Horacio Cárdenas Zardoni
Lo cierto es que la inmensa mayoría de los políticos que llegan como diputados al congreso de la Unión, y también a los congresos locales, tienen muy poca, si es que alguna, idea de qué es lo que les corresponde hacer en su calidad de legisladores.
La ignorancia es una constante en este país, y en la rex pública lo es todavía más. Prueba de esto que le decimos es aquella anécdota verdadera de que la recién nombrada senadora por MORENA, Ana Gabriela Guevara, llegó tarde a la inauguración del período ordinario de sesiones por el triste hecho de que ni siquiera sabía, ni se había tomado la molestia de averiguar, en dónde estaba ubicado el Senado de la República, y de allí para abajo y para atrás.
Es en parte por eso que durante las campañas políticas los aspirantes a diputados se la viven prometiendo cosas que no le corresponden a un integrante del poder legislativo: becas, pavimentación, mejores servicios públicos, a casi ninguno le pasa por la mente que lo suyo, si es que los favorece el voto popular, la negociación entre partidos o la sentencia en el tribunal, son las leyes, a lo que deberían dedicarse de cuerpo entero.
Aun los repetidores, los que han tenido la suerte de enquistarse en el poder legislativo durante dos, tres o más períodos, rara vez incluyen en eso que llaman su plataforma política, una serie, así sea sucinta, del trabajo legislativo que pretenden emprender, sea por algo que captó su atención durante la campaña, nos imaginamos que la experiencia les va desarrollando una habilidad especial para detectar lo que se requiere modificar en el basamento legal de la función pública, o tal vez algo que dejaron pendiente de su o sus gestiones anteriores, a las que seguramente les tuvieron apego, donde quieren repetir. Pero no, es más fácil prometer gestionar una guardería, alumbrado, atención médica, cualquier cosa que no implique más que un telefonazo, que además sirve para grillar y hacer sentir el peso del poder, que ponerse a redactar leyes ¡qué cosa más aburrida!
Pero luego los periodistas, que no dejan de ser unas ladillas, y quizá hasta los partidos políticos o los presidentes de las bancadas, pero no lo creemos tanto, se ponen a crear indicadores sobre productividad legislativa, y allí es donde algunos, no todos los diputados, sienten alguna vergüencilla, y es que a nadie le ha de gustar que lo balconeen de que durante el año anterior, o durante toda la legislatura, no se hayan subido a tribuna ni una sola ocasión, que no hayan presentado ni una sola iniciativa, o siquiera un miserable punto de acuerdo, que esos son fáciles, si bien cuentan poco. Sobre todo cuando la productividad legislativa se suma, se resta o se compara con el número de faltas a las sesiones del pleno o de comisiones, de perdida el que ha sido productivo puede justificarse diciendo que estaba elaborando un proyecto de ley…
Pero a veces los diputados quieren lucir que hacen algo, y es que luego las comparaciones son odiosas, sobre todo cuando el de enfrente hizo más, habló más, figuró más. Es entonces cuando a los legisladores les entra la prisa por la productividad, ¿de qué?, de lo que sea, no importa, pero algo, y que además sea rápido y de preferencia que luzca mucho. Es entonces cuando apelan al recurso más antiguo del librito legislativo de los estados: el plagio.
Antes ponga que tuvieran que ir, o mandar a alguien a hacer un recorrido por algunos estados para que se trajera algunas ideas, algunos documentos de iniciativas, exhortos, puntos de acuerdo, reformas, que poder presentar al congreso acá. Pero eso era antes, ahora con Internet… con ponerse o poner a alguien a revisar las actividades de algún congreso de un estado lejano, Oaxaca, Chiapas, Guerrero, bajan el documento, lo imprimen y ya estuvo.
Acá en Coahuila ha habido situaciones jocosas cuando alguna propuesta legislativa de un diputado carbonero traía todavía los membretes y las referencias al estado de Oaxaca… ni para transcribirlo son buenos, no digamos siquiera para leerlo, o poner a algún achichincle a que se los resuma en tres renglones. Y de estos hay muchos casos, que se repiten por todas las entidades federativas. De hecho hasta yo sugeriría que crearan una agencia de intercambio legislativo… yo te doy, tu me das, y todos quedamos bien.
Pero sobre todo en mi opinión, debería existir cierta elegancia y cortesía política, que puede rendir dividendos políticos importantes. Allí va el ejemplo ¿qué le costaba al diputado federal Antonio Castro invitar a unas gorditas a los integrantes de la asociación de asociaciones vecinales, y allí entre las de chicharrón y las de deshebrada, alabarles la propuesta que hicieron llegar al congreso del estado de Coahuila para la modificación de un par de ordenamientos y el reconocimiento al derecho a la ciudad?, aquellos se habrían sentido que los tomaban en cuenta, que había llamado la atención su propuesta, que alguien había decidido no solo apoyarla, sino llevarla al congreso de la Unión para que fuera todo el país y no solo nuestro estado el que se beneficiara de una iniciativa tan relevante como esta. Ah no, el plagio en directo y sin tocar baranda, se arrogó todos los derechos, como si fuera de su autoría.
Ah pero además presumió en su columna Tony su intención de convertirla en exhorto y cuanta cosa… obvio que alguien la iba a leer y poner sobre aviso tanto al congreso coahuilense como a los promotores de la ley, de lo que siguió la subsiguiente balconeada, no solo por el plagio sino por la descortesía de apropiarse de lo que le convenga. Así no son las cosas, pero en su caso, no es más que una mancha más al tigre.
Ojalá algún día Coahuila y México tengan diputados que de veras representen a la población, que sepan de qué lo están representando porque lo conocen y lo viven, lástima que Castro no sea de esos.
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