Por Horacio Cárdenas Zardoni
En los programas de estudio de las ingenierías se le denomina resistencia de materiales, no es muy difícil imaginar que es lo que se pretende enseñar a los alumnos, ni lo que se espera que estos aprendan, ¿qué tanto aguanta un determinado material, de los que están examinando, a la hora que se les somete a diversos factores?, esto como referencia para poder saber cómo se comportarán esos mismos materiales en el momento en el que se les incluye en algún producto o proyecto en específico.
Normalmente se piensa en la resistencia de los materiales cuando se habla de un puente, pues sí, allí es obligado hacer los cálculos precisos, en primer lugar para que el puente soporte su propio peso, lo cual no deja de ser complejo, pero además que soporte el peso de los vehículos y personas que circularán sobre él en condiciones normales, y luego por no dejar, determinar el máximo peso que podrá soportar la estructura, cuando como suele ocurrir en México, se exija de ella hasta sus últimos límites. Pero así como es imprescindible para un puente, lo es para una casa, que también tiene lo suyo de pesado, soportar un techo, soportar otro piso, los muebles, los brincos de los niños, la vida diaria, debe conocerse qué tanto aguantan el concreto que se utiliza, la varilla, todo. Si uno piensa en vehículos, desde bicicletas hasta aviones, debe saberse hasta donde resisten a los diferentes elementos que entran en juego, y la forma en la que interactúan, cuestiones como temperatura, presión, humedad, vibración, y otros que puedan intervenir, tanto aislados, que no ocurre casi nunca, como en conjunto, pues de su comportamiento depende que el aparato en cuestión siga prestando servicio, o que pueda poner en peligro a quien los utiliza.
A lo mejor sería forzado comparar las poblaciones de seres vivos, específicamente seres humanos, con los materiales que se usan para construir o fabricar cualquier cosa, con estos se puede experimentar a placer, hasta conocer el más mínimo detalle de sus potencialidades, en cambio con aquellos, hay que tener siempre cuidado. Si no por otra cosa, porque están vivos, y no se les puede llevar a extremos, de los que luego es posible que no regresen. Pero luego vemos que no es tanto así, de forzado, pues los científicos, los tecnólogos y desde luego los burócratas, suelen ser tanto o más fríos y descarnados que lo que son aquellos que trabajan con materiales inertes, y no nos vamos a referir a experimentos criminalmente crueles como los llevados a cabo por los nazis o por la CIA, sino a las decisiones que cotidianamente toman los gobiernos, que afectan la vida de las personas y las comunidades.
Quizá lo haya notado, aunque tal vez no, es de esas cosas que son tema de conversación en grupos muy particulares, y que si no forma parte de ellos, le llegan cuando mucho de refilón, además de que mientras no pase nada, lo suelen acusar a uno de ver moros con tranchetes, de paranoico o cosa peor, pero el hecho es de que desde hace ya varios años, algunas vacunas escasean… y escasean mucho.
No estamos hablando de la vacuna de moda, la de COVID 19, de la cual el gobierno mexicano procuró adquirir una cantidad suficiente, y hasta sobrada, de allí que luego haya salido la denuncia de que se habían echado a perder varios millones de dosis, se habló de cinco, pero pueden ser todavía más, o menos, vacunas que se echaron a perder por llegarse su fecha de caducidad, sin aplicarse a quienes pudieran haberse beneficiado de ellas. De las que hablamos son de las vacunas que integran el llamado cuadro básico de vacunación, que se supone son aquellas que la secretaría de salud, en tanto cabeza del sector en el país, consideró que eran las indispensables que debería tener toda persona en México, vacunas algunas caras, algunas baratas, pero ineludibles para no padecer, o si acaso, tener afección muy leve por enfermedades prevenibles.
Desde hace no menos de diez años que algunas vacunas, las iniciales, las que se le aplican a los niños al nacer, y las subsiguientes a los pocos meses de nacidos, las del año, de los tres y cinco años, cada vez escasean más. No piense en las vacunas caras, la de la varicela o neumococo, que existen, pero no formaban parte del cuadro básico, se vendían en mil pesos cada dosis hace cinco años, ahorita deben costar más con médicos particulares, no, son las otras, la de tuberculosis, polio, tosferina, rubiola, hepatitis, sarampión, esas que desde hace tiempo tienen un costo más bien marginal. Resulta que la administración de Enrique Peña Nieto, confiándose en que los materiales humanos habían desarrollado la resistencia necesaria, ya no presentaban riesgo de enfermar, así que sin cancelarlas del todo, si empezaron a limitar las compras y el suministro a las unidades de salud.
Que curioso, no somos iguales pero cómo nos parecemos, la administración actual, casada como está con la austeridad republicana y la pobreza franciscana, recortó todavía más las compras de vacunas. Además tenía pretextos para ello, la primera es que estábamos en pandemia, y todos los recursos económicos, los pocos que dejaron, se orientaron a vacunas, pero a las de covid 19, no a las del cuadro básico, y otro todavía peor, el que el mismísimo encargado de la prevención en salud, Hugo López Gatell, sacó a relucir su frase de cajón “no existe evidencia científica”, de que haya un riesgo de un brote epidémico, de un contagio masivo de enfermedades que durante años se mantuvieron controladas con la aplicación universal de vacunas.
El gobierno actual le está apostando a la casualidad, a que no pase nada de lo que podría ocurrir. Pero el hecho que ni los supuestos científicos ni menos los políticos y burócratas consideran, es que la inmunidad de la población, que era fuerte hasta hace diez años, ha venido mermando, acelerándose en los últimos tres, con lo que a la hora mala en que suceda lo predecible, el tal brote, va a tener consecuencias más graves, por el solo hecho de que la población mexicana ha perdido inmunidad.
No sé, a lo mejor es porque todavía nos tocó conocer gente con efectos de la poliomielitis, también fuimos de los que les atoraban en la primaria las plantillas de timbres para la campaña de vacunación, cincuenta timbres, cincuenta pesos, que había que entregar para que no le faltaran vacunas a nadie. Era una monserga, vacunarse lo es también, provoca reacciones incómodas, pero la opción es incomparablemente más terrible, enfermar de algo que es perfectamente prevenible, pero eso no le significa ninguna preocupación al gobierno, y en esas estamos, esperando la oleada de enfermedades.
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