Por Alejandro Guerrero Monroy
En este mundo poseído por demonios, que habitamos en virtud de seres humanos, la decencia es lo único que nos aísla de la oscuridad que nos rodea.
Carl Sagan
Siempre se distinguió por su honradez y su férrea voluntad por dejar un mundo mejor. Quienes estuvieron cerca de él afirmaban que era incansable y que en su trato predominaba la serenidad y la sinceridad. Es común que cuando alguien deja de existir, se enaltecen las virtudes y se aminoren las carencias y sombras, ésas que todos tenemos. En el caso de Carter, con la fina discreción de los grandes, tuvo luces que brillaron con intensidad, más aún tras dejar la presidencia.
Jimmy Carter asumió la presidencia de Estados Unidos en enero de 1977, con poco más de 50 años. Transcurrían los convulsos años setenta del siglo pasado, con la resaca social de la guerra de Vietnam y del caso Watergate, que derivó en la renuncia de Nixon y el abrupto arribo de Ford a la Casa Blanca. Por ello, la figura políticamente nueva de un outsider de los círculos de Washington como Carter, conectó de inmediato con los votantes; su promesa de no engañar a los estadunidenses surtió efecto en un electorado desencantado. Fue el último candidato demócrata que arrasó en el sur del país, antes de que la región se decantará por los republicanos en elecciones posteriores y hasta nuestros días.
El gusto por la política lo heredó de su padre, que fue productor agrícola y legislador por Georgia. Su madre fue enfermera y activista, quien con 70 años trabajaba con pacientes con lepra como voluntaria en la India; de ella aprendió el servicio a los demás. Carter fue siete años oficial de la Marina y estudió en el Instituto de Tecnología de Georgia. Fue gobernador de su estado y desde Atlanta consideró postularse al primer cargo nacional. Su campaña representó aire fresco por su distancia con lo más negativo del aparato público. Ganó con 297 votos electorales frente a los 241 de su contrincante republicano. Sus prioridades fueron el control de armas y las preocupaciones medioambientales; por primera vez en un plan de gobierno se habló del “calentamiento global”. Puso en la agenda mundial el término “derechos humanos”. La crisis petrolera que originó escasez de combustible y la caótica inflación comenzaron a dañar severamente su popularidad. En el ámbito internacional, su defensa de los derechos humanos fue recibida con indiferencia por algunas naciones, particularmente por el escepticismo de la Unión Soviética. Sin embargo tuvo un éxito histórico: logró la reconciliación entre Egipto e Israel. No fue una negociación fácil y como resultado de los Acuerdos de Camp David, Israel desocupó la península del Sinaí, devolviendo la plena soberanía a su vecino. A su vez, Egipto se convertía en el primer país árabe que reconocía la existencia del Estado de Israel. Carter también logró la ratificación de los tratados del Canal de Panamá y formalizó las relaciones diplomáticas con la República Popular China.
Un suceso sin precedente marcó en gran medida su mandato. Un grupo de estudiantes iraníes tomó como rehenes a 66 diplomáticos y ciudadanos en la embajada en Teherán. El asalto ocurrió en pleno contexto de la revolución islamista, en noviembre de 1979. Carter, con el apoyo de su equipo táctico de crisis, ordenó un súbito rescate. El intento de liberación resultó un desastre, lo que acabó con sus posibilidades electorales. En su intento por reelegirse perdió de forma abrumadora en 44 estados contra Ronald Reagan en 1980. Su presidencia fue vista como una decepción, aunque nuevas lecturas muestran que fue pionera en aspectos clave. Entre otros aciertos liberó las tarifas aéreas y creó el Departamento de Energía para incentivar fuentes renovables. Al dejar la Casa Blanca comenzó una nueva etapa que lo llevó a recibir en 2002 el Nobel de la Paz por su esfuerzo en los conflictos internacionales. El trabajo en democracia y salud que llevó a cabo a través del Centro Carter fue extraordinario. El Centro ha supervisado alrededor de 120 elecciones en África, Asía y América Latina desde 1989. En julio pasado concluyó que las elecciones presidenciales de Venezuela no fueron democráticas.
Las nuevas generaciones deben saber que también existe la buena política, ésa cuyo propósito es el diálogo y la construcción de acuerdos e instituciones, pero más aún, aquella que es ejercida con una actitud honesta y verdadero espíritu de comunidad y servicio. La decencia en la política y la congruencia en la vida, esa que caracterizó a Jimmy Carter.
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