10/04/26
Por Juan Ciudadano
Cuenta la leyenda: la encerrona
Cuenta la leyenda que, en fechas recientes, hubo una encerrona que no apareció en agenda pública, no tuvo foto, no tuvo “mensaje institucional” y, por lo mismo, tuvo lo único que hoy vale en política: intención. Dicen que se sentaron el team Manolo Jiménez y el team Luisa María Alcalde. No estuvieron ni el gobernador de Coahuila ni la dirigente nacional de Morena. Pero se comenta que los enviados traían la venía bendita del poderoso divino, para atar y desatar como San Pedro. O sea, que no iban a “platicar”; iban a amarrar.
Por el lado tricolor, quien llevó la voz cantante fue Diego Rodríguez, operador de confianza del jefe del Ejecutivo estatal. Por Morena, el interlocutor habría sido Jorge Gaviño, con un cargo alto en el IMSS y, según quienes lo conocen, con la gracia principal de ser amigo cercanísimo de la pareja sentimental de la presidenta Claudia Sheinbaum. Lo de menos son las credenciales sino quien te contesta el teléfono cuando le marcas.
El primer ofrecimiento: dos curules con “condiciones”
Dicen las malas lenguas —y a estas alturas las malas lenguas suelen saber de qué hablan— que el primer ofrecimiento del priismo fue ceder dos diputaciones locales de mayoría a los guindas. “A ver, ahí les van dos; no sean envidiosos”. Suena generoso hasta que lees la letra chiquita: con la condición de que desde Palacio de Gobierno se decidieran los nombres de los morenistas ganadores.
Ahí es donde se congela el cliente. Una curul “regalada” por el PRI, con candidato escogido por el PRI, no es una curul de Morena: es un diputado con camiseta guinda y control remoto tricolor. Una cosa es que te cedan un espacio; otra cosa es que te elijan al representante. Una cosa es Juan Domínguez y otra cosa es no me…
No hace falta ser politólogo para saber que un morenista “ganador” con padrino ajeno no le rinde cuentas a Luisa María Alcalde; le rinde cuentas a quien le garantizó el distrito. El partido puede fingir unidad, pero el poder se cobra con disciplina, no con discursos.
Los obsequiosos: Attolini y Hurtado
En el mismo relato se asoman los nombres que cualquiera que siga el Congreso local ubica sin esfuerzo. Porque, aunque la competencia ya se volvió reñida, Antonio Attolini Murra y Alberto Hurtado Vera se pelean un día sí y otro también a ver quién le hace más la barba al gobierno tricolor. Se muestran tan obsequiosos que hasta despiertan la envidia de perfiles priistas que, con todo y escuela, no alcanzan ese nivel de entusiasmo.
Como dijo Armando Manzanero, no es nada personal pero, cuando un opositor se vuelve más institucional que la institución, algo está raro. Cuando un crítico se vuelve porrista selectivo, alguien está haciendo cálculo. Y cuando el cálculo se repite, la sospecha se convierte en norma y es que cuando algo no suena lógico es porque suena metálico.
Así que, si la propuesta era “dos distritos y ustedes ni elijen”, lo lógico es que a la dirigencia morenista no le gustara.
La oferta que “no se puede rechazar”
Pero luego, dicen, vino el verdadero plato fuerte. Los priistas, siguiendo enseñanzas de Don Corleone, hicieron una propuesta que Morena “no pudo rechazar”. No por miedo, sino por ambición. La manzana de la tentación fue el intercambio de carros completos: el Revolucionario ganaría todas las diputaciones locales en esta elección; y Morena obtendría lo mismo en la elección de diputados federales. Un toma y daca con sonrisa: “yo te dejo el patio trasero, tú me dejas la Cámara”.
Aparentemente, se selló con sangre —o con la versión moderna del sello: una promesa dicha al oído con tono de “te lo juro por mi carrera”. Y ahí está el problema: nunca se puede confiar en la palabra de un político. Prometer no empobrece; dar es lo que aniquila.
Porque cualquiera con un año de experiencia entiende el truco: el PRI se queda con el beneficio inmediato —las diputaciones locales— y cuando toque pagar en la federal, le van a sobrar pretextos para no cumplir. “Cambió el escenario”. “No se pudo”. “La dirigencia nacional no dejó”. “Hubo un imprevisto”. “La ciudadanía decidió”. “El tribunal”. “El clima”. Cualquier cosa. Y entonces la pregunta clave es brutal: ¿quién le va a quitar al PRI las diputaciones locales ya ganadas? Nadie. Se acabó. El trato —si existió— sería la novatada perfecta.
Suena verosímil que Morena se haya dejado llevar por el ofrecimiento. A Morena le urge mantener mayoría en el legislativo federal. Su obsesión es el tablero nacional. Coahuila, para muchos de allá arriba, es un punto en el mapa que confunden con otro punto: a veces mezclan Saltillo con Torreón, como si la Perla de La Laguna fuera la capital. Para ellos, Coahuila no es prioridad; es trámite. Y si no es prioridad, es negociable.
Coahuila como moneda
Coahuila siempre ha sido una moneda útil para el centro. Un estado con estabilidad política, con control territorial relativamente ordenado, con una clase dirigente que sabe operar sin hacer demasiadas olas. Es decir: un lugar ideal para acuerdos, porque no hace escándalo… hasta que el acuerdo se filtra.
Y si el supuesto pacto fuera real, sería el retrato perfecto de dos necesidades distintas: el PRI local necesita mantener control legislativo para administrar el estado sin sobresaltos. Morena nacional necesita asegurar curules federales para sostener el proyecto de gobierno. Ambos creen ganar, pero uno cobra primero.
El riesgo para Morena: perder identidad
Para Morena, el riesgo no es perder dos distritos o un paquete de diputaciones locales. El riesgo es perder identidad. Cuando un partido acepta que otro le escoja candidatos, o acepta intercambiar elecciones como si fueran tarjetas, termina convirtiéndose en lo mismo que juró combatir: un aparato. Y el aparato se sostiene con acuerdos, sí, pero también se pudre con ellos.
La militancia lo huele rápido. La base lo huele más rápido. La gente no entiende de “ingeniería electoral”, pero entiende cuando un partido se vuelve cómodo con el poder que decía combatir.
El riesgo para el PRI: la factura
Y el PRI tampoco sale limpio. Porque jugar con el futuro siempre tiene factura. Si el PRI “chamaquea” a Morena y se queda con lo local, puede ganar tiempo. Pero también puede alimentar resentimientos internos y externos. Morena puede tragar hoy y cobrar mañana. Y en política, el mañana llega cuando menos te conviene.
Además, no hay que olvidar que la competencia ya está cerrada. Cuando el margen se estrecha, los acuerdos se vuelven más frágiles, y la traición se vuelve tentación. Al buen entendedor, pocas palabras.
Conclusión
Que esto sea cierto o no, ya es casi lo de menos. El solo hecho de que se comente con esta naturalidad dice algo del momento político: que todos están buscando cómo llegar, no para qué. Que las elecciones se están negociando como si fueran contratos. Que la democracia local se trata como patio de maniobras. Y que los ciudadanos, otra vez, somos espectadores del arreglo.
No es que uno quiera amargarles el café, pero hay que decirlo: así se construye el desencanto. Cuando la gente siente que su voto ya viene marcado desde antes, se desconecta. Y si la meta de algunos es que vote menos gente, pues qué eficientes: ahí van, con manual en mano.
No hay nada nuevo bajo el sol, el poder se reparte, se promete y se traiciona. Lo único nuevo es la manera de contarlo.
Amanecerá y veremos.
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