Por Horacio Cárdenas Zardoni
Dice una frase célebre que aquellas personas que no conocen la historia están condenadas a repetirla, esto en relación a un refrán mucho más popular que nos dice que nadie aprende en cabeza ajena: estamos viendo que a alguien le está yendo mal con algo que está haciendo, y en vez de no meternos, allí vamos, pensando primero que a mi no me va a pasar lo que a ese menso, y que el método que yo traigo es infalible, que es lo que seguramente también pensó el cuate al que estamos criticando. Pero para que vea que el pesimismo es algo inagotable en nuestra sociedad, no faltó el que completara la frase primera, diciendo que aquellos que sí conocen la historia no les queda de otra que ver cómo los que no la leen, la repiten. Algo así es lo que nos toca presenciar en estos momentos en relación al transporte público concesionado en la ciudad de Saltillo.
No nos vamos a adentrar en una historia que desconocemos, pero que no nos es muy difícil de reconstruir en sus puntos esenciales. En algún momento de la historia relativamente reciente, cuando la ciudad ya había crecido hasta cierta proporción, se hicieron necesarios los servicios de transporte para llevar a las personas y las mercancías de un punto a otro. Lo más probable es que quien tenía algunos animales de tiro y una carreta, comenzara a ofrecer el servicio, y a cobrar por él, después de todo, por andar transportando gente y cosas, no podía dedicarse a otra actividad productiva, además de que los animales de tiro necesitan alimento y atención, se requieren reparaciones a la carreta, y también el dueño de toda la aventura también tiene que vivir de algo, y de preferencia bien.
En algún momento, esto es pura especulación, pero como si lo estuviéramos viendo, el antediluviano transportista comenzó a querer cobrar más dinero por el servicio del que los usuarios estaban dispuestos a pagar. A lo mejor ya había bandoleros, salteadores de caminos, gente que cobrara por el derecho de paso, algo así como el derecho de piso que se exige ahora, y pues para justificar los riesgos y el uso de su tiempo, comenzó a pedir más dinero. Obvio la gente, a la que entonces como ahora, jamás le ha sobrado el dinero, se habrá quejado ante la autoridad, el equivalente al municipio de ahora… es más, el mismo municipio de ahora, alegando que lo que don fulano quería, era un abuso por transportarlos, además de forma incómoda, insegura, mojándose si llovía y asoleándose si hacía sol.
La autoridad, que para eso nunca ha sido tardada, ha de haber decidido tomar cartas en el asunto ¿qué?, pues para pronto erigir el transporte como un servicio público, y en segundo lugar, arrogárselo como función exclusiva del gobierno, que desde siempre ha tenido un excelente concepto de sí mismo, para hacer bien, las cosas que todos los demás hacen mal, ¿qué importa que jamás lo haya hecho antes?, para eso está la capacidad ilimitada del gobierno para contratar gente capaz… bueno, para contratar gente afín al movimiento, al compadre, amigo, pariente que anda desempleado, y que la gente capaz se busque otra cosa que hacer.
El transporte como un servicio público, es una labor que requiere buenos administradores, gente eficiente, honestidad y probidad. Pues sí, pero como la gente del gobierno vive dedicada a la política, las tareas, entre ellas el transporte, se lo dejan a subordinados que nomás no dan pie con bola, y menos si como pasa seguido, demasiado seguido, no les conceden el presupuesto necesario para realizar la tarea asignada como se debe. El resultado es obvio, un servicio público deficiente, que para colmo marca la opinión que pueda tener la gente del funcionamiento del gobierno, ¿cómo votar o volver a votar por un gobierno que ofrece un servicio de transporte tan, pero tan malo, que mejor irse caminando?
Bueno, pues la siguiente fase es concesionar el transporte, que es más o menos regresar a cuando la necesidad la satisfacía un particular que se arreglaba con sus clientes para el precio. Se ofrecen concesiones, licencias o permisos para que la gente que se interese, preste el servicio, está bien: ellos invierten, ellos se encargan del personal, del mantenimiento, y el gobierno se contenta con dizque supervisar que todo funcione como se debe. Ah, pero la ambición… los concesionarios nunca están contentos con el nivel de ganancias que tienen, entonces una de dos, o presionan al ayuntamiento para que les autorice una tarifa más alta, o comienzan a recortar la calidad en el servicio: no lavan los camiones, contratan a puro gañán como chofer, van a toda velocidad o a toda lentitud según su humor y conveniencia, atiborran los camiones de pasajeros con tal de ganar más dinero, dejan de cubrir las rutas cuando por la hora baja el número de usuarios, y así va decayendo y decayendo hasta que la gente se queja, o de plano se compra un carro.
Ni más ni menos que en esas estamos ahora en Saltillo. El alcalde Chema Fraustro acaba de anunciar la creación, no de una, sino de veinte empresas para gestionar las rutas de transporte público en Saltillo, lo que es no conocer la historia ¿pues no comenzamos así exactamente?, y otra pregunta que nos brinca ¿y qué han sido todo este tiempo los concesionarios si no empresarios?, ah, a lo mejor la diferencia ahora será que sean una persona moral en vez de persona física, como solía ser antes, pero de que es lo mismo, es lo mismo, desde hace mucho que existen las personas físicas con actividades empresariales, al menos para efecto de cobro de impuestos.
La cosa es que, para las empresas, de un solo hombre o una razón social, lo único que les ha importado siempre es la ganancia ¿hay ganancia?, le entro, ¿no la hay?, no le entro, o me salgo, o la tengo en nivel de supervivencia, que la ganancia es para mí, no para el camión. Esta es la gran solución que quieren darle al problemón del transporte público en Saltillo, al que ni con su instituto municipal le han podido hallar la cuadratura al círculo.
Ellos, que tan gustosos son de cruzar la frontera para ver cómo viven en el otro lado ¿Cómo viven?, para vivir ellos así también, ¿nunca habrán visto en los tráileres que se topa uno en cualquier carretera, en cualquier paradero el letrero de: se solicita chofer/propietario, driver/owner wanted?
Nadie cuida un camión, o un tráiler, o un Uber, o un Didi, mejor que su dueño, esa quizá fuera la alternativa a la que nadie quiere darle una pensada, porque… ¿y mi ganancia?, además de que ¿cuánta gente con un millón de pesos le gustaría andar de chofer de camión?, allá en Estados Unidos sí lo hacen, y si no se hacen millonarios, sí viven bastante bien, al rato compran otro camión y luego otro, y los siguen queriendo como cosa suya y trabajándolos porque de allí sale la papa… pero bueno, por algo allá les va bien y acá el transporte está del asco. Y con ideas de hace cien años que han puesto y quitado cien veces, ni para qué recordárselas.
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