Cuatro Poderes
Por Jorge Arturo Estrada García
El huachicol fiscal se convirtió en la prueba de fuego para el Estado mexicano. Las investigaciones sobre el contrabando de combustibles, los testimonios de testigos colaboradores y el rastreo financiero de empresas vinculadas a estas operaciones han colocado al gobierno frente a una pregunta incómoda: ¿hasta dónde penetraron las redes criminales en las estructuras políticas y administrativas?
Todavía hay expedientes abiertos y acusaciones que deberán probarse ante los tribunales. Pero el daño político ya está hecho. La vieja narrativa de “Superioridad moral”, de “No somos iguales” y de una supuesta honestidad a prueba de todo, enfrenta ahora una realidad mucho más cruda. La corrupción dejó de ser un discurso opositor. Es una investigación internacional sobre importantes personajes morenistas.
En este momento, Washington decidió convertir este asunto en un problema de seguridad nacional. Donald Trump volvió a señalar este 22 de septiembre a México como “epicentro” de la violencia de los cárteles durante su discurso ante la Asamblea General de la ONU. El mandatario, exigió recuperar el control del territorio mexicano y sostuvo que Estados Unidos está dispuesto a utilizar su poderío militar contra organizaciones criminales que considera una amenaza regional.
Sin embargo, al mismo tiempo, reconoció que mantiene una buena relación con la presidencia, Claudia Sheinbaum, y que existe cooperación entre ambos gobiernos. México defiende soberanía. Washington exige resultados. Y el huachicol fiscal, ya es la pieza más importante de un tablero donde también están las drogas, la corrupción, el lavado de dinero, las aduanas y el T-MEC.
La verdadera crisis, de Morena, es de credibilidad. Cuando durante años se construye un relato político alrededor de la honestidad, la austeridad y la defensa de los pobres, las revelaciones sobre grandes fortunas, redes de corrupción e impunidades producen un efecto demoledor. Es evidente que las Becas del Bienestar pueden aliviar necesidades, pero no compran a los ciudadanos en forma permanente.
Ningún gobierno puede pretender que la sociedad renuncie a preguntar de dónde salió el dinero, quién autorizó las operaciones y quién permitió que determinadas redes de corrupción funcionarán impunente. El poder puede aspirar a controlar una parte de la conversación pública. Pero, definitivamente, no puede controlar para siempre la realidad.
La tormenta apenas empieza. Estados Unidos está electoralmente concentrado en su propia batalla y Trump sabe que la seguridad fronteriza y los cárteles tienen peso político interno. México, en cambio, enfrenta una combinación peligrosa: investigaciones por corrupción, presión internacional, violencia criminal, desconfianza institucional y una economía que depende, ampliamente, de su vecino del norte.
El tan gastado slogan de “primero los pobres” ya no convence. Tampoco, tiene efecto el invocar a la soberanía cada vez que aparece una acusación incómoda. La soberanía no consiste en esconder los problemas; consiste en tener instituciones capaces de resolverlos sin que otro país tenga que exigirlo. Cuando Washington se entromete, el duelo es asimétrico e imposible ganat para el gobierno mexicano. Y ahí está la verdadera tormenta. Son escenarios interesantes. Veremos.
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