Por Horacio Cárdenas Zardoni
Un lugar común, bastante acendrado, es aquel que dice que toda crisis implica una oportunidad, una oportunidad que de ser aprovechada, nos pondría en una situación sustancialmente mejor que como estábamos originalmente, aunque también hay la posibilidad de que la crisis represente la cancelación de la forma de vida que se tenía hasta el instante, y que de allí se deriven dos posibilidades, la de que vayamos hacia abajo, o que permanezcamos igual. Ante una crisis cada quien elige la opción que guste, aunque para la primera que esbozamos, se requiere de mucho esfuerzo, y no solo del individuo, sino de todo aquel a quien se pueda acudir, incluyendo gobierno, organizaciones civiles, instituciones, bancos… todos.
De esas cosas de la vida, nos tocó conocer lo que era la ciudad de México antes del terremoto de 1985… y otros antes y otros después. Del de 1985 se dicen dos cosas muy importantes, la primera de ellas, que se adopta como dato bueno, aunque no ratificado por alguna autoridad, es que se cayeron más de un millón de metros cuadrados, entre casas y edificios, y de estos, habitacionales y dedicados a actividades económicas, siendo de entre estos los que más sufrieron, aquellos en los que operaban las maquiladoras de ropa en la zona centro. Lo otro que se dice, a raíz de lo anterior y con un dejo de humor negro, es que en aquel 19 de septiembre de 1985, se cayó todo lo que se tenía que caer, verdad de Perogrullo, que sin embargo luego se vio desmentida, porque en el de septiembre de 2017 se vinieron abajo otras edificaciones, no pocas de ellas, que ya estaban en 1985 y se habían salvado.
Pero luego del terremoto de 1985 vino una ola reconstructiva en la Ciudad de México, que de no ser por que se conserva el centro histórico como lo que es, hace lucir a la capital como algo totalmente distinto de lo que era hasta antes de la tragedia. Sobre todo se han construido rascacielos, no uno ni dos, muchos, que hace cuarenta años eran impensables, no porque se careciera de la tecnología para realizarlos, sino porque no había el ímpetu para emprenderlos.
A lo mejor es que los habitantes de la Ciudad de México están imbuidos de esa definición que no hace mucho escuchamos de lo que sería el espíritu japonés: si el japonés se cae siete veces, se levanta ocho. Hasta ahora los chilangos, y usamos este gentilicio forzado porque nos sabemos cómo se denominen ahora que es Ciudad de México, se han levantado y salido mucho más delante de como estaban antes de cada tragedia que los ha golpeado, a ver cómo le va a Acapulco…
Según algunas estimaciones, el 90% de las construcciones en el puerto de Acapulco quedaron dañadas, algunas más que otras, unas que requieren demolición por peligrosas, y otras que con una inversión no muy alta, podrían volver a ocuparse sin problemas. Nos llamó la atención un dato proporcionado por la Cámara Nacional de Comercio de Acapulco, que hablaba de que el 40% de la población había abandonado sus domicilios por haber quedado inhabitables, por una parte y a merced de saqueadores y delincuencia organizada, por el otro. Nadie ha confirmado el dato, pero si alguien está organizado en México son los comerciantes, y su censo salió un mes antes que el de los servidores de la Nación, que se espera para diciembre, algún día de diciembre.
Desplazar el 40% de los acapulqueños, que sería algo así como trescientos mil personas… no es poca cosa, y sí, sabemos, porque lo hemos escuchado en propia voz del presidente y sus funcionarios, que la emergencia ya se terminó. ¿Qué se puede esperar de gobernantes que ni siquiera se atreven a llamar a un huracán por su nombre, y se queda con describirlo como vientos y lluvias fuertes?, pero aunque no fueran los trescientos mil, sí sean quizá cincuenta mil o cien mil personas, sobre todo aquellos que vivían en asentamientos precarios, en los cerros, también sabemos que Acapulco está rodeado de estos, que se desgajan, que se reblandece el terreno, que los cimientos, cuando los hay, no soportan la presión del agua, que se vuelan los techos, que los muros de madera no resisten el embate del viento, y todo lo que nosotros hemos escuchado de los reporteros y corresponsales, y las autoridades no.
Acapulco está frente a la proverbial disyuntiva, o se crece al cruel castigo de la naturaleza, o se doblega ante la falta de iniciativa del gobierno, ante el crimen organizado, ante la indolencia de buena parte de la población.
A raíz de lo ocurrido, se han publicado algunos reportajes de sitios en Florida y en otros puntos, en los que sus gobiernos han impulsado la realización de obras públicas, quede bien claro eso, públicas, para hacer frente a los huracanes, cada vez más potentes, y que como pueden pegar este año, pueden hacerlo el entrante o el que le sigue. Hay esa tecnología, como nos sorprendió enterarnos que en Japón hay pueblos con paredes anti tsunamis, feas si usted quiere, ¡pero cómo resultan útiles a la hora de la marejada!, igual estos muros rompe huracanes, puede que funcionen, si no para eliminar todo riesgo, sí para reducir significativamente su impacto.
Queremos imaginarnos que así como se levantó el D. F. hasta convertirse en Ciudad de México, así se levante Acapulco. Que en vez de hoteles de veinte pisos, los haya de cincuenta, que en vez de recibir diez millones de turistas al año, reciba veinte; que en vez de ir los visitantes en busca de los peores vicios, vayan a buscar una diversión más sana y sobre todo legal.
Una nota aparecida hace pocos días hacía eco de las dudas de los empresarios hoteleros del puerto, que decían en pocas palabras que no han recibido ninguna notificación de parte del gobierno federal de cómo va a estar la reconstrucción, los apoyos que se les brindarán para ello. El presidente López Obrador habló de que cuando menos 35 hoteles estarían en pie, y listos para recibir turistas en diciembre, que está a un mes escaso de que comience lo que era la temporada alta de fin de año en el puerto. Nomás no ven claro, se requerirían líneas de crédito amplias y de preferencia con tasas preferenciales, tampoco es que esperen que les regalen un electrodoméstico o un bote de pintura para la reconstrucción. Estamos hablando de miles de millones de pesos, y eso para hoteles que se repararían, no para proyectos que impliquen levantarlos desde cero, después de la demolición de lo que quedó, que tampoco suele ser algo barato ni rápido de realizar.
A como pinta el liderazgo en la reconstrucción, con una promesa de 60 mil millones de pesos, cuando se estima que se requieren, para empezar, 270 mil millones, la expectativa es que no habrá, pronto, un Acapulco renovado, crecido, hermoso, sino uno muy por debajo de lo que era, que tampoco ya era la gran cosa. Claro, en cualquier momento puede despertar el ímpetu, pero sospechamos que no será en este sexenio, y mientras… qué lástima. Acabamos con una reflexión, imagínese que en Coahuila ocurriera una tragedia de la magnitud de la de Acapulco, ¿cuánto cree que se preocupara el gobierno por nosotros?
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