Por Horacio Cárdenas Zardoni
Se repite con cierta frecuencia, pero en tono no demasiado alto, que los narcotraficantes tienen la costumbre de ofrecer el oro o el plomo, a la hora de pedir la colaboración, protección, licencia, complicidad, de las autoridades, para el desarrollo de sus actividades.
Definitivamente que no son los únicos, ni siquiera los primeros, pero como con tantas otras cosas, se han apropiado de este principio de cómo funcionan las cosas en este país. Y es que, a diferencia de otras actividades criminales, los narcotraficantes buscan no solo la ganancia económica o el control geográfico o poblacional, les gusta, al más puro estilo caciquil, enseñorearse de los territorios, ser queridos por la gente, y en alguna medida, permanecer por generaciones, como si de dinastías se tratara. Así que sí, es más conveniente, tener a los gobernantes en el bolsillo, que tener a la fuerza policial o militar pisándoles los talones en un
desgaste que a nadie le resulta conveniente, y menos todavía productivo.
Por descontado que no todo el mundo acepta el oro, y todas las implicaciones que esta acción tiene. Si la fama de sanguinarios de los grupos criminales no es ni remotamente gratuita, han abonado con cadáveres el país, y regado con ríos de sangre ciudades, poblados y descampados. Si por algo la gente a la que le llega la oferta, medita muy cuidadosamente si acepta esto o aquello.
Sobra decir que a algunos la decisión es sencilla, prácticamente tenían toda la vida esperando que alguien llegara a hacerles la ‘oferta que no podrán rehusar’, como dice el personaje del Padrino don Corleone, en la famosa novela de Mario Puzo, mientras que para otros efectivamente les representa una lucha existencial, entre alejarse de los pocos o muchos, altos o bajos valores que tenían, y entregarse a las bandas dedicadas a cualquier actividad ilícita.
Es en ese marco en el que se da el atentado sufrido por dos altos funcionarios del gobierno de la Ciudad de México, ocurrido el día martes de la semana pasada, y que por muchos ha sido interpretado como un mensaje, uno dirigido tanto a la jefa de gobierno Clara Brugada, como al gobierno federal, encabezado por Claudia Sheinbaum, y de pasada, como un desacato a la figura de Omar García Harfuch, en su calidad de secretario de seguridad pública y protección ciudadana, y cabeza de la estrategia del sexenio contra la delincuencia, y hacia la pacificación del país.
Que pegaron muy alto, indudablemente, casi que atentaron contra la persona que ocupaba la oficina de junto de la jefa de gobierno y uno de sus más cercanos asesores. Pero de ninguna manera es algo que no se haya visto antes, por más que a algunos analistas se les fueron las referencias. Sin ir más lejos, después de que García Harfuch, víctima él mismo de un atentado por parte, supuestamente, del CJNG, del que salió vivo, pero no ileso, quien andaba en campaña por la nominación de MORENA a la jefatura de gobierno de la Ciudad de México, recibió un golpe similar. Uno de sus principales colaboradores durante el tiempo que fue secretario de seguridad de la capital, fue asesinado brutalmente, en día feriado me acuerdo, mientras comía en una fonda, sin guardaespaldas, sin escoltas, lo cazaron en un momento en el que Harfuch, digamos, estaba en veremos. Porque sí, había la promesa de Claudia Sheinbaum de elevarlo a la secretaría de seguridad federal, pero el triunfo no estaba en la bolsa. Le recetaron su calambre.
Si usted es afecto a esa clase de información, recordará, por lo menos tres casos, en los que a la hora en que se daba a conocer la designación de un nuevo director de un Centro de Readaptación social, federal o estatal, aparecían muertos al día siguiente dos, tres o más custodios del penal. Yo en lo personal recuerdo que ocurrió con el de Reynosa, con el de Almoloya que luego rebautizaron como Altiplano, y el de Puente Grande en Jalisco. Lo que le interesaba a las bandas criminales, que controlaban ‘la plaza’ afuera del penal, y este mismo desde dentro, era que el nuevo directivo estuviera enterado de quien mandaba, y a qué se podía atener… el oro o el plomo, lo primero si decidía aceptar las condiciones que se le ponían en bandeja, que superaban en muchos casos cualquier expectativa de retribución salarial, o lo otro.
Lo cruel de aquellos incidentes, como el de los dos funcionarios de la Ciudad de México en esta ocasión, es que literalmente ni la debían ni la temían, simplemente eran seleccionados como blanco y ejecutados sin el menor miramiento, eran y son el vehículo para la transmisión de un mensaje, que a lo mejor viene muy detallado, o probablemente quede abierto a interpretación, o sin fecha para cumplir.
¿Qué es descarnado?, desde luego que lo es. Si para el gobierno sus propios empleados son desechables, hablando de policías, custodios, soldados y marinos, solo a veces tocan los criminales fibras sensibles, como la de atacar a gente muy cercana de los funcionarios de los que quieren llamar la atención. El mensaje es sencillo de atender: el siguiente puedes ser tú… no importa qué medidas tomes, de cuántos escoltas te rodees, no te escapas, a menos que…
Esta es nuestra triste realidad, en el juego de ajedrez político, económico y de seguridad, somos meros peones y uno que otro caballo o alfil, pero la partida la arreglan los reyes, nunca más certero el uso de la palabra.
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