Al cumplirse, el 4 de julio de 2026, un cuarto de milenio de la declaración de la Independencia de Estados Unidos, comenzando oficialmente su existencia como país, esa nación enfrenta siete desafíos cruciales que marcarán su papel en el mundo en las próximas décadas, según un especialista universitario en riesgos
Madrid, España, 27 jun (EFE).- El año 2026, en que Estados Unidos conmemora y celebra el 250 aniversario de la firma de su Declaración de Independencia, es un hito histórico que ofrece una ocasión especial para informarse acerca el pasado y presente estadounidense, pero también para mirar hacia el futuro de esa nación que ha tenido y tiene un papel decisivo en la marcha y destino del mundo.
El 4 de julio de 1776 se firmaba en Pensilvania, Filadelfia, un documento histórico, redactado principalmente por Thomas Jefferson (que años después sería el tercer presidente de Estados Unidos), mediante el cual las Trece Colonias británicas rompieron sus lazos políticos con el Reino de Gran Bretaña, y se proclamaron como estados independientes y soberanos.
Once años después, en 1787, se adoptaba, también en Filadelfia, otro documento histórico: la Constitución de Estados Unidos de América, ley suprema de esa nación, después ratificada por el pueblo en convenciones en cada estado federado, y considerada como la primera Constitución de los tiempos modernos, republicana, federal, con separación de poderes, y con su autoridad basaba en el consentimiento de los ciudadanos.
A dos siglos y medio de la independencia estadounidense, el docente e investigador universitario Sergi Simón, coordinador de maestrías en sostenibilidad y gestión de riesgos, de EALDE Business School de EALDE Business School, analiza en respuesta a un cuestionario de EFE, los 7 grandes retos que enfrenta el país de Norte en un conjunto de áreas críticas.
1. Sostenibilidad: el país que más sabe y menos hace
Estados Unidos es, a la vez, el segundo emisor de dióxido de carbono del planeta y el líder mundial en investigación sobre transición energética. Esto no se relaciona con un déficit de conocimiento ni de capital, sino de continuidad institucional, según Simón.
Cada cuatro u ocho años, la política climática estadounidense cambia de signo. El resultado es una trayectoria en zigzag que erosiona la confianza de los socios internacionales, desconcierta a los mercados y deja a las empresas navegando entre señales regulatorias contradictorias, explica.
A esto se añade la deuda ecológica. Por ejemplo, el acuífero Ogallala que riega el 30% de la producción agrícola del país, se agota diez veces más rápido de lo que se recarga. El delta del Misisipi pierde tierra firme a razón de un campo de fútbol por hora. Son pasivos que se están cargando sobre las generaciones futuras, puntualiza.
Para Simón, la pregunta es si Estados Unidos puede construir los consensos mínimos necesarios para que su sobrada capacidad de liderar la sostenibilidad global se traduzca en política de Estado.
2. Inteligencia artificial: ventaja que puede ser trampa
Con empresas como OpenAI, Anthropic, Google DeepMind o Meta AI, el ecosistema innovador estadounidense ha definido los términos del debate tecnológico global, pero la carrera por la IA provoca que cuanto más rápido avanza cada actor, más presionado se siente el otro para acelerar también, reduciendo los márgenes de reflexión y gobernanza, según Simón.
Explica que China tiene la ventaja de que puede desplegar tecnología a escala nacional sin los frenos de una democracia liberal, y Estados Unidos tiene la ventaja de la calidad de su ecosistema de investigación abierta y su capacidad de atraer talento global. La cuestión es cuál de las dos ventajas pesa más, y en qué plazos.
Para este experto, el riesgo más inmediato es doméstico. La compañía Goldman Sachs estima que la IA generativa puede automatizar hasta el 25% de las tareas laborales actuales en la próxima década. La pregunta es si el sistema educativo, las redes de protección social y el mercado de trabajo serán capaces de absorber esa disrupción sin que se traduzca en fractura social.
Estados Unidos tiene el historial de adaptación más impresionante del mundo ante disrupciones tecnológicas, pero también tiene los niveles de desigualdad más altos de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos). Lleva décadas demostrando que es excelente innovando y mediocre gobernando la innovación, recalca.

3. Resiliencia climática: los mapas de riesgo se quedan cortos
Estados Unidos está en un momento en el que ya no se puede seguir hablando de amenaza futura, ya que los eventos empiezan a superar los modelos de probabilidad en los que se basan las decisiones de cobertura, de localización y de inversión, de acuerdo con Simón.
Los incendios de California, los huracanes de categoría 5 en el Golfo, las inundaciones del Midwest, las olas de calor en el suroeste son el nuevo patrón. Y el sistema de infraestructuras que los tiene que absorber, como las redes eléctricas, presas o sistemas de agua potable, fue diseñado para un clima que ya no existe, explica.
Además, están las migraciones climáticas internas: investigadores de ProPublica proyectan entre 13 y 30 millones de personas relocalizándose hacia el norte y el interior del país antes de 2070, como consecuencia de la degradación de las condiciones de habitabilidad en Florida, Texas y el suroeste árido, añade.
Esa redistribución demográfica redibujará la geografía económica del país en profundidad. La resiliencia climática ya no es política medioambiental; es seguridad nacional, reflexiona.
4. Vulnerabilidad energética: trae una nueva dependencia
Simón explica que desde 2018, Estados Unidos es el mayor productor de petróleo y gas natural del mundo, y que la narrativa de la independencia energética se hizo realidad gracias al “shale oil” y el “fracking”, pero esa independencia tiene grietas estructurales.
La primera grieta es la red eléctrica, fragmentada en tres grandes interconexiones sin coordinación federal real, con líneas de trasmisión envejecidas, y diseñada para un mundo sin generación distribuida de energías renovables, apunta.
El colapso de Texas en febrero de 2021 fue una muestra de lo que puede ocurrir cuando una infraestructura diseñada para un clima estable enfrenta un régimen climático volátil. Y cuando la demanda eléctrica de los centros de datos de IA empiece a presionar con intensidad el sistema eléctrico, el problema se agravará, destaca.
La segunda vulnerabilidad es la dependencia en minerales críticos. La transición energética desplaza la dependencia de recursos externos, del petróleo al litio, el cobalto, el níquel y las tierras raras, cuya producción y procesamiento controlan otros países en un elevado porcentaje a nivel mundial, según este experto.
Destaca que Estados Unidos está intentando resolverlo con política industrial activa, pero construir cadenas de suministro alternativas tarda décadas.
5. Hiperconectividad digital: la red dentro de la cual vivimos
Simón señala que Estados Unidos construyó internet y las plataformas que hoy intermedian la comunicación, la información y el comercio a escala global, y explica que los servicios en la nube que alojan el 65% de los datos empresariales del mundo tienen sede en territorio americano.
Considera que esta posición es una fuente extraordinaria de poder blando y ventaja económica, pero también es la mayor superficie de ataque del planeta para los adversarios externos.
Además, la hiperconectividad genera desde dentro una fragmentación del espacio informativo compartido que una democracia necesita para funcionar. Los algoritmos de las plataformas están diseñados para maximizar el tiempo de atención, no la cohesión social. El resultado es una polarización cognitiva y afectiva que se retroalimenta, explica.
La IA generativa ha añadido a este problema la desinformación basada en “deep fakes”, clonación de voz y “bots” sofisticados capaces de mantener conversaciones creíbles, apunta.
Para Simón, la paradoja de la hiperconectividad americana es que el mismo ecosistema que creó la mayor herramienta de expansión del conocimiento de la historia está erosionando la capacidad colectiva de distinguir lo verdadero de lo falso.
6. Seguridad: cuando el riesgo deja de ser lineal
El presupuesto de defensa estadounidense es impresionante, pero los riesgos de seguridad más relevantes para el país en las próximas décadas no se resuelven con superioridad militar convencional. Son riesgos compuestos, no lineales, que se amplifican mutuamente y que los modelos analíticos tradicionales tienen dificultades para capturar, según Simón.
Destaca que los ataques cibernéticos a SolarWinds y Colonial Pipeline demostraron que la mayor superficie de ataque del mundo, la que genera la hiperconectividad americana, puede ser penetrada con consecuencias sistémicas sin necesidad de un misil.
Para este experto, el nexo entre ciberseguridad y resiliencia de infraestructuras críticas es, posiblemente, el punto de mayor fragilidad del sistema, apunta.
Luego está la bioseguridad: durante la pandemia las vacunas de ARNm fueron una proeza científica, pero la cadena logística de equipos de protección fue una vergüenza, mostrando una capacidad innovadora excepcional, y una preparación institucional muy mejorable, argumenta.
La seguridad del siglo XXI se gana menos en los campos de batalla y más en la resiliencia de los sistemas críticos, la calidad de la anticipación y la capacidad de gestionar la incertidumbre antes de que se convierta en crisis, analiza.

7. Economía: el PIB y la deuda esconden una fractura
Simón destaca que Estados Unidos tiene 28 billones de dólares de PIB, los mercados de capital más profundos del mundo, un sistema universitario de excelencia y una cultura emprendedora con una tolerancia al fracaso sobresaliente, pero también dos desequilibrios estructurales que, si no se abordan, pueden convertir esas fortalezas en factores de inestabilidad.
El primero es la deuda pública, de 35 billones de dólares, el 124% del PIB, con un gasto en intereses que superará al gasto en defensa antes de 2030. Cuando el servicio de la deuda compite con la inversión en infraestructuras, educación y adaptación climática, se produce una reducción de la capacidad del Estado para afrontar los grandes retos, señala.
El segundo desequilibrio es la desigualdad. En Estados Unidos, el 1% más rico de la población posee más riqueza que el 90% de la población combinado. Las sociedades muy desiguales son menos resilientes ante las crisis, más vulnerables a la desinformación, y menos capaces de movilizar el talento disperso, puntualiza.
Explica que con las leyes CHIPS, IRA e IIJA se ha puesto en marcha una política de reindustrialización activa, con compromisos públicos y privados que superan el billón de dólares. Si se implementa bien, puede ser el motor de un ciclo de crecimiento más inclusivo y con base productiva más sólida. Si se convierte en proteccionismo sin eficiencia, el coste será alto.
La economía americana podría seguir siendo la más dinámica del mundo y, al mismo tiempo, ser una sociedad que no comparte ese dinamismo, advierte.
Simón considera que Estados Unidos tiene el talento, buena parte de las instituciones y los recursos necesarios, para afrontar todos estos retos, pero necesita la capacidad de pensar en décadas en un sistema diseñado para pensar en ciclos electorales, y de actuar colectivamente en una cultura que premia el individualismo como virtud fundacional.
“En el ámbito de la gestión de riesgos hay un principio básico: el mayor riesgo no es el que no se puede gestionar, sino el que no se quiere nombrar. Estados Unidos está nombrando algunos de los suyos. Los próximos 25 años dirán si fue a tiempo”, concluye el experto de EALDE Business School.
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