Por Héctor A. Gil Müller
Las políticas públicas son el quehacer del gobierno, ellas expresan los mecanismos mediante un ente caracterizado por su generalidad y universalidad es capaz de atender una situación específica. Las razones de una política pública son diversas y responden a tres preguntas específicas, obviamente cuando la política es un ejercicio honesto y coherente con la situación. Las preguntas que el gobernante debe hacerse son: ¿debo hacer?, ¿puedo hacer? y ¿quiero hacer?, la primera muestra el potencial que dicta la política sobre las políticas, el segundo la legalidad de la misma y la tercera la voluntad política. Los problemas se elevan a un nivel mucho mayor que la sola gestión.
Conforme madura un sector social, en su propia pirámide de necesidades, las políticas públicas abarcan un mayor número de objetivos. Ya no solo se debe vencer el acceso al agua, sino también su libre consumo. Ya no solo se trata de proveer transporte sino que sea eficiente, etcétera. La acción de una política pública se expresa en el compromiso pero se nutre de la empatía. La empatía se ha malinterpretado en los terrenos de la política y se ha convertido en una experiencia turística. La empatía no se trata de vivir en las condiciones de quien sufre, porque eso sería temporal y sin ningún mérito o beneficio para quien sufre tratándose de una experiencia temporal y en muchas ocasiones inigualable. En campaña los candidatos disfrutan las viandas que preparan en pequeños anafres, se llora en las tragedias cercanas pero solo dentro de la ventana que permite el estar ahí, momentaneo.
La empatía en la política es compartir el sentido de urgencia, esa es la clave para construir un andamiaje de mecanismos para atender una necesidad. No es empático el que refleja mis propios sentimientos, sino el que comparte mi propia urgencia. Recuerdo el título de una composición poética de Stevie Smith; “No saludaba, se ahogaba”, que hace referencia a como confundimos esos movimientos de quien desde el mar agita sus brazos y los paseantes regresaban el saludo, una confusión de emociones sin compartir la urgencia de un llamado.
A nivel mundial comienza una exigencia para insertar en los derechos fundamentales el derecho al tiempo. ¿Cuánto tiempo se pierde por ajustarnos a un servicio público que debería ser más eficiente?, en el transporte, en los trámites, en la necesaria o innecesaria burocracia, etc.
Entregamos tiempo en un mundo que exige eficiencia. Ese tiempo no se recupera, y la suplencia del mismo conlleva al sacrificio de aquello que lo que a juicio de las propias necesidades lo es. Los tiempos de traslado siempre son del trabajador y no del patrón. Lo que reducimos por cumplir siempre es el descanso, el ocio, la familia, la salud incluso, elementos tan valiosos de la persona pero que se disminuyen ante un mundo agil, competitivo y muy volatil.
Desde el gobierno, compartir esa urgencia hará construir políticas públicas para atender la exigencia del tiempo y la necesidad al tiempo. Ser empático con quienes destinan horas al tráfico y días al trámite es compartir la urgencia, un sentido que parece callarse cuando lejos de evaluar solo describimos. Cuando los números describen algo tan común que confundimos con correcto.
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