Por Horacio Cárdenas Zardoni
Hay cosas que no tendrían por qué existir en el espacio urbano, concretamente en las calles, avenidas y vías rápidas, mucho menos en las carreteras, cuando por esos avatares de la ineficiente planeación, quedan adentro de la mancha urbana, y ya no fuera de esta.
Entre esas cosas que no deberían existir, están los que durante décadas fueron conocidos simplemente como topes, o en algunos contextos locales, como bordos, esos mismos que en la jerga pseudo académica, pero eso sí muy burocrática, comenzaron a llamar hace algunos trienios como reductores de velocidad. No vamos a decir que está bien, pero así ocurre, se sustituye la descripción por el efecto, y ya eso le llaman evolución de la Administración pública.
Hablando de los hubieras, eso sobre los que existe la coincidencia de que no existen, si los conductores tuvieran la conciencia, la capacitación, la empatía y a la hora que se ponen frente a un volante, cambiaran a modo respetar los reglamentos de tránsito, ninguna necesidad habría, ya no digamos de los topes, sino de casi cualquier señal, esto por el hecho simple de que, cada uno de nosotros sabría comportarse como un elemento más del flujo vehicular, y no cómo nos sentimos ahora, los dueños del camino, los reyes del asfalto, o la mamá de los pollitos, para que no nos acusen, al menos en esta ocasión, de discriminación de género.
No, los reductores de velocidad se pusieron para que los conductores le bajen, o en su defecto, para que sufran las consecuencias, en la forma de costosas reparaciones de la suspensión, y otras partes de sus vehículos.
Si realmente existiera una adecuada planeación urbana, en el momento en que se aprueba y construye una nueva vialidad, en ese mismo instante deberían quedar dispuestos los sitios en donde se colocarán los bordos, respondiendo a lo que los ingenieros denominan ‘ velocidad de proyecto’, que es la velocidad conveniente, ni alta ni baja, para que no se ponga en riesgo la seguridad de los usuarios. Pero no es el caso, primero se construye, luego se inaugura, y luego de los dos o tres primeros accidentes, alguien de autoridad dice ‘ este… Como que aquí faltan unos topes ¿ no?, y a poner topes se ha dicho, destruyendo a punta de martillazos y zapapicazos, la integridad de una obra nuevecita.
Ni que decir que en Saltillo no sabemos hacer topes, o no perdón, hay gente que sabe hacer topes, pero no trabaja para el ayuntamiento, y allí sí, la gente no sabe hacer topes.
A lo largo de los trienios, nos ha tocado ver cada barrabasada en eso de los topes, que lo que quisiéramos es olvidarlo, en vez de estar haciendo recuento de lo visto, de lo sufrido, y por supuesto de lo que hemos tenido que pagar los ciudadanos.
En algunas otras ciudades del país nos tocó ver, por pura casualidad, cómo hacían los topes, prácticamente les daban el tratamiento de bardas, entendiendo por esto qué, cortaban el concreto de la calle, retiraban el material, apisonaban, hacían una especie de cimiento, y sobre el desplantaban un bordo que podía tener distintos diseños, pero que tenía la particularidad de ser suficientemente resistente, al tiempo que cumplía su función de obligar a los conductores a detenerse para pasarlos con cuidado, y con eso garantizar la seguridad de todos los involucrados.
Repito que en la capital de Coahuila lo hemos visto todo, desde plastas de cemento puestos ahí encima, a las que me dio un albañil les dio forma, hasta unos que parecían plataformas de despegue de aviones de combate, tan mal hecho todo, que los hemos visto desmoronarse al poco tiempo de haber sido colocados.
Última Innovación, que nos da la impresión de que es bastante costosa, y que dejó dos que tres aprovechados bastante plateados, es la colocación de unos topes de neopreno, que han ido apareciendo en distintas vialidades, y hasta en algunas calles había habido ningún tipo de reductor, quizá por no haberlo considerado necesario, pero ahí están ya, o valdría mejor decir, allí han estado.
Por qué una de las características que pide quién paga esta clase de cosas, es que sean duraderos, y dentro de la infraestructura de la que ha durado menos en Saltillo, junto a aquellos tubos con los que el ingeniero Verduzco quiso entubar un Arroyo que corre Por J. Mery, y revestir el talud de algunos arroyos.
No le miento, a la pasada nos tocó ver cuando ponían los topes, y en otra vuelta un par de días después, ya estaba chimuelo, es decir, ya le faltaban tramos enteros que estaban por allá aventados, o se habían levantado de las orillas, o estaban aplastados, como si les hubiera pasado encima una aplanadora…
¿ quién autoriza esas compras y esas obras con tan pésimo material, que apenas sirve y dura para tomarse la foto que se incluye en el boletín de prensa, y al día siguiente ya comienza a presentar fallas? Porque habrá quien diga que por qué nos ocupamos de simplezas como esta, a lo que hay que responder que lo hacemos por la razón obvia de que es dinero del pueblo mal aplicado por sus autoridades, y que aunque en el remoto caso se pidiera al proveedor que lo repusiera, cuando mucho pondrán otros que correrán la misma suerte, y más pronto porque los ponen sin ganas. Hola Liz
Si hasta parece que los choferes de los camiones de limpia, de las revolvedoras de concreto, y otros vehículos sumamente pesados, disfrutan en ‘untar’ los topes en el pavimento, pues así quedan después de que les pasan por encima 30 toneladas. Ni qué decir que los mentados reductores, inauguran una nueva diversión entre los conductores saltillenses, la de cambiar de carriles para esquivar los topes con las dos ruedas de sus vehículos, o ya de pérdida con una.
Hasta yo acepto que son siempre esas, pero a cómo nos perjudican, y mientras tanto, funcionarios del municipio separan el cuello de lo bien que trabajan, y lo mucho que se embolsan.
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