Enrique Abasolo
Daniel Ortega acaba de tener el piadoso gesto de dar el tiro de gracia a la moribunda democracia de su país, tras refrendarse para un nuevo periodo en la presidencia nicaragüense.
Y si usted piensa que la vida del dictador es fácil o está regalada, piénselo dos veces, porque exige un gran esfuerzo desmadrar por completo un sistema republicano parlamentario, por joven o incipiente que sea (por no hablar de que no creo que exista un tirano que tenga goce de una noche de sueño plácido en su vida, por eso no hay dictadores guapos).
Para lograr su cometido -el de eternizarse en el poder- Ortega ha perseguido, encarcelado y probablemente asesinado a muchos de sus principales detractores y opositores.
Ortega tenía siete contendientes opositores a la presidencia y en vez de avasallarlos en unas elecciones de estado, como era lo más lógico, decidió no correr ningún riesgo y mejor los encarceló bajo el cargo de traición a la patria.
Nada nuevo, ni siquiera para los tiempos que corren. Latinoamérica tiene una amplia tradición en este tipo de regímenes autocráticos (instaurados casi siempre después de una larga ocupación colonialista). De hecho, la novedad es que les haya dado cárcel en vez de ley fuga.
Un día después de los comicios que – ¡Oh, sorpresa! – refrendaron a Ortega como presidente de la hermana República de Nicaragua (¿porque será que México tiene puros hermanos pendejitos?), dijo en transmisión oficial, refiriéndose a sus opositores encarcelados, que “esos que están presos son los hijos de perra de los imperialistas yanquis”.
Y mire que los gringos en materia de política exterior me cagan como el reggaetón que escuchan mis vecinos, pero apelar al imperialismo yanqui como bandera política, significa remontarse cuatro o cinco décadas en el pasado, cuando en efecto EE. UU. tenía una puntual agenda para evitar el avance en América Latina de – ¡uy! – la amenaza roja, el régimen de Satanás, el comunismo.
Y en efecto, ‘América la beautiful’ (o sea, los Estados Unidos), concretamente la administración de Ronald Reagan, prácticamente destruyó a Nicaragua y de paso jodió a México dándole alas a los cárteles del narcotráfico para que llegasen a ser lo que hoy son.
Para mí esas afrentas están vivas y aún ameritan una indemnización con todas las formas de desagravio posibles de parte de los Estados Unidos (discúlpeme por soñar).
Pero lo cierto es que la agenda actual de los gringos es muy diferente a la de entonces, por lo que estar con la cantaleta de “el imperialismo yanqui” convierte a Daniel Ortega en una reliquia viva, que tendríamos en un museo, pero dada su naturaleza siniestra quizás sería mejor guardar en el sótano de los Warren, como parte de su colección de objetos demoniacos, junto a la muñeca Annabelle (Warning! Positively, do not open).
Repito: Los EE.UU. deberían responder por las atrocidades cometidas durante la Guerra Fría, pero al día de hoy su agenda es diferente y están cometiendo nuevas atrocidades, que no justifican el discurso de Ortega.
Hay otros dos presidentes que manejan todavía la monserga del imperialismo yanqui, curiosamente las dictaduras: Cuba y Venezuela. ¿Coincidencia? ¡Para nada! Pasa que sus caudillos son tan poco imaginativos que no pudieron crearse un mejor supervillano que “el imperialismo yanqui” para justificar sus barbaridades y excesos, como desmantelar sus sistemas democráticos y violentar todos los derechos humanos necesarios para aferrarse a su pedorreada silla dictatorial.
Dicen que la necesidad es la madre de la inventiva.
Nuestro presidente, Andrés Manuel López Obrador, desea, quisiera con toda su alma, pertenecer al club de los dictadorcillos modernos de América Latina y así vivir en su fantasía socialistoide setentera, misma que el mundo se encargó de excretar por inviable, pero que él tanto añora. No en balde, es el único que avala diplomáticamente a dichos gobiernos: Cuba, Venezuela, Nicaragua.
Para su mala suerte, le tocó gobernar un país que es mucho país, demasiado país, para reducirlo al imperio de un caudillo bananero. Así es, México es para fortuna de todos y gracias al esfuerzo de todos, vale decirlo, un país más grande, fuerte, plural, con instituciones mucho más sólidas y una democracia defectuosa, falible, joven, pero más difícil de aniquilar (espero).
La segunda mayor desgracia de AMLO o al menos, la que le impide ponerse en plan de dictador ‘sudaca’ y hablar de la amenaza del imperialismo yanqui, es nuestra vecindad inmediata y lo mucho que dependemos de la potencia del norte, tanto en lo comercial como en la buena relación diplomática, que permite una migración -no ajena de dramas- pero de la que dependen millones de mexicanos y constituye una parte vital de nuestra economía (misma que no se cansa de presumir el zoquete presidente como si fuese un logro de su gestión).
Así que, aunque se le calienta el parche por ponerse sabroso contra los EE.UU. y son sus ganas de erigir su estatua como caudillo contra el imperialismo, la verdad es que está impelido para usar este viejo epíteto para con el Tío Sam. Y es que esas palabras están tan fuertemente asociadas al discurso de los enemigos jurados de los EE.UU., que más se tardaría AMLO en pronunciarlas (una media hora, a su velocidad promedio), que Estados Unidos en darnos un trato hostil, con todas las implicaciones políticas, sociales y comerciales que ello implica.
Así que es por eso que el viejito alude tanto a esa figura imprecisa que abarca tanto y dice tan poco: El neoliberalismo, los neoliberales, la política neoliberal; en vez de ponerse francamente pendejo y -como sus homólogos y amigos de Cuba, Venezuela y Nicaragua- descoserse y hablar de una amenaza yanqui imperialista.
Viejo, pero no pendejo.
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