Machias Seal, 11/03/25 (Más / IA).- En un rincón remoto del Atlántico, donde el Golfo de Maine se encuentra con la Bahía de Fundy, la isla Machias Seal, un pedazo de roca de poco más de 7 hectáreas habitado principalmente por frailecillos y otras aves marinas, se ha erguido como un símbolo de las crecientes tensiones entre Estados Unidos y Canadá.
Este territorio, ubicado entre la provincia canadiense de Nuevo Brunswick y el estado estadounidense de Maine, es el último punto terrestre en disputa entre ambos países, una controversia que se remonta a más de dos siglos y que hoy, en medio de amenazas económicas y retórica política, vuelve a captar la atención internacional.
Mientras el presidente estadounidense Donald Trump ha calificado la frontera entre ambos países como una “línea trazada artificialmente” y ha llegado a insinuar la anexión de Canadá, esta pequeña isla, azotada por vientos helados y vigilada por fareros como Russell y Anthony Ross, se convierte en el epicentro de un conflicto que trasciende su tamaño.
La historia de esta disputa comenzó durante la Guerra de 1812, cuando Reino Unido y Estados Unidos reclamaron la isla y las aguas circundantes por su posición estratégica en una valiosa ruta marítima cerca de la isla Grand Manan.
Aunque su tamaño y aislamiento la hacen inhabitable de forma permanente, su ubicación la volvió codiciada. En 1832, Reino Unido construyó un faro para afirmar su dominio, y desde entonces, Canadá ha mantenido una presencia continua en el lugar, con fareros que, como los hermanos Ross, protegen la costa rocosa y refuerzan la soberanía canadiense.
“La oportunidad que tenemos de estar aquí, de quedarnos aquí y guarecer la isla, es importante”, dijo Anthony Ross, uno de los actuales guardianes del faro, quien junto a su hermano Russell pasa meses aislado en este paraje. “No quedan muchos fareros”, agregó, subrayando la rareza de su oficio en una era donde la mayoría de los faros del Atlántico canadiense han cerrado.

La vida en Machias Seal no es sencilla. El día de Navidad, Anthony se despertó con el viento golpeando la hierba helada y la nieve acumulándose contra el faro, mientras Russell vigilaba el mar. Habían llegado en helicóptero, sin posibilidad de regresar a casa hasta fin de mes, y se prepararon para la festividad con pavo, regalos y cerveza.
“Estás fuera de casa durante 28 días seguidos; esa es la parte más difícil. Pero uno se acostumbra a eso”, dijo Russell, un veterano con 20 años como farero. Después de decorar un árbol y hablar con sus familias en Nueva Escocia, disfrutaron de una cena que Russell describió como “un día de Navidad bastante bueno”. Más allá de las celebraciones, su labor trasciende lo cotidiano: mantienen viva la presencia canadiense en un lugar que el gobierno se niega a abandonar, en parte para reafirmar su control.
La isla, sin embargo, no solo es un punto de fricción política. Durante el verano, se transforma en un santuario de aves marinas, hogar de una de las colonias más grandes y diversas de la costa este de Norteamérica. Miles de frailecillos llegan cada mayo para anidar, atrayendo a observadores de aves, científicos y fotógrafos de todo el mundo.
Los hermanos Ross, además de vigilar el faro, actúan como embajadores informales, saludando a los barcos turísticos de ambos países y ayudando a los visitantes en el muelle resbaladizo.
“A los pájaros no les importa; no saben la diferencia”, dijo Russell sobre la disputa fronteriza, reflejando una neutralidad que contrasta con las tensiones humanas. Los Servicios Canadienses de Vida Silvestre protegen el área, limitando el acceso a solo dos barcos diarios –uno desde Maine y otro desde Nuevo Brunswick– con capacidad para 15 pasajeros cada uno, cupos que se agotan rápidamente para la temporada de junio a agosto.

Las aguas que rodean la isla, conocidas como la “zona gris”, añaden otra capa al conflicto. Allí, la pesca de langosta, cuyo precio se ha triplicado en la última década, genera miles de dólares diarios para los pescadores de ambos lados de la frontera. Esta riqueza ha llevado a una tregua no oficial entre estadounidenses y canadienses, aunque no sin roces. “La mayoría de las veces, si intentas trabajar con ellos, ellos intentarán trabajar contigo. Pero si quieres provocar una lucha, te van a responder”, dijo Donald Harris, un pescador de Grand Manan, isla canadiense a una hora y media de Machias Seal.
En 2002, Canadá permitió la pesca todo el año en esta zona de 700 kilómetros cuadrados, impulsando la economía local, como señaló el pescador Dane Lynton: “Es simplemente ganar dinero antes de que ganemos más dinero”. Sin embargo, algunos temen que la codicia y la sobreexplotación pongan en riesgo este equilibrio. “El hombre puede arruinar cualquier cosa, ¿verdad? Y la codicia también arruinará muchas cosas”, advirtió Harris.
Mientras tanto, las recientes declaraciones de Trump, junto con aranceles que amenazan la economía norteamericana, han elevado la disputa a un nivel simbólico.
Machias Seal, con su faro, sus aves y sus aguas ricas en langosta, encapsula las complejas relaciones entre dos aliados históricos. Para Russell y Anthony, la isla es más que un puesto de trabajo; es un legado que defienden con cada turno. “Que gane el mejor”, dijo Anthony con una sonrisa, refiriéndose a la posibilidad de un puesto permanente que ambos anhelan. En este pedazo de roca entre dos naciones, la disputa sigue viva, tan persistente como las olas que golpean su costa.
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