ENRIQUE ABASOLO
Antes de que Marlon Brando se convirtiera en una diva extravagante de doscientos kilos, interpretaba papeles increíbles en películas extraordinarias. Una de éstas es “On the Waterfront” (“Nido de Ratas” 1954), oscuro drama que retrata la dura vida de los estibadores en el puerto de Hoboken, New Jersey, bajo el control de un sindicato mafioso que se enriquece con altísimas cuotas y dispone del derecho al trabajo de todos los hombres del muelle.
El líder y capo, Johny ‘Friendly’ (Lee J. Cobb) es un hombre rudo que se hace blindar además de un séquito de matones para disuadir a los soplones.
Brando da vida a Terry Malloy, fallida promesa del boxeo que terminó haciendo trabajos sucios para para esta mafia (personaje que incuestionablemente ayudaría años después a modelar a otro icono cinematográfico: Rocky Balboa).
De tal suerte que los cargadores están poco más que jodidos: Tienen un trabajo arduo, peligroso, escaso y malpagado; además su vida está empeñada con el tirano que los tiene sumidos en esa miserable circunstancia, bajo la política de la “doble D”, “deaf and dumb”, sordos y tontos: Si la policía pregunta, nadie vio nada, nadie escuchó nada, nadie sabe nada.
Por supuesto, no hay película si no se pone en marcha un cambio. Y aunque el protagonista es Terry “Brando” Malloy, el principal promotor y agente para la transformación es el padre Barry, el párroco local (Karl Malden, de “Las Calles de San Francisco”).
Tras atestiguar las atrocidades cometidas por el sindicato y luego de que alguien le reprochara su cómoda posición como simple observador desde la seguridad del templo, el sacerdote hace un serio compromiso con la comunidad: Los estibadores habrán de testificar y denunciar los crímenes del sindicato; y el sacerdote se manifestará públicamente de su lado para visibilizarlos, lo mismo que a sus demandas, amplificando su voz y lo hará no sólo desde el templo, sino también en las calles, dispuesto a correr el mismo riesgo de morir a manos de los sicarios.
En un momento, hay otro sacerdote que le reprocha al padre Barry su temeridad, pero éste ha experimentado ya un despertar, una toma de conciencia de la que no hay retorno.
Otro hombre es asesinado antes de poder declarar ante las autoridades y, desde el mismo lugar del homicidio, junto al cadáver, el padre Barry comienza a predicar sobre cómo, cada vez que somos cómplices de un acto de corrupción, cada vez que callamos ante la injusticia, cada vez que dejamos a los rufianes salirse con la suya, participamos en una Crucifixión.
“¡Regrésate a tu iglesia!”, le grita uno de los hampones mientras le arrojan inmundicias.
Señalando al cuerpo inerte a sus piés, el sacerdote responde con un grito: “¡Ésta es mi Iglesia!”.
Por supuesto, es mucho mejor y más emotivo verlo que leerlo, sin embargo, quería compartirle que me conmovió revivir esta escena en la que un “ministro de Dios” decide tomar parte activa en los asuntos del hombre y ponerse del lado correcto señalando sin miedo a los que viven lujosamente a costa del sacrificio de las mayorías.
Y aunque durante los últimos años me he esmerado reiteradamente en dejar en claro a los lectores que no soy un hombre de fe, todavía me emociono cuando un líder espiritual tiene la mayor revelación de todas: la de que no hay nada más divino que aliviar el sufrimiento del prójimo.
Aquí hay una confusión porque muchos creen que los actos de caridad ya cubren nuestra cuota de humanismo y hasta la propia Iglesia considera a veces que haciendo labor piadosa ya cumplió con sus deberes comunitarios.
Pero eso y la limosna es nada. Uno no puede llamarse cristiano, persona de Dios, iluminado o llamado por ningun camino espiritual si no se opone franca y decididamente a la tiranía y a los regímenes corruptos.
El mínimo requisito para militar del lado de Cristo, de Buda o de quién usted adore, es pronunciarse abiertamente en contra del estado opresor y de los cacicazgos.
Y aunque procurar comida y ropa para los necesitados, o un techo para los migrantes está muy bien, es apenas una obligación cívica que no nos va a ganar el Cielo por sí sola. La caridad es necesaria, pero más importante y trascendental es la lucha social; sólo que ésta exige más que ceder unas monedas o unas horas de trabajo comunitario; significa ponerse del lado de los desamparados, romper con el poder y pronunciarse públicamente contra sus abusos.
De lo contrario, ostentar un liderazgo como el que ejerce la Iglesia en México y no emplearlo para romper con las cadenas de injusticia termina por ser inmoral.
Cada vez que veo a los líderes religiosos, pastores y obispos de Saltillo, conviviendo o tomándose la foto con nuestros gobernantes se me revuelve el estómago. De la cercanía entre dos instituciones de poder, sólo puede resultar complicidad y encubrimiento mutuo.
Por eso echamos tanto en falta, ahora que está delicado de salud, a mi amado amigo y hermano, Adolfo Huerta Alemán, el Padre Gofo, pues él como pocos ha utilizado su investidura sacerdotal y el poder de convocatoria de su ministerio para emancipar a la gente; para liberarla en lo social, en lo intelectual, en lo político y hasta en lo sexual.
El Padre Gofo ha salido a las calles a reclamarla como su iglesia. HA marchado y no pocas veces ha expuesto el físico, defendiendo alguna causa social, prefiriendo siempre compartir el pan y la sal con la gente de su parroquia, antes que con el gobernador o el alcalde en turno.
Las iglesias nos quiere domados, sometidos, dóciles, temerosos. Los hombres buenos -como mi hermano, Gofo-, aspiran a vernos libres, plenos, felices, dueños de un pensamiento crítico y de nuestro destino.
‘Brother’, sé que no la estás pasando nada fácil, pero sólo quería recordarte que te amamos por tu ejemplo inspirador y que ya se nos cuecen las habas por seguir compartiendo contigo la música, las risas, las lecturas, las ideas y quizás una cerveza. ¡Fuerza, hermano! ¡Te esperamos!
Descubre más desde Más Información
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.