Por Marco Campos Mena
La gentrificación, que en palabras sencillas es el desplazamiento de comunidades de menores recursos para dar paso a zonas de alto valor, es un fenómeno que está dándose de un modo acelerado por la globalización y la migración de personal extranjero que llega con sueldos altos en busca de traer su estilo de vida a su nueva ciudad hogar.
Las zonas habitables son escasas y el incremento demográfico de alta velocidad están obligando a las clases menos favorecidas a migrar a las orillas de la ciudad, quedando cada vez más cerca de cerros, lejos de los servicios y con una escasa conexión con el resto de la ciudad.
Las consecuencias son obvias, cada vez es más complicado el tráfico por las gran cantidad de personas que tienen que desplazarse de un extremo a otro para llegar a sus fuentes de trabajo, y la pregunta es… ¿el tren suburbano que pretenden construir será la solución?
Tal vez si lo llegue a ser, pero eso no va a reducir que la población desplazada se encuentre en un estado de vulnerabilidad considerable.
Por otro lado, las clases altas están comenzando a comprar las zonas céntricas para poner sus negocios de alto nivel y comenzar a obligar poco a poco a los residentes a migrar a zonas donde el costo de la vida aún no es tan alto… pero al menos, con una leve ventaja; Al vender sus propiedades a un costo más alto por la plusvalía, ahora tienen suficiente para una propiedad mejor que la que pueden alcanzar la mayoría de las personas en esa misma situación.
Sin embargo, hay una consecuencia poco calculada al hacer este movimiento; las casas nuevas, en especial las que están en fraccionamientos cerrados, son más caras y más chicas; por si fuera poco, muchas están construidas de manera económica y presentan fallas constantes por vicios en la construcción.
Para muchas personas es un tema complicado el pensar en mudarse, en especial para aquellos que han vivido por generaciones en ese domicilio y que lo consideran el recuerdo de sus padres o abuelos.
Los hábitos suelen ser un factor determinante al momento de pensar en cómo vivir, y hago énfasis en el “cómo”.
Para muchas personas que vivieron en los años 70 y 80 el vivir en colonias en las que tengan las tienditas en las esquinas y micronegocios de sus vecinos suele ser el modo de vivir que conocen y aman, mientras que para esas personas que llegaron a la vida adulta en los 2000 y hasta la fecha, eso puede ser un indicativo de clase baja al que no quieren ir.
Al primer modelo, el de las colonias, se le suele considerar también como zonas inseguras porque no están bardeadas, las casas son viejas y por lo mismo, les dicen que es la parte vieja de la ciudad, pero muchos no contemplan que esas casas están construidas “con toda la mano”, dándole una ventaja sobre aquellas casas nuevas que a los 5 años ya llevan varios mantenimientos fuertes por cuarteaduras, llaves tapadas por el sarro y cimientos débiles.
Las nuevas generaciones buscan vivir en lugares más aislados, cerca de centros comerciales y en particular de los negocios que son “de moda”.
No es de extrañarse que los nuevos complejos verticales sean tan atractivos para las nuevas generaciones pese a su alto costo y mantenimientos que cuestan lo que una renta de una casa, el estilo de vida al que aspiran corresponde a familias chicas o inexistentes; un espacio pequeño para una a tres personas máximo, con un toque moderno y que sin necesidad de desplazarse mucho, tengan a la mano lo que les gusta, como cafeterías y plazas comerciales.
Para la clase media, los fraccionamientos cerrados son la mejor opción para vivir tranquilos y con esa sensación de seguridad al no haber un tráfico externo pasando por sus calles.
Y para las clases bajas, no queda mucha opción; las colonias son casas muy chicas y que están alejadas de vialidades principales, por lo que muchas veces tienen que caminar varias cuadras para llegar a la parada de la combi que los va a llevar a sus destinos y que por lo general serán trayectos largos.
En el caso de los pueblos, y en especial en los mágicos, la inflación ha sido más dura que en otras partes debido a que se ha hecho mucha atracción de turismo y con ello de inversiones en negocios de nivel premium, lo que termina ocasionando un aumento en el costo de la vida por el alto valor de las propiedades y servicios ante ese turismo; para ejemplo, Cuatrociénegas.
Otro ejemplo interesante es ver como personas retiradas con buena cantidad de ahorros o una pensión más que digna elijen vivir en los pueblos mágicos y atraen a inversionistas que ocasionan en mismo efecto al volver esas zonas “VIP”.
A pesar de ello, pasan cosas muy interesantes, como el hecho de que algunos negocios no funcionan porque la gente no tiene el ingreso suficiente para mantener esos negocios fuera de la temporada alta o que no se acoplan los negocios con el concepto del lugar en el que se instalan, haciendo que exista un rechazo que termina haciéndolos reevaluar si deben quedarse.
Tal vez el verdadero lujo de una ciudad no sea tener centros comerciales de primer nivel, sino mantener a sus comunidades vivas, conectadas y con memoria, porque sin eso, lo que queda es frío y carente de alma.
Descubre más desde Más Información
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
