¿ESTÁBAMOS MEJOR CUANDO ESTÁBAMOS PEOR?

Por Horacio Cárdenas Zardoni

Ya casi nadie habla, como no sea con añoranza, del Movimiento Obrero Organizado, cuando mucho alguno de los líderes sindicales que se rehúsan a jubilarse, y no precisamente porque tengan necesidad del sueldo, como sí lo tienen sus agremiados, se refiere todavía a esa figura, que sin embargo, fue referencia obligada durante varias décadas del siglo pasado, décadas que coinciden con la dictadura del Partido Revolucionario Institucional, dictablanda que le llamaban otros, del cual el tal movimiento fue un pilar fundamental para la preservación del poder.

Contrario a lo que se pudiera pensar, no fueron los partidos de oposición los que minaron hasta dejar en el puro cascarón el otrora poderosísimo Congreso del Trabajo, organismo que agrupaba a las centrales de trabajadores y sindicatos más grandes del país. Fueron los propios presidentes emanados del PRI, los que consideraron el control estatal del sindicalismo como algo que ya había pasado de moda, que ya había perdido su utilidad, y con esa mentalidad neoliberal que caracterizó a los tecnócratas desde Miguel de la Madrid Hurtado y Carlos Salinas de Gortari para acá, opinaron que ya existía la suficiente madurez entre los trabajadores, como para seguir mereciendo la tutela del estado mexicano, que sin más análisis, se dedicó a desmantelar aquella estructura que tan bien le habían funcionado, pero que en honor a la verdad, también era costosísima, en dinero y en cotos de poder. A los panistas que vinieron después ya les tocó “papita” la cosa, sí había que tratar con fuertes e ineludibles liderazgos sindicales, pero ya no eran aquellos que podían armar un paro nacional con el pretexto de pedir aumentos salariales, no, con estos, mal que bien, se podía hablar, y hablaron y acordaron a conveniencia de ambas partes, no tanto de las empresas, tampoco de los trabajadores.

Sexenios antes, desde la comodidad de las lujosas oficinas de los funcionarios, se decidió darles mate a aquellos líderes que en algún momento se mostraron irrespetuosos con ellos, ¿cómo es posible que no reconocieran la superioridad, si no de sangre y cuna, sí de formación académica, intelecto, sensibilidad y tantas otras cosas que los diferencian del resto de la humanidad, sobre todo que los distancia de los gobernados?, era un escándalo, así que había que acabar con los liderazgos en sindicatos como el de Petróleos Mexicanos, como el del sindicato magisterial, es más, hasta a Venus Rey lo defenestraron del sindicato de filarmónicos, así de duro pasó la barredora gubernamental.

Ah, pero por decisión de quienes en aquellos comicios de julio de 2018 sufragaron para encumbrar a Andrés Manuel López Obrador, y a su discurso de la cuarta transformación, a la presidencia de la república, las cosas cambiaron. De aquella postura de dejar hacer, dejar pasar, de solo “tomar nota” de lo que sucedía en los sindicatos, que ya tenía varias décadas, la administración lopezobradorista prefirió asumir una actitud más activa, interviniendo en lo que mal que bien o mal que mal, ya era cosa de los trabajadores, claro, dentro del marco de las leyes y los tratados internacionales…

Ah porque por esas cosas de la vida, el apartado laboral de la administración de las empresas, por lo menos de aquellas que tienen capital extranjero invertido, quedó incluido en un capítulo del Tratado de Libre Comercio, primero, y posteriormente del T-MEC, y es entonces que las cosas se han puesto complicadas.

Ni que decir que el sindicalismo que podemos llamar tradicional, el que proviene de aquellos años dorados en que Fidel Velázquez Sánchez y luego su heredero Leonardo Rodríguez Alcaine controlaban con puño de hierro a los sindicatos, acuñando de pasada el término sindicalismo blanco, que no era otra cosa que el que está al servicio de la empresa y para contener a los trabajadores, en vez de velar por sus intereses laborales, individuales o de clase, ese sindicalismo sigue vivo, pero cada vez va perdiendo más posiciones, ante el avance de sindicatos independientes, o del asedio de la Nueva Central de Trabajadores, que así que digamos trae los mejores liderazgos en las personas de Martín Esparza, aquel que fuera del Sindicato de Electricistas, hoy extinto y que lo tiene convertido en un líder sindical sin sindicato y de Napoleón Gómez Urrutia, otro con la cola larguísima, pero en el sindicato minero.

Lo triste es la disyuntiva de los trabajadores mexicanos, o se pliegan a seguir sobajados por el sindicalismo de la Central de Trabajadores de México, o aceptan el nuevo (viejo) sindicalismo, corrupto como era, pero rescatado del cieno por la cuarta transformación.

El asunto importa porque el campo de batalla sindical se ha trasladado, de momento, a Coahuila, específicamente a las regiones fronteriza y centro. Según el último recuento de votos, y si no lo declaran nulo, será el Sindicato Nacional de Mineros, Metalúrgicos, Siderúrgicos y Similares de la República Mexicana, el que se lleve el contrato colectivo de la planta de Teksid en Frontera, expulsando a la CTM que lo tenía desde hace años.

No es el primer caso de que los trabajadores le dan la espalda a quien durante tanto tiempo los trató con desprecio, y que siempre estuvo de parte del patrón. Lo malo es que un ente como la CTM nunca se muere tranquilamente, al contrario. Ya vimos lo que pasó con la planta de General Motors en Silao, luego de tantos chanchullos, hubieron de venir observadores estadounidenses a dar fe de que el proceso de selección de sindicato se diera como debe ser, en lo que fue una vergüenza para el gobierno mexicano, que no supo o no se atrevió a poner las cosas en paz desde el principio.

La CTM seguirá peleando cada contrato, pero la NCT sintiéndose, y de hecho siendo, cada vez más poderosa, no va a dejarse, y como unos y otros comparten la misma experiencia y las mismas mañas,  es difícil predecir lo que pueda ocurrir, salvo claro, que son los trabajadores los que saldrán perdiendo, como lo han sido siempre en el pasado


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