Por Enrique Abasolo
Octubre es mi mes favorito, no sólo porque se celebra el cumpleaños (¿natalicio?) de su guía espiritual y asesor político sentimental de confianza, yo mero. Es también que el clima está perfectamente templado, los colores y sabores de la temporada son inspiradores y celebramos la fiesta pagana por excelencia: el Halloween, la excusa perfecta para que los niños sean disfrazados como los referentes culturales de sus padres; los adultos se vistan como héroes infantiles y las mujeres se caractericen como la versión “nopor” (XXX) de cualquier personaje del cine, la tv o la literatura.
Si a mí me lo preguntan, es mucho más gratificante y mil veces menos estresante que la Navidad, por ejemplo: no hay que preparar una costosa y elaborada cena que no termina de convencer a nadie, ni hacer compras de pánico de regalos para la familia o participar en los enfadosos intercambios con los insoportables colegas de la oficina. Nada, sólo aventarle algunos dulces a los niños pedigüeños para ganarse el derecho de salir más tarde a embriagarse vestido como la copia turca barata de Robocop, del Capitán América o de la niña de El Exorcista.
Todos felices… Excepto, claro, los mochos, aguafiestas, persignados y santurrones del sector católico más conservador, que quieren hacer sentir mal a las criaturas por “celebrar el culto a la muerte, al ocultismo, a la brujería y al Señor de las Tinieblas” que no, no es Manuel Bartlett (por aquello de la opacidad administrativa que puso bajo reserva toda la información concerniente a sus bienes y propiedades).
Me informan mis informantes (que para eso son, ¿no?) que en San Patricio Plus hay una distinguida dama de la rancia sociedad sarapera que a los niños en el Día de Brujas en vez de dulces les regala ¡estampitas de santos! Que sepa doña Corcuera, como sea que se llame, que como resultado de esa transacción “truco o trueque”, una de las partes involucradas va a arder en el infierno y no serán los niños.
De vuelta con los puritanos religiosos, nuestro obispo local se ha manifestado abiertamente en años pasados en contra de esta celebración. Pero es sencillamente ridículo sugerir siquiera que a un niño, escuincla o chamaque le va a dar por militar en las huestes de Luzbel sólo porque una vez al año explora lúdicamente todo el imaginario fantástico, disfrazándose de Drácula, la momia o de visitador del SAT.
Deje pues que las criaturas se diviertan, que no por celebrar el “juagulín” se van a corromper ni a pasar al lado oscuro; tampoco van a extraviar su moral, al menos no más que sus papás quienes, como ya dijimos, esa misma noche, más tarde, se van a entregar con todo al desenfreno y a la calentura.
Me parece increíble que algunos encuentren objetable esta inocente diversión y la denuncien con mayor firmeza que todas las aberraciones que ocurren en su la Santa Madre Iglesia. ¿Le suena conocido?: abusos, casos de pederastia, trabajo esclavo, acumulación de riquezas, desfalcos, lavado de dinero, participación financiera en la fabricación de armas y en la industria pornográfica.
En todos esos pecadirijillos ha incurrido la Iglesia. ¡Ah, pero el problema es que un chamaco se disfrace de diablo para pedir dulces el 31 de octubre! ¡Claro!
Y así exactamente se las gasta nuestro gobierno, desde el sexenio pasado y ahora durante el Segundo Piso de la tan celebrada Transformación, a cargo de doña Claudia Sheinbaum.
Aunque tenga varias entidades literalmente en llamas a causa de la inseguridad (amén de incontables damnificados por las catástrofes y mil otros desmanes políticos, sociales y administrativos que atender), nuestra “flamanta” mandataria se dio el lujo de insistir con la cantaleta de las disculpas pendientes que la Corona Española tiene para con los pueblos indígenas mesoamericanos, porque claro, eso es lo que detiene nuestro progreso, obstruye nuestro desarrollo y merma nuestra calidad de vida: la conquista y la consecuente colonización.
No es el crimen organizado, desde luego, ni la manera en que éste ha diversificado su industria hacia la extorsión, el cobro de piso y de tránsito carretero, actividades que todo lo encarecen e inhiben la inversión local y extranjera. No, eso no es grave ni apremiante.
Como tampoco sería preocupante que, ante la política cuatrotera de no confrontar al narco para mejor en cambio “atender el problema desde las causas”, los cárteles se pasean y operan a sus anchas por todo el territorio nacional. Y cuando dichos cárteles deben disputar el territorio a una banda rival, cualquier municipio o entidad puede convertirse en una auténtica zona de guerra, ante la atónita indefensión de un Ejército que reconoce que la restauración de la paz no depende de las Fuerzas Armadas, sino de los señores narcotraficantes, ya nomás que dejen de estarse “peliando”.
–Pero claro, doña Clau! El problema más urgente que atender es aquella vieja rencilla diplomática (ya saldada, por cierto), rencilla que el mismo viejito que la sentó en la silla presidencial tuvo a bien revivir como fantasma del pasado, como petate del muerto, como esqueleto del armario, como cortina de humo para desviar el foco de atención hacia una discusión estéril, un tema agotado y de sobra dirimido.
Cabe recordarle a la primera Jefa del Ejecutivo de México (lo mismo que a los ministros religiosos) que los demonios no habitan el inframundo, ni están tampoco al otro lado del Atlántico.
Son de carne y hueso y están aquí, entre nosotros, haciendo de este mundo un verdadero infierno, operando con impunidad total ante su más completa indiferencia y quizás complacencia de ustedes, que no se toman la molestia de incomodar un sólo ápice de todo el enorme poder que se les confirió. Es decir, sin que hagan absolutamente nada.
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