Entre los atracones y la culpa

Madrid, 24/02/25 (Más / IA).- La historia de María Simón comenzó con una lista imaginaria de alimentos prohibidos. A los 15 años dejó de comer pasta y aguacate al notar cambios en su cuerpo que no esperaba. Con esas restricciones llegaron los atracones: bollería, donuts de chocolate y paquetes enteros de galletas consumidos en la soledad de su habitación. “Me encontraba en un mal momento familiar, una tía se estaba muriendo de cáncer”, recuerda la actriz. A los 20 años, habló por primera vez sobre su problema con la comida, que marcó su vida cotidiana, desde cómo se vestía hasta la simple acción de tomar un café.

El trastorno por atracón (TPA), también conocido como ‘binge eating disorder’, es un tipo de trastorno de la conducta alimentaria (TCA) reconocido desde 2013 en el manual de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría. Aunque en España no hay cifras exactas, se estima que podría afectar entre un 2% y 3% de la población. A nivel mundial, la prevalencia alcanza aproximadamente al 1.5% de las mujeres y al 0.3% de los hombres, aunque varía según cada país. Simón, quien ha lidiado con esta enfermedad por años, confiesa: “Sigo teniendo una lucha desde diferentes niveles, pero voy por temporadas. En algunas me tengo más cariño que en otras. Ya no me maltrato como antes”.

Patricia Ruiz, directora asistencial del Centro de Trastornos Alimentarios y de Salud Mental (CITEMA), explica que los pacientes con TPA suelen identificar el problema en la etapa adulta, entre los 20 y 30 años. “Se aborda de manera multidisciplinar. Hay que trabajarlo con un nutricionista y en psicoterapia. También con un psiquiatra para un posible tratamiento farmacológico e incluso con un médico endocrino”, señala. Según sus datos, el 40% de los casos de obesidad están relacionados con trastornos por atracón.

La alimentación restrictiva es un factor de riesgo clave para el desarrollo del trastorno. Olga Alejandre, de 29 años, recuerda que en su hogar las dietas y el peso eran un tema recurrente. Durante la adolescencia, se sintió influenciada por los desfiles de Victoria’s Secret y la creencia de que se podía conseguir ese físico con entrenamiento. A los 17 años, una crisis familiar desencadenó su descontrol alimentario. “Me tocó testificar contra mi padre en un juicio porque estaban divorciados. Era una situación terrible. Mi madre cayó en depresión y yo estaba sola en casa porque mi hermana se había ido a estudiar a Madrid”, relata. Durante cuatro años, las tardes y noches se convirtieron en un espacio de atracones de hamburguesas, pizzas y dulces, alimentos que evitaba durante el día.

A diferencia de la bulimia nerviosa, el TPA no incluye conductas compensatorias como el vómito o el ejercicio excesivo. Belén Silveira, endocrinóloga especializada en problemas de conducta alimentaria y obesidad, explica que quienes padecen este trastorno suelen experimentar una intensa culpabilidad, malestar y miedo a engordar. Además, Ruiz y Silveira coinciden en que muchas de estas personas regulan sus emociones a través de la comida, respondiendo a la ansiedad con episodios de ingesta descontrolada.

Un estudio publicado en Journal of Psychiatry & Neuroscience en 2004 señala que quienes comen en exceso o padecen bulimia presentan niveles bajos de serotonina, lo que influye en la regulación del estado de ánimo y el comportamiento alimentario. La Sociedad Española de Patología Dual advierte que los TCA son las enfermedades mentales con mayor tasa de mortalidad.

La restricción alimentaria, un hábito arraigado en la sociedad

Las conductas restrictivas forman parte de la cultura alimentaria actual. Hacer dieta solo los fines de semana o evitar ciertos alimentos de lunes a viernes son formas de restricción normalizadas. “Muchas personas pueden tener este problema y no identificarlo en absoluto”, advierte la endocrinóloga Silveira. En ocasiones, la presión por la imagen corporal proviene de la industria del entretenimiento y el deporte.

María Simón recuerda cómo esta presión influyó en su carrera como actriz. “No eres fea ni guapa y bueno, ¡eso en qué mierda me ayuda a mí!”, expresa. En 2006, dejó sus estudios en la Escuela Superior de Arte Dramático y regresó a casa de sus padres para recibir tratamiento en la Unidad de Trastornos de la Conducta Alimentaria del Hospital General de Alicante.

En el ámbito deportivo, la obsesión con el peso también puede detonar trastornos alimentarios. Constanza Rodríguez, periodista chilena y excompetidora de karate, enfrentó su primer régimen a los 17 años. “Me empezaron a crecer mis pechos y tenía que cumplir con cierto número en la balanza. Eso era lo que importaba”, recuerda. En una ocasión, le exigieron bajar ocho kilos en tres semanas para una competencia. “No comí, salí a correr e iba a saunas para deshidratarme”, asegura. Tras perder la competición, la culpa la consumió. Comenzaron entonces los episodios de atracones en secreto.

Según la profesora Viviana Loria Kohen, de la Universidad Complutense de Madrid, la figura del nutricionista es clave en el tratamiento del TPA, ya que ayuda a reorganizar la alimentación desde una perspectiva externa. Por otro lado, fármacos como Ozempic, inicialmente recetado para la diabetes, se han popularizado para tratar la obesidad. Sin embargo, Patricia Ruiz advierte sobre los riesgos de estos tratamientos en pacientes con trastornos alimentarios. “Cuando se suspenden los tratamientos o se acaba el programa, el cerebro responde a esa privación. Puede haber consecuencias graves”.

El TPA también puede aumentar la resistencia a la insulina y el riesgo cardiovascular. Por ello, los especialistas recomiendan descartar afecciones subyacentes, como el hipotiroidismo o la apnea del sueño.

Un camino de recuperación abierto

María Simón enfrentó su proceso de recuperación con resistencia. “Me preguntaron si quería ser externa o interna. Yo les dije que si me internan, me matan”, reconoce. Nunca recibió el alta médica del Hospital de Alicante porque decidió salir cuando sintió que estaba mejor. “Tengo que apostar por mí y trabajar la comida desde otro lado”, se decía a sí misma en aquel entonces.

Desde entonces, han pasado 14 años en los que retomó sus estudios, encontró pareja y escribió la obra Putos 30, donde aborda su experiencia con el trastorno alimentario. “Nació porque no me cogía ningún representante. Me decían que era demasiado graciosa para ser mujer”, cuenta.

Por su parte, Olga Alejandre estudió dietética y hoy ayuda a otros pacientes con TCA, mientras que Constanza Rodríguez logró reconciliarse con el deporte. A pesar de los avances, Simón admite que aún enfrenta recaídas. “La última fue en 2023, tras una hernia discal. Ahora son mucho más pequeños [los atracones], hay días que me apetece pegarme una merienda y puedo conseguir disfrutarla”, dice.

Se despide de la cafetería dejando su capuchino a la mitad. Su historia, como la de muchas personas con TPA, es un recordatorio de que la recuperación no es un camino lineal, sino un proceso constante de aprendizaje y autocompasión.


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