Buenos Aires – Moscú 02/07/2025 (Más)— El 1 de agosto de 2024, un avión aterrizó en el aeropuerto de Moscú con cuatro pasajeros que llevaban años viviendo bajo una identidad falsa. Para dos de ellos —Sofía y Daniel, adolescentes nacidos en Buenos Aires—, ese vuelo no solo los llevó a otro país: en pleno trayecto, descubrieron que toda su vida había sido una mentira. Sus padres no eran quienes decían ser. Eran espías rusos.
Al bajar del avión, un hombre los recibió con flores, abrazó a sus padres y les dio la bienvenida en español. Era Vladimir Putin.
El mundo supo antes que ellos que sus padres, Ludwig Gisch y María Mayer, eran en realidad Artem Viktorovich Dultsev y Anna Valerevna Dultseva, agentes del servicio de inteligencia ruso. La revelación estalló en enero de 2023, cuando fueron arrestados en Eslovenia, donde vivían tras dejar Argentina. Desde entonces, enfrentaron un proceso judicial que terminó con su intercambio en uno de los mayores canjes de prisioneros entre Rusia y Occidente desde la Guerra Fría.
Espías «ilegales» y leyendas construidas en Argentina

Según la investigación del periodista argentino Hugo Alconada Mon —autor del libro Topos. La historia real de los espías rusos que tomaron Buenos Aires como su base de operaciones—, los Dultsev no eran diplomáticos ni tenían cobertura oficial. Eran agentes «ilegales»: espías encubiertos que crean identidades completamente falsas para infiltrarse en otros países.
Entre 2009 y 2012, Artem y Anna viajaron varias veces a Argentina y, en ese último año, se asentaron definitivamente. Utilizaron documentos reales de personas fallecidas para obtener ciudadanía y construir su fachada. Se casaron dos veces: una vez en Rusia, otra en Buenos Aires, para obtener la nacionalidad. Tuvieron dos hijos, argentinos de nacimiento, y vivieron en el barrio porteño de Belgrano.
Durante años, llevaron una vida normal. Él trabajaba como diseñador gráfico, ella como fotógrafa. Sus hijos iban a una escuela cuidadosamente elegida. Pero tras el arresto en Eslovenia, Sofía y Daniel pasaron más de un año bajo tutela estatal, ajenos al pasado de sus padres. Fue durante el vuelo a Moscú cuando se les reveló la verdad: su familia había sido parte de una operación encubierta de inteligencia.

La red y las preguntas abiertas
Las autoridades eslovenas señalaron que se trataba de agentes de alto nivel. En Moscú, Putin los condecoró y agradeció su «lealtad a la patria». El vocero del Kremlin, Dmitry Peskov, subrayó el sacrificio que implicaba ocultar su identidad incluso a sus propios hijos.
En Argentina, la historia todavía deja interrogantes. ¿Quién eligió la identidad falsa de Ludwig en una lápida del cementerio alemán de la Chacarita? ¿Quién solicitó la partida de nacimiento de una niña fallecida en una oficina sin cámaras? ¿Quiénes fueron los testigos de su casamiento en Buenos Aires?
Según Alconada Mon, América Latina ha sido un terreno fértil para crear estas leyendas. La región ofrece facilidades para obtener documentación y una relativa baja vigilancia en comparación con países como Canadá, que endureció sus controles tras detectar casos similares.
Entre la ficción y la realidad

El caso ha sido comparado con la serie de televisión The Americans, basada en agentes rusos encubiertos en EE. UU. En Eslovenia, incluso un alto funcionario lo describió como «The Americans en Liubliana».
La historia de los Dultsev revela cómo se construyen las fachadas del espionaje moderno, cómo se infiltran en sociedades lejanas, y cómo a veces los hijos de los espías —sin saberlo— se convierten en víctimas de una vida diseñada para servir a otra patria.
“Si pudiera hablar con ellos, solo les diría: ‘Te escucho’”, dice Alconada Mon. “Después trataré de saber qué es verdad y qué es mentira, pero primero quiero escuchar”.
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