Por Horacio Cárdenas Zardoni
Si no nos acordamos mal, es en el Eclesiastés, donde dice que no hay nada nuevo bajo el sol, frase que luego ha sido repetida en infinidad de contextos a lo largo de los milenios para los más diversos fines, y lo que a nosotros nos parece más curioso es que después de tanto tiempo, sigamos creyendo que somos los inventores del hilo negro, todo para terminar dándonos de frentazos contra las paredes.
Nosotros los periodistas tenemos el grave defecto, aun los que nos acercamos peligrosamente al Alzheimer, de tener una memoria, que no es que sea como para presumir de ella, pero que sí nos resulta bastante útil para correlacionar hechos pasados con lo que está sucediendo en el momento presente.
A este respecto recordamos que hace cosa de un par de meses, se sucedieron varias noticias que tenían como tema central el de la sequía. La sequía, o la falta de agua, es un fenómeno ya no digamos que recurrente, sino siempre presente en algunas regiones del mundo y de nuestro país, en el caso de nuestro estado, la escasez de líquido es algo con lo que vivimos la mayor parte de nuestra vida, aliviado solo de vez en cuando por una temporada de lluvias especialmente copiosa, o por un huracán cuya trayectoria pase por sobre nuestro territorio, algo por lo demás, no demasiado frecuente.
El tema hace algunas semanas, giró en torno al reporte de la Comisión Nacional del Agua, en el sentido de que alrededor del 70% del territorio nacional estaba en condiciones de sequía este año, dándose la variación de que algunos estados y regiones estaban en una sequía moderada, mientras que otros estaban en una extrema o anormal. Algunos de los comentarios hicieron hincapié en lo inadecuado de la nomenclatura que desde hace un par de años han venido usando los burócratas, que no los científicos de la CONAGUA, pues para los efectos prácticos, sequía es sequía, que ya lo del calificativo es lo de menos.
Distraídos con simplezas, y prometiendo acudir al llamado de quienes promueven “una nueva cultura del Agua”, cuando que lo que deberían estar pensando, ellos y todos nosotros, es una nueva cultura, pero de falta de agua, llovió algo en Coahuila, y para variar, el tema pasó a segundo plano. Entendible, andábamos todos con la cuestión política a flor de piel, y pues nuestra atención no da precisamente para ocuparse de muchos problemas al mismo tiempo.
Dentro de las fuentes que opinaron sobre el asunto en aquella ocasión, nos llamó la atención y guardamos la nota en la que científicos de la Universidad Nacional Autónoma de México advertían de una situación que describían como presión hídrica, o estrés hídrico. Como que la expresión pegó, y de repente los políticos, los legos, todo el mundo se sentía con autoridad para hablar del estrés hídrico que estábamos sufriendo. Ni modo, así suele pasar, se nos pega una frasecita y la traemos para arriba y para abajo, sin darnos cuenta de que cada vez que la usamos sin hacer algo, nos acercamos al desastre del que nos estaban previniendo.
¿Cómo definía el artículo aquel estrés hídrico?, muy sencillo y aterrador, es el riesgo de que en determinado momento, cercano o lejano, no exista agua suficiente para abastecer a la población para satisfacer sus necesidades más elementales.
Poniéndolo en términos más gráficos, ponga que usted, su hijo, su hija, quien sea, abre la llave del agua, y en vez de salir el líquido que espera uno, no sale nada, ni siquiera aire por el cambio de presión entre la tubería y el entorno, nada. Eso es estrés hídrico, y uno podría preguntarse, ¿y cuánto dura esa situación tan incómoda? Sí, porque… gracias a la poesía, a las películas, novelas y la vida misma, estamos acostumbrados a que los problemas, aun los más graves, son pasajeros, y ponga que sí, hasta tenemos el dicho de que no hay mal que dure cien años, pero… en cuestiones como esta, no hay garantía de que el agua llegue hoy por la tarde, mañana, dentro de cinco años, o dentro de setenta, y llegando, cuánto nos dure.
Ahora que los días han estado sobradamente calurosos, sin que lleguemos a los picos que muchos de nosotros conocemos, porque los hay, de 48 y 50 grados en algunas regiones de Coahuila, la temperatura ha estado caliente pero estable en un poco menos de 40, una característica con la que no estamos acostumbrados a lidiar, la gente se comienza a preguntar si lo que se ha estado haciendo, allí donde algo se ha estado intentando hacer, es suficiente o funcional, o por el contrario, queda en nada.
Nos referimos en concreto al programa Ciudadanos de cien, puesto en marcha por el gobierno del estado de Nuevo León, que con alguna base teórica o al puro tanteo, pensó que si las personas utilizaban un promedio de eso, cien litros por día, no habría problema en seguir abasteciendo al total de la población de la mancha urbana de Monterrey por un par de décadas, lo que es, tres sexenios más allá, y que sean los regios de entonces los que arreen… los que acarreen el agua, de donde la encuentren, si la encuentran.
Con los calores de la semana pasada en buena parte del país, se puso a prueba la estrategia neoleonesa, y la falta de otras en otros puntos. Allá en Monterrey reportaron un incremento en el consumo de agua embotellada superior al 16%, en Saltillo se habló de cuando menos 8%, esto de un plumazo rompe con las expectativas y los programas de las empresas para satisfacer esa demanda adicional, que sí, a los comerciantes les viene muy bien siempre, pero ¿cómo pueden vender lo que no les surten, y no se los surten por que no hay capacidad de embotellarla, sin invocar todavía el fantasma de que no embotellan lo que no hay?
Sí, estaba el conocimiento de lo grave que está la situación, y fuera de tomarlo como tema de conversación, de poco nos sirvió. Ahora que el calor nos ha agobiado, y en casos extremos, nos ha afectado la salud, la duda es si ya estaremos lo suficientemente motivados como para hacer algo más allá de simplemente hablar y quejarnos.
¿Cuánto tiempo tardará en que municipios enteros se queden sin líquido, y tengan que ser literalmente abandonados por su carencia?, ojalá no nos toque verlo, o mejor aun, ojalá no ocurra nunca, pero para eso debemos dejar de ver llover sin de perdida arrimar una cubeta.
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