Contra el sentido común
Armando Luna Franco
Mientras el Mundial se disputaba en las canchas y las carteras de México, Estados Unidos y Canadá, había otra disputa en redes que se expresaba fuera de las canchas. Me refiero a la polémica sobre la afición argentina que asistió a los partidos, así como la proliferación de cuentas en redes que, so pretexto de apoyar a la albiceleste en el torneo, lo hacían con comentarios racistas, xenófobos y violentos. El problema es que encontró eco y recibió respuestas similares desde otros países.
Aunque concuerdo en lo general con la idea de que el fútbol es político, es necesario saber precisar dónde reside su politización. Por un lado, está la polémica sobre la participación de la selección argentina durante el torneo, las controversias sobre el arbitraje en sus partidos, y la presunta afinidad o preferencia por parte de la FIFA y Gianni Infantino por su triunfo. Por el otro lado, están las cuestiones sociales y políticas sobre el nacionalismo, los estereotipos y las expresiones tangibles de la afición argentina en los estadios.
Las cuestiones deportivas sobre la integridad de la competencia y la manipulación de las reglas para favorecer a la selección son cuestiones políticas que no me interesan ahora. Sólo basta comentar que están en el ámbito de la economía política: de las ganancias y pérdidas que significaba para la FIFA la continuidad o salida de Argentina y de Lionel Messi en el torneo. En cuestiones de política corporativa, se tratan más bien de cómo conciliar el interés económico con la integridad del deporte.
Las cuestiones sociales y políticas, en cambio, son centrales por sus implicaciones nacionales e internacionales. Aquí la precisión es una obligación, pues una cosa es la afición que asiste a los estadios, que se costea los viajes, los boletos y los viáticos que demandan para apoyar a la albiceleste, y otra es asimilar la parte por el todo. Esa afición está atravesada por cuestiones de clase que definen su forma de conducirse en el mundo. También es importante considerar la intersección con la cultura del fútbol.
Lamentablemente, es común encontrar videos de aficionadas o aficionados que insultan, agreden o dirigen palabras racistas a otras personas en los estadios o fuera de ella. En el caso de la selección, también les anteceden gestos y conductas similares que no ayudan a tener distinciones claras. En la cruza con la cultura del fútbol, es importante destacar cómo se usan estas agresiones para expresar una superioridad deportiva sobre otras aficiones nacionales.
Esto es absolutamente reprobable, y las denuncias nunca sobran. En un mundial donde las aficiones de distintas partes del mundo, más allá de diferencias o conflictos irreconciliables, destacaron por una convivencia relativamente pacífica, el caso argentino no debe omitirse. Más allá de pasiones, de anhelos o de representaciones, es importante impedir que la violencia regrese al fútbol en todos los niveles y espacios.
Ahora, aunque la afición no sea la totalidad de la población argentina o central en su identidad, también es importante tener esa discusión más allá del fútbol. Durante el mundial se convirtió en un lugar común la frase: América Latina menos Argentina. Esa frase abría la puerta para señalar agravios fuera de cuestiones futbolísticas, situaciones de racismo al interior de Argentina y fuera del país por su población migrante, sobre todo con personas afrodescendientes o indígenas.
Más allá de echarnos la bolita entre países latinoamericanos con el racismo (para efectos prácticos el racismo es estructural y propio de nuestras identidades nacionales), la cuestión es utilizar esta oportunidad para pensar qué significa la unidad latinoamericana. Claro, el fútbol es un espacio politizado donde parece que la unidad encuentra su límite, pero el problema es que ese límite se use por proyectos reaccionarios, nacionalistas y antidemocráticos. Debemos cuidarnos de no escalar fuera de la cancha lo que pasa en ella.
En tiempos donde nuestra región enfrenta un reordenamiento de proyectos neocoloniales y extractivistas, donde los gobiernos de derecha reaccionaria entregan sus países para mantener el apoyo de Estados Unidos y el capital extranjero, no hay que flaquear. La unidad latinoamericana debe servir como un recurso de apoyo mutuo, pero también de reflexión crítica. De otra manera, la solidaridad seguirá condicionada a lo que determine el balón en la cancha.
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