Por Enrique Abasolo
¿Cuántos psicólogos se necesitan para cambiar un foco?
Uno solo, pero el foco tiene que querer cambiar.
Es cierto, es imposible aspirar a un cambio verdadero en nuestra sociedad, en nuestras instituciones, en nuestro País, si nosotros no anhelamos realmente dicho cambio.
No importa la oferta que nos hagan los aspirantes a los puestos de elección; no importa cuán disruptiva se nos presente una alternativa política; los gobiernos son sólo un medio para el cambio, no el cambio en sí; ese tiene que venir de adentro de nosotros; está en nosotros o simplemente no está.
Podemos ya decir la palabra “cambio” a 20 años de que Vicente Fox la prostituyera.
Montado en la premisa y la promesa del “cambio”, el botudo de Guanajuato arribó al poder con una votación histórica. La gente votó en efecto por un cambio, luego de padecer siete décadas de una dictadura de partido.
Pero no tardamos en darnos cuenta de que no habría ruptura con el viejo régimen y por consiguiente el prometido cambio no se daría. La palabra, para fines político-electorales, quedó percudida. No es poca cosa, si el cambio es uno de los principales activos de campaña para cualquier aspirante a un puesto de elección.
Hoy en día el vocablo institucionalizado (para uso exclusivo del régimen) es transformación. Y es lo que seguirán ofertando todos los candidatos del Presidente: “continuar con la Transformación”; “fortalecer la Transformación”; “consolidar la transformación”, misma transformación que no es más real ni más sólida que el cambio foxista, pero que de momento cumple su función como marca asociada a Morena, poniendo a cualquier aspirante en sintonía y completa fidelidad con los principios (cualesquiera que estos sean) del benemérito de Macuspana.
Pero ya sea como cambio o como transformación, el marketing político obliga a un candidato a presentarse como una opción disruptiva con el estatus quo para que, al menos en lo discursivo o en el imaginario del electorado, se esté votando con un ánimo reformista.
Como conceptos, el cambio y la transformación continúan vigentes, como vocablos sin embargo apestan a lo mismo de siempre.
Al rato los genios de la publicidad nos van a salir con alguna extravagancia del tipo: “¡Vota por Fulánez! ¡Vota por la metamorfosis!”, o “Sutánez: El candidato de la transmutación”.
He visto numerosas imágenes que dan testimonio del registro de Manolo Jiménez Salinas como candidato del PRI a la Gubernatura Coahuilense.
Podemos decir al día de hoy, de acuerdo a los comportamientos históricos y las estadísticas recientes, que es Jiménez el virtual ganador de la próxima elección en la Entidad. A menos que algo verdaderamente extraordinario ocurra, Manolo relevará a Miguel Riquelme en el despacho del Palacio Rosa.
La postulación del ex alcalde Saltillo es todo a lo que nos acostumbró el viejo Revolucionario Institucional: un candidato palomeado por el Ejecutivo, al cual se tiene que adherir toda la militancia tricolor, sí o sí, independientemente de las diferencias, facciones, enemistades o grupos antagónicos al interior.
El PRI sabe que su gran activo siempre ha sido la unidad y la disciplina. En desbandada difícilmente habrían llegado a ser lo que en sus mejores tiempos.
Morena Coahuila en cambio se fracturó antes de oficializar siquiera a su candidato: Ricardo Mejía Berdeja deja su cargo en el Gobierno Federal bajo amenaza de contender para Gobernador por algún partiducho como el PT, acusando a Armando Guadiana de corrupto y esquirol; El Presidente por su parte, refrenda con su apoyo a Guadiana como el favorecido de las encuestas; y Luis Fernando Salazar acusando a su vez a Mejía Berdeja de sabotear al movimiento morenista para beneplácito de la causa priista y de la dinastía Moreira.
Morena no podía estar más dolorosamente despedazado de cara a la elección en nuestra entidad, algo que no deja de ser curioso, pues el partido cuenta con el factor de cohesión más importante de todos: el Presidente, y no cualquier presidente (que eso ya sería mucho decir), sino al Presidente más carismático, amado y de mayor arrastre de los últimos 70 años quizás. Habría bastado una orden directa para aplacar cualquier disidencia o discrepancia, pero por alguna razón AMLO no dio tal orden. Lo más probable es porque no quiere o no le interesa. Si Morena contiende por Coahuila cojeando de una pata, muy probablemente es porque así conviene a los planes del Presidente.
Por eso no tengo empachos en afirmar que, dadas las circunstancias, Jiménez Salinas es el virtual próximo Gobernador de Coahuila, independientemente de si ello le complace o le disgusta a usted.
Pero mi comentario real versaba sobre esas imágenes del evento de registro que le comentaba. Ya sabe, la apoteosis tricolor; el flamante candidato ovacionado por toda la militancia y sus simpatizantes, incluso hoy de la mano del panismo estatal.
Cientos, miles de personas ansiosas de salir en la foto, de estrechar la mano del ungido, de posar con el nuevo mandamás comarcano.
Gente con la imperiosa necesidad de asegurarse de que el candidato lo vea, porque será él quien reparta las Secretarias, las plazas de medio pelo y hasta los huesos de menor relevancia.
Poca o ninguna convicción política, sólo el acostumbrado besamanos, las prácticas más rancias de la política, y la total sumisión al poder.
No es que los políticos no cambien, los que no hemos cambiado somos nosotros. A pesar de todos los abusos que se han cometido en contra de nuestro patrimonio y nuestra libertad, no tenemos ganas de establecer una nueva relación más horizontal con el poder.
Queremos un nuevo monarca para llevar en hombros hasta el trono desde el cual habrá de imponer su voluntad sin el menor cuestionamiento.
Aquí no se trata del candidato, ni del partido, ni de los políticos, sino de nuestra actitud hacia el poder y de nuestras pocas ganas de hacer una diferencia, de proponer un nuevo diálogo con el Gobierno.
Parece que, sin que nadie lo admita, todos estamos de acuerdo en que es más fácil otorgar poder irrestricto, total, incondicional y esperar a que el depositario de dicho poder sea magnánimo con nosotros.
Lo dicho, se podría aspirar a un cambio en el sistema político y una transformación en las instituciones. Sí, pero nosotros tenemos que querer cambiar.
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