Por: Claudio Flores Thomas
El anuncio de Mark Zuckerberg de cambios en la política de moderación de contenidos de Meta es el banderazo de salida de la renuncia a combatir la desinformación y la mentira en las redes sociales y plataformas digitales. La renuncia de las empresas digitales a separar la mentira de la verdad se presenta además bajo la narrativa de una mayor libertad de expresión y la eliminación de la “censura” de contenidos en el nuevo ciclo Trumpista. La alternativa que se propone desde estas plataformas es darle el control a las personas usuarias para que identifiquen la desinformación con notas de la comunidad, como ya lo hace X. Esto quiere decir darle la responsabilidad a las y los internautas para señalar cuando un contenido o posteo es falso o desinforma.
La renuncia de las plataformas digitales y redes sociales a separar la verdad de la mentira está generando la tormenta perfecta para el crecimiento exponencial de la desinformación en los ecosistemas digitales. Estos territorios virtuales son fértiles -y ahora lo serán más- para la manipulación y el engaño en la que jugadores interesados en crear percepciones, operar filias y fobias político-electorales o influir políticas públicas desde agendas interesadas, tendrán amplia libertad para alterar la opinión pública a través de estrategias de desinformación o “fake news”. Además permitirán, bajo el argumento de proteger la libertad de expresión de todos y todas, la difusión de contenidos homofóbicos, misóginos, racistas, clasistas, etc. Es decir, la expresión de lo peor de nuestras intolerancias en ese espacio para multiplicar la polarización, la fractura del tejido social y el contenido tóxico que ha caracterizado la conversación digital en años recientes.
Es una tormenta perfecta porque esta renuncia a combatir la desinformación y la mentira se conjuga con tres fenómenos sociales o tecnológicos contemporáneos relacionados con nuestras formas de consumir y producir información y contenidos digitales.
Era narrativa
El narratólogo francés Christian Salmón acuñó este término para definir un momento en el que las historias y los relatos son más importantes que los hechos y los datos en la percepción de las personas. Un periodo histórico en el que las sociedades a nivel mundial son más sensibles a una narrativa o storytelling y a las emociones de una historia que a la verdad de los hechos racionales y fácticos. Cuando discutíamos en clases si Elon Musk hizo un saludo nazi o no en el evento de toma de protesta de Donald Trump en Estados Unidos, uno de mis alumnos de comunicación en la Universidad Iberoamericana recordó la famosa frase de George Orwell en 1984: “El Partido te dijo que rechazaras la evidencia de tus ojos y oídos. Fue su última y más esencial orden”. La discusión del grupo de Cartografías de la comunicación 3 -que impartimos con Gabriela Warkentin y Jorge Badillo- se enfocó en los relatos que negaban ese gesto repetido por Musk como un saludo nazi y que presentaban la historia alternativa de ser un gesto de celebración inocuo y fruto de la neurodivergencia de Musk. Vimos ese gesto dos veces durante su participación en la toma de protesta de Trump, pero la negación narrativa sobre el suceso parece sugerirnos rechazar la evidencia de ojos, oídos y hasta grabaciones. Abrazar la mentira si está mejor contada y me emociona más.
Posverdad
La palabra del año anunciada por el Diccionario de Oxford en enero de 2017 llegó para quedarse con el primer mandato de Trump. Su definición es contundente: fenómeno que se produce cuando “los hechos objetivos tienen menos influencia en definir la opinión pública que los que apelan a la emoción y a las creencias personales”. También se le ha llamado con el eufemismo “mentira emotiva”, que casi la vuelve entrañable y que refiere a un fenómeno de auto-engaño colectivo gratificante e indulgente. El poder encontró rápidamente en este fenómeno social una ventaja competitiva para vivir cómodamente en el mundo de los relatos y alejarse de la compleja y terca realidad: el debate público está asentado en las emociones, deshaciéndose de los vulgares detalles de gobernar y por ignorar olímpicamente la verdad o la ciencia. Siguiendo con 1984 de Orwell recordamos otra de sus frases: “La guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza”, así hoy desde el poder se puede decir algo totalmente falso o contradictorio con la verdad y si se cuenta con un buen storytelling emocional habrá quien quiera creerlo: “El Tren Maya protege la selva y su fauna”, “No ha subido la gasolina en términos reales” o “La pandemia nos vino como anillo al dedo”. En tiempos de polarización y segmentaciones ideológicas, las personas están buscando información para confirmar sus prejuicios y prenociones, para verse en el espejo digital y confirmar que tienen la razón, que están en el grupo que porta la verdad y la posición política correcta, no para informarse en el sentido tradicional y mucho menos para contrastar o confrontar sus puntos de vista.
Inteligencia artificial
“Éramos muchos y parió la abuela”. La emergencia de la inteligencia artificial como un recurso accesible a más personas y la generalización de su uso nos trajo una nueva problemática: la creciente y acelerada generación de contenido audiovisual falso, pero verosímil. El dicho “hasta no ver, no creer” caducó como fuente de verificación y validación de verdad; podemos ver y creer mentiras que parecen verdades. Hoy nos enfrentamos a “deep fakes” en las que pueden hacer que cualquier persona diga o haga lo que quiera el creador de contenido. La inteligencia artificial le pone esteroides a la desinformación y al mismo tiempo se vuelve una nueva salida de crisis: “clonaron mi voz con IA, no soy yo”. Hoy sigue siendo muy complicado diferenciar el contenido creado con inteligencia artificial del contenido informativo real. Todo esto dificulta aún más el combate contra la desinformación y la mentira en plataformas digitales y redes sociales.
La renuncia a la verdad y a la identificación de la mentira en las empresas hegemónicas del ecosistema digital y la oligarquía tecnológica, combinada con era narrativa, posverdad e inteligencia artificial, nos deja en un grave contexto de mentira omnipresente: lo que más vas a ver cuando navegues por la red, te diviertas moviendo el pulgar en TikTok o pretendas informarte en X van a ser mentiras, desinformación, medias verdades o “noticias falsas”. Esas “fake news” navegan mejor en el ecosistema digital porque se manufacturan profesionalmente con estrategia y expertise para aprovecharse de nuestras filias y fobias, apelar a nuestras emociones, alterar nuestros estados de ánimo, retenernos aprovechando nuestros prejuicios y prenociones, para desinformarnos y manipular nuestras percepciones y comportamiento.
Así, el retrato del ecosistema digital se aleja de lo pulcro, transparente y honesto. Quizás siempre fue en realidad un territorio lodoso de mentiras y desinformación, buscando desesperadamente nuestra atención sin restricciones éticas o consideraciones sobre la adicción digital o podredumbre cerebral que generan. Esta última también palabra del año 2024 por el Diccionario de Oxford, brain rot es el “supuesto deterioro del estado mental o intelectual de una persona, especialmente visto como el resultado del consumo excesivo de contenido en línea considerado trivial o poco desafiante”.
Cada vez es más preocupante el problema de las adicciones digitales y la captura de nuestra atención utilizando estrategias para aprovechar las debilidades de nuestro procesamiento cerebral, mismas que ya han identificado los economistas conductuales y que están perfectamente explicadas en el libro “Batalla por la atención”, de Mario Campos. En Amazon ya puedes encontrar “cajas de bloqueo” que limitan el acceso al teléfono celular por tiempo determinado. Una tecnología que hace evidente la dificultad para mantener bajo control nuestra adicción al celular y a los contenidos de redes y plataformas digitales.
En este contexto hay dos actividades que se vuelven más importantes que nunca: el periodismo y la verificación. En un entorno de mentira omnipresente y con la verdad en fuga, serán las personas periodistas y el periodismo como actividad profesional los recursos indispensables para encontrar islotes o burbujas de verdad en un océano digital de mentiras profesionalmente manufacturadas y estratégicamente diseminadas. Quizás nunca fue más importante el periodismo como conocimiento experto para escuchar, investigar, comprobar y validar la verdad.
La verificación o fact checking es hoy el gran recurso para combatir la desinformación. Esfuerzos como #Verificado2018 y #ElSabueso de Animal Político son valiosísimos como contrincantes de la desinformación y la mentira omnipresente. Se convierten en asideros para permanecer de pie en un piso confuso e inestable, saturado y manipulador, lleno de mentiras y que pretende atrapar nuestra atención y apropiarse de nuestros datos personales.
En su pronóstico de marketing 2025, la consultora WGSN concluye que la pregunta clave en los próximos dos años para equipos de marketing y para los públicos y audiencias de medios y redes sociales es ¿qué es real? Esa pregunta es la que tenemos que hacernos cada vez que interactuemos con los contenidos de redes sociales y plataformas digitales, porque todo puede ser falso. Cuando navegues y busques información es clave portar esa pregunta todo el tiempo, como espada y como escudo, ya que nos quedamos solas y solos, tu y yo, nosotr@s, como filtros finales de la verdad en un ecosistema digital de mentiras omnipresentes.
* Claudio Flores Thomas (X/TT @ClaudioFloresT – IG @ClaudioFloresThomas) es #polímata y narratólogo, investigador de mercados, consultor en comunicación, analista en diversos medios de comunicación, profesor del departamento de comunicación de la Ibero y productor de vino y mezcal.
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