Ciudad de México, 05/11/2024 (Más / IA).- En las últimas décadas, la presencia de hombres adultos que mantienen hábitos tradicionalmente asociados a la juventud ha dado pie a lo que algunos expertos califican como una generación de hombres que no maduran.
Este fenómeno, que sociólogos y psicólogos describen como “infantilización de la cultura”, abarca desde la compra de juguetes para adultos y la búsqueda de escapismos en el entretenimiento hasta la dependencia de los padres para gestionar problemas personales y académicos. Según datos recientes, el 28 por ciento de las ventas de juguetes en Europa fueron a adultos que compraron estos productos para sí mismos, lo que muestra cómo esta tendencia ha permeado diversas generaciones.
Keith J. Hayward, criminólogo de la Universidad de Copenhague, aborda esta tendencia en su libro ‘Infantilised: How Our Culture Killed Adulthood’, argumentando que el estilo de vida contemporáneo ha transformado la adultez en un ideal inalcanzable para muchos. A diferencia de tiempos pasados, en los que ser adulto implicaba asumir responsabilidades y construir una identidad definida, las presiones del consumismo y la cultura de masas han provocado un retraso en la maduración emocional, advierte Hayward.
Psicólogos consultados destacan que esta infantilización no se trata solo de aficiones como los videojuegos o el coleccionismo de figuras, sino de una resistencia a afrontar conflictos y compromisos propios de la vida adulta. Relaciones sentimentales que se abandonan al primer problema, un mayor consumo de entretenimiento superficial y una falta de resiliencia ante la frustración son algunos de los síntomas que definen esta inmadurez. En muchos casos, cuando surge un problema, las relaciones se terminan antes de intentar resolverlo, lo cual, según expertos, es señal de una fragilidad emocional generalizada.
Internet ha favorecido la formación de dos polos entre quienes afrontan esta crisis de identidad masculina. De un lado están los coleccionistas de funkos, hombres progresistas que adoptan una actitud lúdica hacia la vida, y del otro están los ascetas de gimnasio, que buscan en la fortaleza física un ideal de masculinidad tradicional. Ambos perfiles, aunque opuestos, reflejan una misma incapacidad para enfrentar las realidades y desafíos de la adultez.
“En realidad, el problema no son los gustos estéticos ni los hobbies de los hombres, sino la desconexión con las responsabilidades adultas”, opina el escritor Antonio J. Rodríguez, quien explica que esta inmadurez está más relacionada con la evasión de compromisos sociales y familiares que con el hecho de divertirse con un videojuego o construir modelos de Lego. Según Rodríguez, las dificultades económicas y la falta de acceso a una vivienda estable han condenado a muchos hombres a convivir con sus padres hasta bien entrada la treintena, una realidad que, en su opinión, complica la maduración emocional.
La cineasta y teórica Gala Hernández señala que el cuestionamiento del rol masculino tradicional ha sido impulsado en gran parte por el movimiento feminista, que ha puesto en duda los valores asociados a la masculinidad clásica. Este cambio ha desestabilizado las certezas de muchos hombres sobre cómo deben comportarse, empujándolos, en algunos casos, a movimientos reaccionarios que defienden una masculinidad rígida y excluyente. Sin embargo, otros han abrazado estos cuestionamientos y buscan redefinir su identidad masculina de manera flexible.
La socióloga Estela Ortiz sugiere que la cultura popular y el consumismo han alentado un modelo de vida en el que los hombres encuentran escapismos como los videojuegos o las redes sociales, reforzando comportamientos que evaden los compromisos y desafíos propios de la adultez. Sin embargo, Rodríguez argumenta que estos gustos y aficiones no determinan la madurez emocional. “Al final, es más importante la forma en que enfrentan las responsabilidades que el tiempo que dedican a hobbies escapistas”, concluye el autor. A medida que las exigencias económicas y laborales siguen aumentando, algunos analistas sugieren que la búsqueda de identidad masculina se ha vuelto un desafío adicional, agravado por la precariedad y la falta de perspectivas. Así, el debate sobre la “generación de hombres que no maduran” queda abierto: ¿es el resultado de elecciones personales o de un contexto social y económico que ha dificultado el desarrollo de una adultez plena?
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