El Estado contra las Fuerzas de la Naturaleza

Por Enrique Abasolo

El HAARP (Programa de Investigación de Auroras Activas de Alta Frecuencia) es un proyecto de investigación de la Armada y la Fuerza Aérea estadounidenses, que tiene como objetivo estudiar las propiedades de la ionósfera con el fin de mejorar las telecomunicaciones radiales y los sistemas de vigilancia aérea.

Sin embargo, desde mediados de los años 90, diferentes voces han acusado a este proyecto de encubrir sus verdaderas intenciones, las cuales serían la manipulación del clima y otras fuerzas de la naturaleza con fines bélicos.

No son pocos los que aseguran que el HAARP realmente investiga la manera de controlar fenómenos como los terremotos, las erupciones volcánicas, los tsunamis, los tornados y desde luego los huracanes (ciclones o tifones) para usarlos como armas de destrucción masiva.

Más aún, de acuerdo con algunos investigadores, el HAARP sería ya responsable de algunas de las recientes catástrofes atribuidas a las azarosas fuerzas naturales.

Las más terribles sequías, las más devastadoras inundaciones, los movimientos telúricos que han diezmado ciudades enteras; olas gigantescas capaces de arrasar la franja costera de todo un continente; tornados capaces de arrancar una casa (y hacer volar una vaca) donde jamás antes se registraron y desde luego, los mega huracanes; serían prueba irrefutable de que el hombre ha comenzado a jugar a ser Dios con las fuerzas más destructivas del planeta.

Y si bien, de momento se encuentra aún en una fase experimental y es un proyecto de carácter eminentemente gubernamental, habría que estimar los riesgos de que esta tecnología cayera en manos equivocadas.

Ahora, después de considerar por un momento todo lo anterior, respóndame (o respóndase): ¿Le parece que algo de esto tiene algún sentido?

Sinceramente, espero me diga que no, porque si su respuesta es afirmativa, estaría entonces abrazando a una de las teorías conspirativas más absurdas, estúpidas y ausentes de todo fundamento.

El hombre está más cerca de colonizar otro planeta que de controlar las fuerzas que gobiernan el clima y la geografía de éste que habitamos.

Y si por cualquier atisbo de duda considera usted que, aunque la conspiración HAARP es un embuste, es sólo cuestión de tiempo para que pudiera volverse una realidad, le informo que usted no tiene una dimensión realista de las energías que maneja la Tierra, frente a las que es capaz de generar y controlar el bicho que la habita llamado hombre.

La máquina más poderosa, la bomba más potente, el generador más eficiente que haya podido concebir el intelecto humano no sería capaz de sacudir un centímetro las placas tectónicas como para generar un movimiento sísmico. Y desde luego, cualquier ingenio o tecnología también resultaría diminuta para calentar el agua del océano y desplazar las masas de aire frío indispensables en la receta de un huracán. Es sencillamente imposible, aunque se le quiera imputar una malevolencia de esta envergadura al genio maligno de los Estados Unidos.

Una especulación como ésta ni siquiera podría tener cabida en el terreno de la ciencia ficción porque un requisito indispensable del género es que exista cierta factibilidad en lo que se plantea.

Y por último, si una empresa, un país, o un villano de James Bond tuviera la capacidad de generar la energía necesaria para originar un huracán, un terremoto o aunque sea una lluvia “mojapendejos”, lo más seguro es que podría generar riquezas infinitas de cualquier otra manera que no fuera desmadrando el planeta que necesariamente comparte y amenazando a sus habitantes de otras latitudes.

Es ridículo de tan absurdo pensar que el clima se controla o que estamos siquiera cerca de controlar un fenómeno como el que se dejó caer sobre la bahía de Acapulco y todo el Estado de Guerrero.

Lo menciono porque si no somos capaces de controlar las condiciones meteorológicas, quiere decir que estamos a merced de ellas. Sobre todo, tratándose un fenómeno que de tan anómalo e inusual tiene sorprendidos a varios investigadores serios en la materia.

En efecto, se supone que Otis pasó tan rápidamente de depresión a tormenta y de tormenta a huracán, y que una vez alcanzada dicha categoría escaló también muy velozmente su máximo grado destructivo (vientos de 252 kilómetros por hora o más) que es todo un caso de estudio al que vale prestarle toda la debida atención.

Otis sería un engendro meteorológico creado efectivamente por la interacción del hombre, pero no de manera voluntaria, sino como la indeseada consecuencia del calentamiento global derivado de nuestras emisiones de gases de efecto invernadero.

O sea, probablemente sí lo provocamos, indirectamente, pero de ninguna manera es resultado de un acto deliberado. Los estudiosos (serios) del tema, aseguran que esto podría volverse cada vez más frecuente. 

No hay que olvidar que tuvimos un verano especialmente caluroso, de tal suerte que esto era hasta cierto punto previsible. Hasta cierto punto, porque en realidad fueron las últimas horas en las que el fenómeno se desplegó con toda su terrible furia.

Considero como tantos que la actuación de la Presidencia fue insuficiente: Un tuitazo a las 8 de la noche advirtiéndole a la población guerrerense que metieran al gato porque se iba a poner feo. ¡Y a dormir!

A esas horas no había ya nada qué hacer y los pobladores estaban condenados a su suerte. El Presidente, sin embargo, se fue a descansar con su conciencia impoluta.

Se va a discutir durante años la actuación del Ejecutivo, así que es ocioso tratar de dar un dictamen en este espacio. Lo importante es evaluar las acciones posteriores al siniestro y por desgracia, la imagen del Jeep inmovilizado en el zoquetal, no es de lo más alentadora.

El expresidente Miguel de la Madrid Hurtado, cargó hasta el día de su muerte el estigma de haber rechazado la ayuda internacional luego de los terremotos de septiembre de 1985.

Una mezcla de orgullo nacionalista pendejo, de autosuficiencia y de no parecer un estado débil teniendo el Mundial de Futbol a la vuelta del año siguiente volvieron a De la Madrid en el verdadero villano detrás de una catástrofe natural que no debería tener culpables.

Y más que el desprestigio, arrastrará su nombre y su administración la culpa de muchas muertes innecesarias y mucho dolor y miseria que pudieron haberse evitado actuando con un poco de sentido común.

Nuestro gobierno cuatri-transformador se encamina en la misma dirección, desdeñando la capacidad organizativa de la población civil y desestimando los esfuerzos de los ciudadanos y el poder de la solidaridad y la compasión de los mexicanos.

En su afán de querer controlar toda la ayuda, toda forma de auxilio, asistencia y rescate a través de su brazo militar, el Presidente está cayendo en la misma trampa, por ese mismo afán absurdo de construir su imagen de mesías que le garantice posteridad y continuidad electoral.

Pero se condena a volverse el monstruo detrás de Otis, cosa que no nos quitaría el sueño, si no estuviera con ello condenando también a la población de Acapulco y de todo el Estado de Guerrero a su virtual extinción.


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