunca lo ha habido, ni antes y seguramente ni en el futuro. Las decisiones que separan a uno y otro bloque son emocionales ya sea al crear la esperanza o al exhibir el odio y repudio. A partir de ahí el discurso es convenientemente sencillo. El régimen expone que cualquier idea contraria a ellos representa el retorno a lo peor. La experiencia en el gobierno palidece a la más pura usanza de los tiempos oscurantistas, se concluye que la técnica no ha traído nada bueno sino solo el dolor que todos sentimos. Ejemplos de corrupción abundan y cualquier que hace política solo debe aderezar su discurso con la mención de alguno. La oposición sigue sumando y esperando con algunas voces aisladas de protesta, acumulando datos, culpas y evidencias de corrupción, pero ahora parece que el discurso está en ensalzar el reparto económico de los programas sociales y dicta que no importa la corrupción mientras salpique beneficios.
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