El Poder del Consumidor
Por Alejandro Calvillo
Cuernavaca fue en los años 60 y 70 una de las cunas internacionales del pensamiento humanista, teniendo a algunos de sus máximos pensadores. No fue una situación fortuita que Erich Fromm, Iván Illich y Méndez Arceo coincidieran en esos años en Cuernavaca y que esa ciudad fuera centro de encuentro internacional de una de las corrientes más profundas del pensamiento crítico, que hoy en día cobra relevancia. Sin duda, hoy el pensamiento crítico contra el imperialismo y la neocolonización, contra el productivismo y el sometimiento de la humanidad a los avances tecnológicos, así como el compromiso de la iglesia con los pobres, toma mayor relevancia, tiene un mayor eco que en esos años. La conciencia sobre los peligros de la Inteligencia Artificial, sobre las nuevas formas del imperialismo, sobre la deshumanización tecnológica, por un lado, y la vuelta de parte de la iglesia, al menos su mirada, hacia los pobres, nos hace volver a estos grandes personajes y a todo ese movimiento que tuvo como centro de encuentro la ciudad de Cuernavaca.
Y no podemos hablar hoy de esa ciudad, de ese Estado, sin sentir el dolor de los feminicidios recientes. Leía esta mañana declaraciones de la Gobernadora de Morelos sobre la captura del presunto feminicida de la estudiante española Claudia Tacoronte; se refirió a él como un delincuente “muy trastornado”. Piotr Kropotkin criticaba la teoría positivista de su época que establecía que los criminales eran seres “malos por naturaleza”; para Kropotkin, el delincuente era un producto de su entorno social, un trastornado profundo, es decir, que la criminalidad era la expresión de una sociedad que la producía.
Y justamente, lo que se pensaba, lo que se discutía, y frente a lo que se actuaba en ese grupo de pensadores y activistas que se encontraban en esos años en Cuernavaca era el sentido deshumanizador de la sociedad de la competencia, la desigualdad y el sometimiento humano a las megaestructuras políticas, económicas y tecnológicas que estaban deshumanizando a la humanidad.
Erich Fromm, alemán, reconocido psicoanalista y filósofo humanista, crítico profundo de la sociedad de consumo y la deshumanización capitalista, e Iván Illich, austriaco, teólogo, filósofo e historiador, profundo crítico de las instituciones modernas y el dominio tecnológico de la vida, ambos reconocidos como principales analistas y denunciantes de la deshumanización civilizatoria, coincidieron en la ciudad de Cuernavaca por más de una década. Fromm e Illich compartían lo que el primero llamó el “radicalismo humanista”.
Un pensamiento que se vuelve urgente en los tiempos de la deshumanización extrema que vivimos, marcados por los medios digitales, los algoritmos, el robo de datos, la Inteligencia Artificial y el neocolonialismo corporativo.
Fromm e Illich coincidieron con Sergio Méndez Arceo, quien fuera obispo de la arquidiócesis de Cuernavaca de 1952 a 1982. Iván Illich, sacerdote en ese entonces, se instaló en 1960 en Cuernavaca, al encontrar en Méndez Arceo a un protector y a un aliado ideológico dentro de la Iglesia. Ambos no eran bien vistos por la Iglesia oficial. Los dos coincidían en que la Iglesia no debería ser un instrumento colonial en América Latina al servicio de los intereses de los Estados Unidos y que se debería promover un desarrollo más igualitario que pusiera en el centro la dignidad humana.
Bajo la protección de Méndez Arceo, Iván Illich trasladó a Cuernavaca el Centro de Formación Intercultural (CIF) en 1961, una iniciativa que había fundado en Nueva York 11 años antes, en 1950. En 1966 ese espacio se convirtió en el Centro Intercultural de Documentación, conocido internacionalmente como el CIDOC, por el que desfilarían una serie de pensadores y activistas que con el tiempo tendrían cada vez mayor influencia. Pasaron o tuvieron un fuerte contacto con el CIDOC personajes como el pedagogo revolucionario Paulo Freire; la escritora, filósofa y novelista Susan Sontag; y el pionero de la ecología política André Gorz. Gorz predijo cómo el capitalismo pondría en crisis el planeta y se volvió uno de los principales divulgadores del pensamiento de Illich en Europa.
Erich Fromm llegó a Cuernavaca en 1956, combinando el tiempo entre esa ciudad y la capital del país, donde ingresó como académico a la UNAM. En Cuernavaca inició una rica y creativa relación con Iván Illich, comulgando en su pensamiento crítico contra el imperialismo, las instituciones dominantes y el desarrollo tecnológico descontrolado, al servicio de la usura y en contra de los valores humanos.
El CIDOC, fundado por Illich, se convirtió en un punto de encuentro y contacto entre varios pensadores y activistas. El objetivo inicial del CIDOC fue recibir a misioneros y voluntarios estadounidenses que viajaban a América Latina para transformar su mentalidad, para que aprendieran de las culturas locales y de sus valores comunitarios, y para que las apoyaran a defender sus culturas y recursos. En fin, se trataba de que no llegaran a la región con una mentalidad colonialista.
La actividad del CIDOC no puede entenderse sin el contexto. A finales de los 60 y principios de los 70, Estados Unidos había iniciado una estrategia de combate a las resistencias populares en América Latina frente a los intereses de las corporaciones y su dominio político, enviando masivamente a sectas protestantes de corte evangélico y pentecostal desde Estados Unidos hacia América Latina para frenar esas resistencias y enfrentar la creciente influencia de la Teología de la Liberación.
La política imperialista estadounidense se remontaba a los años 50, cuando tramó y apoyó el golpe de Estado para derrocar al gobierno democrático de Jacobo Arbenz en Guatemala. La causa de la acción orquestada por la CIA fue que Arbenz había repartido tierras que no estaban produciendo, que eran ociosas, entre los campesinos indígenas. Se trataba de tierras ocupadas por la corporación estadounidense United Fruit Company. La empresa estadounidense llegó a controlar más del 40 por ciento de las tierras cultivables de Guatemala. Las dictaduras que se sucedieron en Guatemala acumularon más de 200 mil muertes.
El derrocamiento de gobiernos elegidos democráticamente por intervención estadounidense y su apoyo al establecimiento de dictaduras se convirtió en una práctica: Brasil 1964, Chile 1973, Uruguay 1973, Argentina 1976, entre otros.
Ese era el entorno en que el CIDOC operaba, pero también había otro entorno: era claro que el modelo de desarrollo, el modelo tecnológico y el modelo institucional eran contraproducentes; el desarrollo del Norte se hacía a costa del Sur, se apoderaba de los recursos, destruía las comunidades. El desarrollo tecnológico, las instituciones educativas y el modelo de consumo no favorecían la convivencialidad, ese concepto difundido por Iván Illich que definía como la autonomía de las personas y la libertad de acción por encima de la dependencia a las grandes tecnologías y a las instituciones burocráticas.
Fromm abordaba la crítica desde la psicología. Para él, la sociedad industrial capitalista tenía un impacto destructivo en la psicología del ser humano moderno. En El arte de amar, El miedo a la libertad, Tener o ser y El corazón del hombre, Fromm responsabiliza a la sociedad capitalista de convertir el amor en una transacción mercantil y transformar al amado en objeto de consumo y desecho; de empujar al individuo a autovalorarse por el tener sobre el ser, por su poder de comprar, de adquirir y poseer. Para Fromm, esta lógica enfrentaba al individuo con sus semejantes en una dinámica permanente de competencia y de individualismo patológico.
Por su parte, Iván Illich puso la atención en las gigantescas burocracias, instituciones y tecnologías que se venían construyendo: las enormes burocracias estatales, los sistemas educativos, las grandes estructuras médico-hospitalarias y las enormes redes de transporte masivo. En sus obras La sociedad desescolarizada, La némesis médica y Energía y equidad, analiza cómo esos sistemas se habían convertido con el tiempo en sistemas contraproducentes. Habían crecido tanto que dejaban de cumplir su objetivo y, de hecho, actuaban ya en sentido contrario.
Y ahí estaba protegiendo al CIDOC el obispo de Cuernavaca, Sergio Méndez Arceo, el Obispo Rojo, la figura más importante de la Teología de la Liberación en el México de ese entonces. El obispo que, después de los 50 años, se convirtió en un ferviente defensor de los trabajadores y de los campesinos, que se comprometió con la lucha por la justicia en este mundo y que le costó el desprecio de la Iglesia oficial. La historia de Méndez Arceo apenas comienza a contarse. No he tenido la suerte de ver el documental Obispo rojo, de Francesco Taboada, pero sé que cuenta parte de esta historia y, en especial, de la trayectoria de Méndez Arceo, que fue fundamental en convertir, en esos años, a Cuernavaca en ese centro de encuentro de pensadores libres, pensadores que hoy en día es obligado recuperar por sus reflexiones poco escuchadas y con mucha carga profética.
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