El corazón extraviado

Por Enrique Abasolo

Es el mes del amor y antes de celebrar ese indescriptible don del espíritu, necesitamos saber dónde tenemos colocado el corazón, o cerciorarnos de tenerlo puesto en el lugar correcto.

Desde luego, sabemos ahora que la neuroquímica es la responsable de nuestros sentimientos, pero en la antigüedad se pensaba que era el corazón nuestro centro emocional, falacia que se perpetuó en las novelas y que tras ser desmentida por la ciencia subsistió como figura retórica y licencia poética.

Hoy sabemos que los males del corazón no son el desamor, el desdén, la traición y la indiferencia, sino la hipertensión, la insuficiencia coronaria, la arritmia y las cardiopatías congénitas, mucho menos glamorizadas por el cine y la literatura, aunque infinitamente más serias.

Pero el corazón se ha mantenido vigente como núcleo imaginario de nuestros sentimientos gracias a una conspiración entre los poetas y los fabricantes de tarjetas, pues unos no saben cómo rimar “cerebro” y los otros no pueden dibujarlo de una manera simpática.

En fin, que aunque sea sólo una metáfora, hay que saber dónde tenemos puesto el músculo cardiaco, porque profesar cariño o devoción a la persona equivocada nos puede acarrear desastrosas consecuencias y esas sí, no son para nada figurativas.

Para ser honesto, me preocupa el desfibrilado corazón de nuestro Gepetto de Macuspana y no, no lo digo porque sus viajes a la ciudad de Tepic hayan cesado abrupta y coincidentemente con el anuncio del embarazo de la ex modelo e inexplicable alcaldesa de la capital nayarita, Geraldine Ponce.

Eso no es lo que me preocupa. Yo sé que nuestro galán otoñal sabrá sobreponerse, aunque de tanto en tanto una indiscreta lágrima resbale por su papujado rostro cuando le asalte el recuerdo del sabor del sope de ostiones (no es albur, es uno de los platillos típicos de esa entidad costera).

Me preocupa el corazón de nuestro Pejestorio porque cada vez con mayor frecuencia vemos cómo abraza, cobija y defiende a gente vil, rufiana y abyecta; al tiempo que injuria a aquellas personas que durante años le profesaron respeto, fidelidad y un cariño a toda ley.

¿Qué tan extraviado debe estar un corazón como para meter la manos en la lumbre por el siniestro Fiscal Gertz Manero o el impresentable Manuel Bartlett y, desde la misma tribuna que defiende a estos dos costales de mañas, atacar al patriarca de la izquierda, a su mentor y padrino político, al heredero del prócer de los hidrocarburos, el “Inge” Cuauhtémoc Cárdenas?

Que AMLO llamase adversario político al hijo del “Tata” dejó boquiabiertos a más de uno. Y es que desconocer a la piedra fundacional de la izquierda mexicana significa no tener ya ningún vínculo con los ancestros de lucha.

Renegar de Cárdenas es no reconocer ninguna raíz doctrinaria ni anclaje ideológico.

¿Y todo por qué? ¿Por formar parte de un colectivo que busca hacer contrapeso político a la descarada visión totalitaria que guía al Presidente? ¿Es eso un crimen? ¿Qué no el derecho a disentir y el respeto a la libertad son ya valores fundamentales de la izquierda? Tal parece que no de la izquierda que profesa AMLOVE.

El pobre viejo fundador del PRD tuvo que deslindarse del colectivo y desconocer cualquier participación o involucramiento, pues está impedido desde que su hijo, Lázaro Cárdenas Batel, es el jefe de asesores de la Oficina de la Presidencia de la República.

Y como si nadie recordara que un día antes había tratado al “Inge Temo” de traidor y de adversario, AMLO se deshizo en reconocimientos de dientes para afuera en menos de 24 horas: “Yo lo estimo mucho, pero además lo respeto porque es precursor del movimiento democrático”.

Demasiado tarde, esa relación ya está quebrada. Pero deja claro que a AMLO se le tiene que amar incondicional e irrestrictamente so riesgo de quedar excluido para siempre de sus afectos.

En la misma semana, el señor que duerme en hamaca en Palacio Nacional se lanzó en defensa del honor de su apuesta para el Edomex, la cetácea Delfina Gómez a quien la Auditoría Superior de la Federación señala por un desvío de casi mil millones de pesos (830 nomás).

Pero no hay mácula que haga reconsiderar al Presidente en tanto le seas fiel y obediente. La grave acusación ni siquiera mosqueó tantito al Presidente: “La maestra Delfina es una mujer honesta, que tiene toda mi confianza, es una mujer incapaz de robarse un centavo, nada que ver con los políticos”, dijo  AMLO urbe et orbi.

Y esa misma semana, el Mandatario volvió a arremeter contra una vieja aliada de sus días de candidato opositor, la periodista Carmen Aristegui, luego de que la conductora tuviera la osadía de presentar el libro de uno de los principales “enemigos” del régimen, Lorenzo Córdova.

Sin importarle que Aristegui es desde hace más de una década la periodista mejor acreditada por la opinión pública, sin importarle tampoco que en su momento fue la única que le abrió los micrófonos cuando todas las cadenas y estaciones tenían vetado al AMLO contestatario, y sin importarle que si alguna vez Aristegui fue parcial, lo fue para apoyar a la causa del hoy Presidente, aún así, fue categórico:

“No es que la traiga yo con Carmen Aristegui, es que está involucionando. Estaba yo recordando de que Carmen Aristegui se formó con Pedro Ferriz…  y esto explica el por qué ahora en momentos de definición involuciona y asume posturas como las de Pedro Ferriz de siempre”.

Mal desenlace nos espera si nuestra brújula moral está descompuesta y la de los afectos es tan veleidosa que el menor acto, gesto o pronunciamiento la hace oscilar hacia coordenadas totalmente antípodas: de sur a norte, de este a oeste y del cariño más jubiloso al más acre aborrecimiento.


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