por Horacio Cárdenas Zardoni
Cuando comenzamos a manejar en Saltillo, aquello era un lujo y un placer. No por nada los adolescentes y adultos jóvenes disfrutaban tanto del bulevar Venustiano Carranza, las tardes se iban en recorrerlo de arriba abajo, desde la escuela Margarita Maza de Juárez hasta el Reloj de la Ford… y ya aventurándose mucho en un sentido y otro, había quien le daba para adelante hasta Ramos Arizpe, a nada porque aquello era carretera y no había nada que ver, o hacia el centro, para darle una pasada a Allende, Victoria y la Alameda, pero esas calles y parque eran para otros segmentos sociales, con los que se convivía poco, que efectivamente Saltillo era (y sigue siendo) un pañuelo, por lo chiquito, donde todos nos conocíamos, pero no con todos quería uno toparse. En fin, cosas de la sociedad que hemos ido formando.
Pero lo de la manejada. Sería que había muy pocos carros para las calles y avenidas que parecían demasiado anchas, o si no tanto, sobradas para el tamaño del parque vehicular que se desplazaba por ellas. La gente se tomaba el conducir un vehículo como algo placentero, al grado que hasta vicio causaba. Realmente Saltillo no era tan grande como para ameritar tener y usar un carro, más que esporádicamente, cuando hubiera algo que transportar o alguna prisa por llegar, pero la mayoría de “los mandados” podían perfectamente hacerse a pie. Aun quienes iban a las escuelas lejanas, por ese entonces, el Ateneo, el Tecnológico de Saltillo, la Universidad Antonio Narro, podían y de hecho se aventaban la distancia caminando o en transporte público, con preferencia por lo primero, y es que después de todo, ni que hubiera tanto que hacer en el pueblo, como para querer llegar rápido a cualquier lado. A la gente comenzó a sobrarle algo de dinero y se compró el carro, y en carro iban para todos lados, con lo que todavía les sobraba más tiempo para no hacer nada, pero bueno, así nos pasamos la vida muchos por aquellos años.
Ojalá Saltillo nunca hubiera perdido su vocación de que todo el mundo andaba a pie para sus cosas, más que necesitar un vehículo, baste recordar el apasionamiento de muchos, muchísimos con las trocas, lo adoptamos como vicio, como símbolo de estatus, o alguna otra razón más personal, y como nos ocurrió a muchos, vino a resultar que nos hemos llenado de carros.
Nuevos, viejos, caros, baratos, chocolates, Saltillo es una de las ciudades con mayor proporción de vehículos automotores en relación con el número de viviendas, si hasta parece el ideal de los saltillenses tener uno por casa, y cuando lo logremos, querremos uno por cada integrante de la familia, con lo que simplemente no sabemos dónde vamos a parar, aunque sería mejor decir, en qué nos vamos a convertir, porque ir a parar… a ningún lado, porque las vialidades están cada vez más saturadas.
En consonancia con esto, hace algunos días salió una declaración de la comisaría de seguridad pública de Saltillo, en la que el funcionario público planteaba la posibilidad de prohibir el acceso de motocicletas a “los puentes”, como genéricamente conocemos aquí las vías rápidas, que cada vez lo son menos. Esto por una doble situación, en primera instancia porque han proliferado esta clase de vehículos, y la segunda que ha ocurrido precisamente porque tienen mayor movilidad y maniobrabilidad en las calles, cada vez con menor espacio para el movimiento de vehículos grandes.
Alguna estadística dada a conocer a principios de año mencionaba que en el curso de 2023 se incrementó el número de motocicletas en Saltillo en varios miles, eso contemplando únicamente las que las autoridades tenían registradas, porque hay otras muchas que no, quizá sean más todavía las que se compraron en alguna pulga, tianguis o entre particulares, sin factura, entradas al país de manera ilegal. Entre la gente que viendo cómo está el tráfico prefirió comprar una moto a un carro, y que muchísimas empresas han adoptado este vehículo como parte integral de su modelo de negocios, para el reparto de producto, cobranza, ir por refacciones y lo que se imagine, vamos, hasta el presidente municipal de Saltillo se ha bajado de su suburban para treparse a una moto de la policía, reconociendo que era el único medio de llegar no demasiado después de hora a un evento que tenía. De que tienen su funcionalidad, la tienen, de que tienen otras ventajas, entre ellas el precio, el costo del combustible y las refacciones, lo tienen. Sí, pero entre las desventajas innegables está que son muy frágiles y ofrecen prácticamente nula protección al conductor y pasajero, si llevan alguno o varios.
Como aquel clásico ejemplo de querer cortar los árboles que no dejan ver el bosque, la Comisaría para la seguridad lo que propone es quitar los vehículos que tienen la capacidad de mejor sortear el horrendo tráfico cotidiano, y dejarle el espacio privilegiado de las vías rápidas a los carros y camionetas, además, lo hacen por el bien de los motociclistas… por su seguridad…
Habría que ver dónde ocurren con más frecuencia los accidentes que involucran carros y motos, si en las calles de las colonias y barrios o en las vías rápidas, también habría que determinar la velocidad del tránsito en el momento en el que se suceden los accidentes, porque nunca será lo mismo cuando el tráfico está cargado, yendo los carros a cinco o diez kilómetros por hora, que cuando está despejado y van a ochenta o noventa, o todavía más, y lo de las calles, con el poco cuidado que ponemos para respetar los discos que marcan el alto, no nos extraña que haya tanto accidente con heridos y fallecidos.
Nosotros, parte definitivamente interesada, lo que quisiéramos es explorar la posibilidad contraria: ¿y si en las llamadas vías rápidas le damos preferencia a los vehículos de dos ruedas?, y por esto entendemos motocicletas, bicicletas, scooters, de los eléctricos y de gasolina. De repente los ciclistas y motociclistas se sentirían en una amplitud de espacio como se sentían los conductores de carros en el mismo Saltillo, pero de los años sesenta y setenta, y por supuesto los anteriores. Si se hiciera esto, no habría necesidad de incrementar la infraestructura vial durante muchísimos años… un sueño, una quimera como diría Alejandro Dávila Flores, promotor número uno del uso de la bicicleta en Saltillo.
Y por supuesto aquí la pregunta reaccionaria ¿y los coches, y la gente de coche?, la primera respuesta sería ¿cuántos carros transportan una sola persona?, para reglas necias, pero mucho más operativas que lo de prohibir las motos en los puentes: si no trae más de una persona, el carro no se mueve, que se trepe en una bici, moto o patín, que ya hasta los hay eléctricos.
Puede parecer una jalada y una exageración, pero no es peor que la de prohibir las motos, un vehículo de dos ruedas ocupa menos espacio que uno de cuatro, caben tres o cinco en el espacio de un coche. Que sí, hay que hacerlos más seguros, por supuesto, básicamente no corriendo en ellos. Pero más que eso, falta educación, tanto a los que los conducen como a quienes conviven con ellos. Viajando a veinte kilómetros por hora, llega a cualquier parte de Saltillo como si fuera un paseo de los de antes, si se cae a esa velocidad, salvo el raspón no debe pasar nada más, ahora que no le arrimen la lámina los carros y camiones… ese es otro cuento que hay que trabajar a nivel siquiátrico, casi.
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