Por Horacio Cárdenas
Gobernar es viajar, bueno, eso en países como México, porque hay otros en los que los mandatarios hacen cualquier cosa, básicamente gobernar, sin abandonar la capital sede de los poderes públicos, o yendo todavía más lejos, sin abandonar la casa presidencial, más que para muy contados eventos en el año. Quizá el caso más extremo de esto haya sido cómo se ejercía el poder en la era más álgida de la Unión Soviética, cuando gobernaron Kruschev, Brezhnev o Andropov, años, décadas, en las cuales los gobernantes de la segunda nación más poderosa del planeta, solo se dejaban ver para la conmemoración de la revolución de octubre, no siendo extraños los rumores que se corrían en occidente, y también en las repúblicas, de que el presidente del politburó estaba muy grave de salud o incluso que había fallecido, de lo cual no se enteraba nadie.
Así son los verdaderamente poderosos, quienes tienen el mundo en el puño ¿qué necesidad tienen de andar de aquí para allá mostrando su poder y apabullando con él?, mejor tranquilos haciendo lo que se espera de ellos, de la mejor manera posible. Incluso en el Vaticano, salvo Juan Pablo II, a quien se dio en llamar el papa peregrino, el resto de los obispos de Roma se han caracterizado por lo poco que salían de la ciudad santa, en parte quizá por lo avanzado de la edad de quienes han ocupado el llamado trono de San Pedro, y en parte porque realmente la labor evangelizadora le debe corresponder a gente más entusiasta, fuerte y joven.
Pero nada como los políticos mexicanos, tanto los que están en el poder como quienes lo buscan en un puesto de elección popular, sienten una necesidad que podríamos calificar de patológica, por recorrer cuanta ciudad, pueblo o ejido esté a su alcance, o hasta fuera de él, para llevar su mensaje, consistente esencialmente en que ellos deberían ser los siguientes gobernantes, y no los que están ni los que los que están quieren que se queden, y para quienes ocupan el poder, pues simple y llanamente para dejarse querer, para dejar claro que siguen teniendo los hilos del tinglado en el puño, que están enterados de todo lo que pasa, lo que no pasa y lo que no debería pasar, y claro, hacer proselitismo no hacia una persona, sino de su partido, después de todo, a nadie le gusta entregar el mando a alguien que no va a cuidarle las espaldas.
Nada más para darnos un ejemplo de hasta donde puede llegarse en esto de los viajes y los paseos de los políticos, el anterior gobernador de Sinaloa, Quirino Ordaz Coppel, hoy flamante embajador plenipotenciario de la cuarta transformación ante la corona española, se ganó a pulso el mote de “gobernador de los cielos”, habiendo realizado nada más y nada menos que mil cuatrocientos vuelos en el transcurso de tres años… más de un vuelo diario en promedio, y no todos ellos para cumplir compromisos gubernamentales, pues en las bitácoras se marcaba como agenda privada, entienda por eso cada quien lo que quiera, y sin satisfacer el requisito de listar cada uno de los acompañantes del gobernador en cada traslado. Sí, en su tiempo Quirino estuvo calificado como el mejor gobernador de México, pero ni su popularidad ni sus continuados viajes significaron que su partido, el PRI pudiera conservar la gubernatura, en fin…
Hay funcionarios públicos que tienen que viajar, indudablemente, mientras que hay otros que tienen que estar en su oficina, y sí, a algunos su jefe les dará a elegir qué prefieren, pero por lo general se dan cuenta de lo que les toca hasta que lo están desempeñando. En el caso de los titulares de las dependencias, a veces tienen que cumplir funciones de representación, pero lo que es la talacha de su área, esa le corresponde a sus subordinados, así le evitan complicaciones, pérdida de tiempo, peligros, a sus superiores, así siempre ha sido la burocracia, y aun en estos tiempos de pretendido rompimiento con el pasado, debería seguir siendo. Un caso particularmente llamativo lo tenemos en la persona de Ricardo Mejía Berdeja, quien tiene a su cargo la subsecretaría de seguridad y protección ciudadana, dependiente de la Secretaría del ramo, que detenta Rosa Icela Rodríguez Velázquez. No ponemos en duda que dada la importancia estratégica del cargo, Rosa Icela deba dejarse ver poco, su trabajo más que de gabinete puede llegar a ser considerado de bunker, saliendo solamente para los acuerdos con el presidente, y de regreso, esto para cuidarla, no exponerse, y sobre todo, para seguir dirigiendo la estrategia de seguridad pública de Andrés Manuel López Obrador, una que ha sido especialmente atacada por sus adversarios, enemigos, y en general por toda la población que no ve resultados concretos de la política de abrazos no balazos.
La lógica burocrática es que quien debería andar en la brega es su subordinado inmediato, Ricardo Mejía Berdeja, enterándose “hands on”, de primera mano, de los asuntos de su área, por demás, extremadamente delicados no solamente en lo tocante al tema de seguridad pública, sino de sus implicaciones en la recomposición de los carteles del crimen organizado, si hacemos caso a la hipótesis gubernamental de que por eso es tanta violencia, y sobre todo, sus derivaciones políticas inmediatas y en el corto plazo, además del impacto que tiene en la gobernabilidad de cada región, no olvidemos que pende sobre la cabeza del gobierno la acusación del Comando Norte de que más de una tercera parte del país está en manos del crimen, con escasa o nula presencia de las autoridades constituidas.
Pues bien, Ricardo Mejía Berdeja se las ha arreglado para convertirse en viajero frecuente al estado de Coahuila, se le ve con mucha frecuencia en los sitios donde tiene algo que ver su empleo como funcionario o como policía, pero mucho más en donde no tiene nada que ver. Sí, ha declarado que quiere ser candidato de MORENA a la gubernatura de Coahuila, y por eso no solamente acude cada fin de semana a algún municipio coahuilense donde sus pocos o muchos seguidores le organizan mítines de esos que llaman eufemísticamente asambleas informativas, no los vaya a acusar nadie de actos anticipados de campaña, sino también eventos, dentro o fuera de su competencia, y a los que acude solo con la intención de dejarse ver, de hacer presencia y menear las aguas a su favor.
¿Pero son esos los viajes que debería realizar Ricardo Mejía Berdeja?, en nuestra opinión no, ciertamente personal de alto nivel, o si quiere usted de medio pelo pero con suficiente capacidad de análisis, debería acudir a todos los sitios donde ocurren delitos importantes en la geografía nacional. Para ponernos como restricción, después de todo nadie puede estar en todos lados al mismo tiempo, sí debería acudir a los sitios donde ocurren masacres, nada más en esta semana pasada Mejía debió estar en El Salto, Jalisco, donde en un enfrentamiento hubo doce muertos, también debió estar en Urique, Chihuahua, donde mataron a los dos sacerdotes jesuitas, hablando de crímenes de altísimo impacto político y social; debió aparecerse en Cerritos, San Luis Potosí, donde hubo cuatro muertos en una masacre, en Celaya con diez muertos el mes pasado… en el país hay prácticamente una masacre al día, si no es que más, un incidente en el que hay más de tres muertos se considera masacre, y la pregunta ¿a cuantas acude el subsecretario del ramo?, a ninguna, por lo pronto anda viajando tras su soñada candidatura y triunfo electoral, de los que le podemos apostar, les dedicaría la misma atención e interés que a su puesto actual, ninguno, o sí, solo como escalón para ver qué otra cosa consigue.
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