Cuatro Poderes
Jorge Arturo Estrada García
El desafío ha sido lanzado. La suerte parece echada. Desde Palacio Nacional se tomó una decisión que marcará el rumbo político de los próximos meses: cerrar filas en torno a Rubén Rocha Moya y otros personajes señalados por autoridades estadounidenses. La presidenta respondió con una frase que busca convertirse en bandera nacionalista: “No somos piñata de nadie”. Sin embargo, detrás de la defensa institucional se esconde una realidad incómoda. El respaldo al exgobernador sinaloense amenaza con convertirse en una pesada carga para la Cuarta Transformación, y en un factor de tensión para la relación bilateral más importante de México.
Donald Trump ya movió sus primeras piezas en el tablero mexicano. Washington, endurece el discurso y eleva la presión judicial, diplomática y comercial. El problema para Morena es que la defensa de figuras vinculadas públicamente con acusaciones de narcopolítica genera desconfianza, incluso entre sectores tradicionalmente afines al movimiento.
Los escándalos de corrupción, las investigaciones periodísticas y las acusaciones sobre redes de protección política, han erosionado la narrativa que durante años descansó en la promesa de honestidad y superioridad moral. Hoy, la percepción pública es otra: el oficialismo parece atrapado en una batalla para proteger a sus cuadros más cuestionados por corrupción.
La presión estadounidense, ocurre en un momento particularmente delicado. La revisión del T-MEC se aproxima y la Casa Blanca ha dejado claro que la cooperación, en materia de seguridad, será un componente central de las negociaciones. Desde Washington el discurso es acerca de la seguridad nacional, del fentanilo, de la corrupción institucional y de las presuntas complicidades entre grupos criminales y actores políticos. La administración Trump ha colocado una auténtica “pistola cargada sobre la mesa”, condicionando los acuerdos estratégicos a resultados tangibles en el combate a las organizaciones criminales, mexicanas.
Mientras tanto, los problemas internos se acumulan. La economía muestra señales preocupantes de estancamiento, la deuda pública continúa creciendo, los indicadores de confianza se deterioran y la violencia sigue golpeando amplias regiones del país. En Morena también aparecen síntomas de desgaste político. Las fracturas internas, la salida de operadores clave y la necesidad permanente de movilización evidencian que el movimiento atraviesa una etapa mucho más compleja que la realizada durante los años de ascenso. La oposición sigue débil, pero el principal adversario del oficialismo comienza a ser el desgaste acumulado por el ejercicio del poder.
Ante eso, la defensa de Rocha Moya trasciende al caso de una sola persona. Para muchos observadores, se ha convertido en una prueba dificilísima de resistencia para todo el proyecto político. Si las acusaciones avanzan, el costo político podría multiplicarse. Si Washington incrementa la presión, las consecuencias económicas podrían ser severas, para México. Y si la percepción ciudadana de impunidad continúa creciendo, Morena enfrentará un problema todavía mayor: la pérdida de legitimidad moral que durante años fue su principal fortaleza. Es un hecho que la crisis existe. Las interrogante principal es cuáles serán las consecuencias. Veremos.
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