por Horacio Cárdenas Zardoni
En este mismo espacio comentamos hace unas pocas semanas la encomiable decisión y consiguientes acciones emprendidas por ciudadanos y organizaciones de la sociedad civil tendientes a revitalizar la abandonada ciclovía de Saltillo, hoy nos toca hacer lo contrario, criticar la forma en la que se está haciendo, pues lo que en un primer momento buscaba más que un rescate, una renovación que sirviera de acicate para el gobierno y motivación para la gente, corre el riesgo de convertirse en un factor más del afeamiento de la capital de Coahuila, como si no tuviera suficiente con lo que hay.
Saltillo, lo hemos dicho hasta el cansancio, es de esas tantas ciudades en México aptas para vivir, pero poco dignas de visitar. No importa que en los rankings elaborados por publicaciones u organizaciones, aparezca Saltillo en lugar preeminente, lo cierto es que cuando se pone uno a buscarle defectos, se los encontramos sin caminar más de diez metros, lo que nos lleva a preguntarnos: si así está la mejor ciudad para vivir, la más competitiva, la más segura ¿cómo se las arreglarán los habitantes de otras ciudades para vivir?
Andando el otro día por el primer cuadro de la ciudad, volteamos al cielo con ganas de ver la luna, que decían que iba a estar especialmente bonita ese día ¿y qué es lo que encontramos?, una maraña de cables, que van de poste a poste. No es solo una línea o dos, hay en algunos tramos una decena o más de cables, la mitad de los cuales ya no sirven, no transportan nada, ah pero como a la empresa les cuesta más caro retirarlos que dejarlos allí, pues allí los tiene abandonados. ¿La Luna?, pues sí, se ve, pero no cerca de horizonte donde le repito que está el desbordante cablerío, sino ya más alta en el cielo, y pues como que no sabe igual. Para colmo de un tiempo para acá, compraron las empresas cables más modernos, con sistemas de ajuste más efectivo, mismos que puede uno encontrar cada dos o tres postes, unos círculos con los que tensan el cable, eso y los rollos de varios metros que dejan igual, allá arriba, sin que les importe lo horroroso del aspecto que dejan.
¿Las calles?, también están para llorar. Igual que en el caso anterior, resulta más fácil echarle pavimento encima, que retirar las plastas del asfalto anterior, y así tenemos muchísimas calles saltilleras en las que la calle está más alta que la banqueta, ah pero como dejan un espacio, el conocido como arroyo entre una y otra, si acaso tiene la pésima suerte de poner el pie allí, puede sufrir una fea caída y en un descuido hasta una fractura, todo porque gobierno tras gobierno echa el maguillaje que es asfalto arriba del que estaba, y así por décadas ¿así están las calles en las ciudades del primer mundo?, la verdad creemos que no. Pues con esa misma mentalidad fue que le entraron a la ciclovía.
Según los materiales que utilizaron de inicio, eran los mejores, y eso no lo duda nadie, de los más caros que se pudiera uno encontrar, lo cual en ningún momento implicaba que tuvieran la mayor duración, sobre todo en d supuesto comprobado de que iban a estar ayunos de mantenimiento.
Literalmente la dejaron a la buena de dios, al buen uso que le dieran los ciclistas y a que los conductores de automóviles, camionetas y camiones no lo maltrataran casual o intencionalmente, y aquí es dónde, porque parece que por momentos la gente de plano se ensañó contra los topes de neopreno que delimitaban la ciclovía, arrancándolos, quebrándolos, mutilándolos.
Cuando comenzaron los ciclistas con su boyatón les echamos todas las porras, llegamos a comentar que su movimiento podía convertirse en la nueva dinámica de las relaciones entre gobernados y gobierno, al obligar a la administración municipal a ocuparse de algo que no estaba ni en su órbita de necesidades, y que hasta les molestaba por la referencia obligada al alcalde que realizó la obra en su primer momento. Sin pedirle un centavo al municipio, se pusieron a sustituir las boyas que habían sido arrancadas en algún momento del pasado reciente. En los espacios en los que ya no quedaba ni una sola boya, la diferencia fue abismal, nuevecitas, amarillas, como recién pintadas, daban un aspecto completamente distinto al que se observaba hasta antes de su intervención. Todo bien hasta allí.
De repente al ayuntamiento como que le dio pena, y tarde y mal, informó que colaboraría con los grupos de ciudadanos, para apoyar su tarea. Dijimos, ahora sí, ya le encontraron y le encontramos el caminito, todo está en comenzar y que el municipio le entre con su cuerno. Íbamos muy bien…
Hasta que nos dimos cuenta de lo que estaba pasando, y que nos hizo recordar aquella máxima de que el camino al infierno está pavimentado con buenas intenciones.
Resulta que por el rumbo de la unidad deportiva, allí en Camporredondo, sí estaban dañados los topes, pero no todos, ¿qué hicieron los ciclistas?, con la mejor intención, pusieron sus boyas amarillas nuevas solamente en los espacios que estaban vacíos ¿Resultado?, nomás imagíneselo o peor, vaya a verlo, tenemos una ciclovía chimuela.
Porque están los topes, negros originalmente pero ya tristemente grises, con los pegotes reflejantes arrancados completa o parcialmente, y luego están cinco boyas nuevas, y otra línea de topes horrendos, y así hasta llegar a la esquina de La Fragua, ¿Era demasiado pedir que hicieran un trabajo parejito?, sí, era mucho más chamba, retirar los topes viejos, darles una manita de gato y volverlos a colocar, al tiempo que concentraban la puesta de boyas donde tuvieran más vista, pero no, es demasiado pedir.
Ahora la vistosa ciclovía en proceso de renovación, es algo que da hasta grima, porque a nadie escapa que se hizo un trabajo “al ai’se va”, al más puro estilo mexicano, ese que nada le pide a la pavimentada abombada, a las telarañas de cables, a todo lo que padecemos a veces ya sin saber, tan acostumbrados como estamos a ignorar lo feo, lo corriente, lo mal hecho en las obras públicas.
Decíamos líneas arriba que Saltillo es la típica ciudad para vivir pero no para visitar, y si la llega a visitar, para no ver el poco cuidado de las autoridades y los habitantes en el mantenimiento, mejor ándese por nuestras calles haciendo horizontes, porque lo poco que había digno de ver, con un par de decisiones malhechotas, termina por enojarnos.
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