Por Horacio Cárdenas Zardoni
En las semanas recientes ha vuelto a la escena política, social y burocrática el delicado tema de las fotomultas, uno de los que despierta mayores enconos entre la sociedad saltillense, y en general, en la de cualquier lugar donde se pretenda instaurar este polémico modelo de control de la velocidad de los conductores en algunas de las principales avenidas de las ciudades, ya que es ilusorio pensar que pudiera ser en todas.
Dice el viejo dicho popular que después de ahogado el niño, se procede a tapar el pozo, esto como haciendo énfasis en que somos malísimos para prevenir, pero optimistamente, damos por hecho que aprendemos de la mala experiencia, para que no nos vuelva a ocurrir, en ese sentido, aunque fuera solo a nivel de fábula, habría valido la pena la tragedia del niño fallecido. Pero la realidad es bastante diferente.
Sí, claro que nos lamentamos de los hechos de sangre que ocurren, de todos y cada uno de los accidentes, por supuesto que prometemos tomar medidas y a veces se inician, pero la realidad de las cosas es que al poquísimo tiempo ya se nos olvidó, y volvemos a las andadas. Casi creemos que para tapar cada pozo, tendría que ahogarse un niño, porque no nos cabe en la mollera que ante un accidente en un pozo en un ejido allá perdido, la sociedad se ocupe, y la autoridad menos, en elaborar un programa, vamos, en legislar, para que todos los pozos estén tapados, eso es ilusorio en el nivel de desarrollo que tiene la sociedad mexicana en el momento actual.
Lo que nos llama la atención en la presente discusión sobre el tema de las fotomultas, es que por un lado el presidente municipal de Saltillo, José María Fraustro Siller, informó hace algunas semanas, obvio como respuesta a una serie de accidentes de tránsito de especial gravedad que se dieron en un lapso relativamente corto de tiempo, que su administración estaba evaluando la posibilidad de establecer un programa como el que hubo en el trienio de Isidro López Villarreal como alcalde, con la diferencia de que se utilizarían para el efecto alrededor de doscientas cámaras de vigilancia que tiene instalado el ayuntamiento en avenidas y calles. Aunque no tenemos el dato preciso, la ocasión anterior el número de cámaras era mucho menor, a lo mejor una décima parte, y es que eran bastante costosas.
Eso por un lado, y luego en días más recientes ha estado circulando una información que no puede tener otra fuente que el mismo palacio municipal, en el sentido de que efectivamente se han registrado más accidentes en los primeros meses de este 2023 que los que hubo en el mismo período del año precedente, pero que en estos accidentes ha habido una proporción mucho menor de víctimas fatales, dicen que solo ha habido un niño ahogado, perdón un muerto en un incidente vial.
Ah bueno, la progresión mental diría ¿para qué reimplantar el programa de fotomultas, si los correlones saltillenses no se matan?, sí, hacen destrozo y medio, dejan sus carros como acordeones, los de otros conductores en punto de chatarra, dañan la infraestructura urbana, les cobran un multón bárbaro, pero se tardan años en reponer la luminaria, el semáforo, la banqueta, o lo que sea que hayan perjudicado. A lo mejor es que los saltillenses y quienes visitan la ciudad traen buena protección de su ángel guardián, que han corrido con suerte, que no les tocaba, cualquier explicación es suficientemente buena para justificar escurrir el bulto de volver a implantar las fotomultas.
La impresión que nos da es que por un lado sí quieren, dicen que quieren, y por el otro de plano no se animan a tomar una medida que es políticamente incorrecta, sobre todo en tiempo de elecciones. Ya después, a ver qué pasa, ahorita ni la pena vale distraerse pensando en un asunto que les es irrelevante.
Solamente que se dejara venir una oleada de accidentes con uno o varios muertos, que fueran particularmente escalofriantes, la autoridad municipal tendría que doblar las manos, y darle de lleno a lo de las fotomultas, ahora sí que sobre los charcos de sangre, tendría la justificación para responderle a los opositores a esa disposición, entre tanto y según la sana costumbre de todo gobernante, a nadar de muertito.
Pero entre que se llega o se retrasa lo de las fotomultas, cabe preguntarse ¿es necesario un esquema así?, antes de responder hay que remontarse al escaso año o poco más que operó en Saltillo. Si la mente no nos falla, en ese período no hubo ni un solo fallecimiento en un accidente de tránsito, estos se redujeron sensiblemente, junto con el número de heridos y los daños materiales, los problemas legales, y todo lo que suele traer aparejado un incidente de este tipo, hasta regaños, castigos y divorcios, para entrar en lo tragicómico.
A todo el que le cayó una fotomulta, aclarando que venían las dos cosas: la foto del carro y la multa por haber ido a más velocidad de la permitida en el tramo donde se tomó la gráfica, le dolió hasta el alma. Y es que no eran baratas, al contrario, eran muy elevadas. Quien las pensó y las autorizó dijo, por veinte pesos van a seguir corriendo y hasta se van a sentir con permiso para hacerlo todavía más rápido, así que atórale, y le atoraron, eran multas, al menos en su inicio, de una cantidad fija, lo que las hacía especialmente dolorosas para conductores responsables, que no se habían excedido más que uno o dos kilómetros por encima del límite de velocidad, incluso se quejaban de que tenían que considerar la pendiente en los puentes, pues la sola gravedad hacía que subieran la velocidad sin ser esa su intención, pero explíquele a la cámara. Ya luego se planteó lo de la gradualidad, que hasta donde recordamos, no se llegó a aplicar, por un exceso de menos de 3 km/h, la multa era de 438 pesos, de 36 km/h ah, allí sí ya era de 1,460 pesos. Pero el gobierno estatal saboteó el intento municipal, después de todo lo que privaba era el pleito entre una administración priísta y una panista, de lo que esto fue solo un round más.
En muchas ciudades del país se ha comenzado a aplicar lo de las fotomultas después de la experiencia en Saltillo, que fue una de las primeras. Son programas que han durado ya varios años, y que han funcionado para lo que se crearon, primero para prevenir accidentes de tránsito al conducir la gente a velocidades razonables, y en segundo lugar, nada despreciable, incrementar la recaudación, por lo menos para financiar el programa, y lo que quede para obras y servicios municipales, bueno y santo.
De que van a volver, van a volver. De que tienen que volver, tienen que hacerlo porque desafortunadamente no solemos hacer las cosas porque se deban de hacer. Los límites se ponen para algo, no solamente para molestar a quienes sienten que tienen demasiada prisa para llegar a salvar al mundo o lo que sea que les apremia. La pregunta obligada es ¿a qué esperar que ocurran loa ahogamientos que harán que tapemos los pozos?, ¿a qué esperar la muerte, las muertes espeluznantes que hagan que la autoridad se vea forzada a actuar?
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