Por Enrique Abasolo
El Primer Reich Alemán o Sacro Imperio Romano Germánico fue instaurado en el año 962 de nuestra era y se prolongó por ocho siglos.
El Segundo Imperio Alemán o Segundo Reich fue considerablemente más breve, de menos de cinco décadas. Inició en 1871 y terminó en 1918 con el final de la Primera Guerra Mundial.
Y el Tercer Reich, es decir, el régimen nazi, pese a que el tío Adolph les prometió que se prolongaría al menos por mil años, duró nomás doce (nomás el PRI ha durado diez veces más).
Alguien hizo un cálculo para ilustrar que, a esta tasa de decrecimiento, un Cuarto Reich duraría algo así como dos semanas.
Los caudillos siempre parecen muy seguros de la trascendencia de su obra, legado y movimiento y al final la Historia les viene estrellando toda la realidad en la cara.
Ahora, si me dispensa este pequeño reductio ad Hitlerum, tenemos que hablar de ese Reich de Petate y Garnachas que resultó ser la Cuarta Transformación. Ya usted sabe, lo que el caudillo macuspano vendió al inicio de su gestión como un movimiento renovador y que derivó en cuatro desgracias que yo identifico como principales: Enquistamiento de la corrupción y la violencia; polarización de la sociedad; peligrosa intromisión del Ejército en la vida pública y desmantelamiento de las instituciones (especialmente del órgano electoral) para servir a un partido de Estado.
Por más que el Presidente López Obrador insista en su discurso e iconografía que su movimiento es el sucesor directo y natural de la Guerra de Independencia, la Reforma y la Revolución; y que no tenga empachos en presentarse él mismo como un estadista de la estatura moral de los próceres de cada episodio de la Historia (Hidalgo, Juárez, Madero y el Tata Cárdenas de pilón), nada de esto podría estar más lejos de la realidad. Es más, ya constituye una broma que se torna macabra cuando nos topamos a alguien que se lo toma en serio, como una verdad axiomática.
El fin último y razón de ser del Gobierno de AMLO y de todas sus acciones es precisamente colocarse en un pedestal junto a nuestros hombres insignes antes mencionados y a los cuales no dudo ni tantito les profese la más rendida, plena y sincera admiración (yo creo que hasta envidia les tiene), pero ni por asomo puede presumir haber emprendido una sola acción relevante, ni una sola, digna de destacarse, como no sea su arribo a la Presidencia con una votación avasalladora y márgenes de aprobación histórica. Eso nadie se lo va a regatear, pero es un logro partidista alcanzado en su calidad de civil y de oposición. Ya como Jefe de Estado, no hay nada que pueda presumir, por más que su secta, la llamada chairiza, argumente que hay un nuevo estado de bienestar sin que sepan bien hacia dónde exactamente deben apuntar para poder identificarlo.
Pero, como cuando se discuten asuntos de fe, es inútil tratar de convencer a alguien que ha decidido creer, presentando cifras, argumentos o razones; porque su convicción se basa en la idolatría, no en la suma de los hechos verificables.
Y ello está bien para el señor López, pues, es justo lo que deseaba, pues, como ya dijimos, su gran meta es colarse al Panteón de Patria y ser recordado como el redentor de los pobres.
De allí que haya debilitado cualquier presupuesto destinado a la salud, la ciencia, la educación y las artes -vaya- hasta el fondo de desastres naturales desapareció, todo lo que no esté en función de sus dos líneas de acción concretas. Alimentar el sistema de becas y pensiones que es la fundamento de la pleitesía que se le rinde; y asegurar la sucesión presidencial en favor de su partido, para as garantizar la supervivencia de su movimiento y culminar su gran objetivo: Terminar de escribir su leyenda, concretar su ideología y acabar de erigir su monumento en vida.
El puro sexenio no le será suficiente, necesita al menos otros seis años para terminar de confeccionarse una imagen que le permita codearse con los héroes de las Ligas Mayores.
Y si bien, tiene casi asegurado el triunfo de cualquiera de sus corcholatas, ya que la que sea que resulte tocada por el dedo imperial, marchará sobre los hombros del Tata Tabasqueño, es muy poco probable que cualquiera de estas pueda o quiera realmente invertir su sexenio en el pulido y cromado de la efigie de su predecesor.
Su corcholata más leal, la doctora Sheinbaum, es por mucho la menos capaz de cualquier iniciativa, es totalmente incapaz disentir un ápice con el Presidente y seguramente le consulta hasta las horas en que debe ir al baño, pero es peligrosamente incompetente. Pasaría más tiempo apagando infiernos que trabajando el proyecto de su Mesías.
El Canciller Ebrard se intuye que se la ha pasado tragando cantidades absurdas de camote, arreglando entuertos, asumiendo culpas, haciendo de patiño de un rey zafio, todo con tal de seguir en la planilla de corcholatas del Presidente. Pero pese a su estoicismo, no puede disimular que, más tardaría en colocarse la banda presidencial que en romper con AMLO y con todo lo que su movimiento representa.
Y el menos probable de los tres, el Conde de la Secretaría de Gobernación, Adán Augusto López, el hermano y coterráneo del Presidente, es tan siniestro que en el remoto caso de llegar a la Presidencia, nada me extrañaría que le aplicase un AMLO al mismo AMLO y comenzará él mismo a trabajar en su paso a la trascendencia y la inmortalidad.
Hace unos días leí que la Cuarta Transformación está condenada, que tiene sus días contados y creo que nada podría ser tan cierto. Dado que la 4T es el proyecto personal, al servicio de una sola persona; misma persona que desde la más alta investidura vigila que su plan se ejecute, no hay manera de que un sucesor vaya a malgastar el ejercicio del poder en seguir edificando el mito de un personaje que es tan desechable como cualquiera de los que le han precedido en décadas recientes.
Y aunque se presumió como una transformación de largos alcances y de una trascendencia histórica, está visto que a la postre la 4T será apenas un suspiro en la inmensidad del tiempo y apenas nada, igual que un hipotético Cuarto Reich.
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