Horacio Cárdenas Zardoni
Hubo una época dorada del sistema político a la mexicana, en que por procedimiento legislativo, las elecciones se resolvían en el colegio electoral.
Ya no existe en nuestro país, la figura del colegio electoral, pero era una auténtica delicia. La política por aquel tiempo era lo que más tarde se calificó como un cochinero, Pero bueno por serlo, había que dar la mínima impresión de que obedecía a la más estricta legalidad, en pocas palabras, tenía la obligación de parecer lo que no era. Y sí de aquella época datan el ratón loco, las urnas embarazadas, el acarreo y tantos otros chanchullos de los que hicieron uso y abuso los políticos, principalmente los del PRI, porque vale decir, era el único partido con posibilidades de ganar una elección, por la mala o por la buena.
Pero aún así, haiga sido como haiga sido, que decía Felipe Calderón citando a un hipotético ranchero, los casos más sucios que se daban en las elecciones llegaban precisamente al colegio electoral. O bueno, no solamente los más sucios, porque el tal colegio, calificaba las elecciones de todos y cada uno de los distritos, de a uno por uno, obvio unos más limpios que otros. Las sesiones del colegio electoral era una auténtica cena de negros, y es que, era el pleno de la cámara de diputados, que elegante y democráticamente se erigía en colegio electoral, lo que quiere decir es que eran los diputados anteriores los que les daban el visto bueno, a los diputados que lo sustituían, creando un vínculo político, una relación de amor odio inquebrantable en el sistema.
Viéndolo bien, el colegio electoral era último recurso del sistema político, para decir este no va, a este político no lo quiero en la cámara, y entre todos los diputados pamba China, denle para atrás. Qué ocurría poco, desde luego, pero sí llegaba a suceder. Y es que más valía exhibir al político en cuestión delante de toda la clase política, que cargar con él como diputado, y darle todavía más alas a los alacranes.
Pero con la llegada del IFE el colegio electoral pasó a mejor vida, el sistema electoral mexicano se complicó todavía más con la creación de los tribunales electorales, llegando hace un par de sexenios a lo que podría calificarse de otro momento dorado, en el que las elecciones, los perdedores y el triunfador, no se decidían en las casillas electorales contando los votos de los ciudadanos, sino en los tribunales electorales, en los que la contabilidad de sufragios era solo uno más de los elementos decisorios para saber quién se quedaba finalmente con el hueso. De triste memoria aquella elección en la que hasta el cuarto para las 12 se dictaminó como ganador a Miguel Ángel Riquelme Solís como gobernador de Coahuila, luego de un larguísimo proceso judicial que a nadie dejó contento, salvo a él, claro.
Pero estos han sido momentos, y los partidos políticos se quedaron con la peregrina idea de que lo que no ganaban en las urnas podían ganarlo, retrasarlo o echarlo a perder a punta de impugnaciones. Sí, ahí están las instancias para oír y recibir quejas, Allí está una nueva rama del derecho armarlas y estructurarlas de manera de que parezcan mejores de lo que realmente son, pero para eso se necesitan abogados que conozcan las leyes al derecho y al revés, pero los partidos políticos de la onda cuarta transformación, no contratan a estos profesionales, mandan a los suyos propios, que si fueran realmente doctos en la cosa legal, no andarían en la grilla sino mangoneando en los juzgados.
El caso es que luego de la elección intermedia de Coahuila, MORENA y el partido del trabajo, este último que ni es partido y allí nadie ha trabajado nunca, se han vuelto a poner en ridículo con impugnaciones de machote, mal integradas, mal redactadas, que no logran pasar siquiera el primer filtro en el tribunal electoral.
Oiga, quieren ser Diputados y ni las leyes electorales conocen, y ponga que no preparen ellos las impugnaciones, pero que se encuentren abogados con promedio mínimo de 8 para hacerlas, y que no sean egresados de las universidades del bienestar… Es un consejito, no más para que dejen de ponerse en evidencia.
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