Por Enrique Abasolo
Reza la sabiduría popular del internet que “Dios les da sus peores batallas a sus mejores guerreros”. Traté de rastrear los orígenes de esta alocución motivacional (le pregunté a Grok), pero me fue imposible obtener un resultado preciso. No es una cita bíblica, ni una glosa de algún otro texto famoso, no es una frase célebre, ni la letra de una canción de Bob Dylan. Y hasta eso, parece que es muy reciente. La búsqueda la ubica en 2014, aunque podría haber versiones previas en otros idiomas. No lo sé.
Se ha vuelto muy popular en la última década y ya hasta se toma a chacoteo para ironizar sobre los sinsabores de la vida diaria.
La frase en cuestión intenta insuflar ánimos en aquellas personas abatidas por alguna crisis personal, aduciendo que al Creador de todas las cosas le chifla poner a prueba a sus criaturas, sin importar toda la amargura y dolor que ello implique.
Es como si el muy Supremo Cretino estuviera viendo su propio reality de supervivencia (“Survivor La Tierra”) y, de repente, le subiera el grado de dificultad para mantener el interés: “¡Vamos a ponerle ahora un cáncer y a ver luego cómo maneja la muerte de su perrito!”.
Se supone que el aludido con dicha frase debe sentirse muy honrado con el sufrimiento porque, de no ser uno de los contendientes favoritos del Autor del Universo −si sólo fuera uno del montón− no estaría atravesando semejantes penurias. Así que, hasta agradecido hay que estar con “el de Arriba” (no es albur) si la casa se inundó con las presentes lluvias.
(¡Ah… no pos… Órale! ¡Qué chingón!). El Santísimo de Macuspana, el Señor de las Garnachas, el Redentor de todos los Roedores, el Rey de Bueyes, Andrés Manuel López Obrador sí que escogió sin duda a su mejor guerrera para que librase sus peores batallas.
Si alguna vez cuestioné que estuviera escogiendo a la mejor corcholata para ser su representante, hoy humildemente pido perdón por haber dudado de la infinita sapiencia e infalibilidad del Supremo Transformador.
Sinceramente, creo que “El Gordo” Ebrard e incluso el Tropi-transilvano de Adán Augusto López ya hubieran aventado la toalla y habrían mandado a AMLO a saludar a su Pejelagarta madre, con todo y su tóxico legado y los compromisos insostenibles que −junto con su amada investidura− le endilgó a la pobre ingenua que hoy deambula por Palacio.
Porque algo le hemos de reconocer a doña Claudia Sheinbaum y es su capacidad para soportar todos los madrazos que a diario recibe, y que bien podría ahorrarse con tan sólo deslindarse un centímetro del líder supremo de su movimiento.
Cualquier otro, en cambio, ya le digo, habría renunciado ya, habría soltado, dejado ir… y le estaría pasando su parte de corresponsabilidad al encantador de chairos: “¡Ah, eso…! No, es de que… fue cosa del viejo loco, pero ya ahorita lo arreglamos”.
¡Y tan sencillo! Ni siquiera habría que arreglar realmente nada, sólo pasarle la bolita a su legítimo dueño. Pero no nuestra primera Presidenta con P, decidida a demostrar que las mujeres no se rajan, y que a guerrera y a luchona nadie le gana.
Pero hay otra máxima que nos dice (y se antoja mucho más sensata que tomar la adversidad como cumplidos celestiales) que hay que saber escoger nuestras batallas y es lo que debería hacer la doctora… aunque se lo impide la naturaleza del puesto que desempeña, que no es la titularidad del Poder Ejecutivo, sino como gerente de la secta. Me explico:
Como líder carismático, mesiánico populista, AMLO entendió que, lejos de gobernar, su cometido era avivar diariamente la pasión entre sus seguidores, de manera que pese a su poder casi irrestricto pregonaba a diario como si siguiese en campaña, luchando contra los formidables adversarios que se inventaba. Así que se compraba el pleito que le saliera más barato, uno en el que llevara todas las de ganar o, incluso, uno en el que fuese seguro que no le iban a responder.
Aunque bajar el debate presidencial a pleitos mundanos entraña riesgos, pues la figura presidencial es imponente, pero se cuartea fácilmente.
Heredera de esta dinámica, la Presidenta se enfrascó ahora en un pleitazo de lavadero con el defensor de Ovidio Guzmán, el abogado Jeffrey Lichtman. O mejor dicho, el leguleyo invitó a la doctora al baile y ésta aceptó gustosa.
Por inercia, uno ya pensaría que tras lo expresado por la defensa del hijo de “El Chapo”, la Presidenta estaba obligada a abogar por la honra de su movimiento, de su gobierno, del tlatoani y hasta del general Cienfuegos.
Pero no es verdad, no es ni por asomo deber, función, tarea ni siquiera necesidad que el Ejecutivo responda a cada pronunciamiento, opinión, comentario o afrenta. Ningún gobernante en ningún país del mundo debería tener suficiente tiempo libre para algo tan estéril (sólo puedo pensar en otro baboso así: Trump, que se pone a tuitear en mayúsculas a las 4 a.m.).
Un estadista de verdad ignoraría olímpicamente al abogángster hasta la virtual inexistencia y, en todo caso, dejaría que sus canales de comunicación y propaganda se hicieran cargo. Pero bienvenidos al populismo, en donde el control obsesivo de la narrativa es más importante que la consecución de cualquier objetivo real.
¿Para qué bajar al Estado a la altura de un individuo? Si bien la lucha es, en apariencia, aplastantemente desigual, en caso de ganar tal debate el individuo puede causar un descalabro mayúsculo al gobernante y su administración. Es estúpido correr ese riesgo siendo mandatario.
Justo por ello es que el gobierno de EU presume no negociar con terroristas, pues se pondría en posición de iguales.
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