Callejón

El Callejón

31/03/26


Por Juan Ciudadano

Fiscal en gira…

El fiscal general del Estado, Federico Fernández, anda muy movido. No sólo estos días, no sólo estos meses: podríamos decir que estos años. Y ahora Semana Santa fue el pretexto perfecto para placearse; foto, declaración, apretón de manos y “coordinación interinstitucional” si hay agenda, que se note.

Pero en ese sabroseo político hubo dos hechos que llamaron poderosamente la atención. La primera fue en Saltillo, en una reunión del Consejo de Seguridad del municipio. Ahí, el fiscal aprovechó para tomarse la foto con su competidor más fuerte rumbo a la candidatura priista para la gubernatura: Javier Díaz González, el alcalde de la capital. Ambos salieron con sonrisa de oreja a oreja, y cómo no van a estar contentos si —dicen— van empatados en esa carrera parejera donde todos “no quieren”, pero todos “andan”. La imagen manda un mensaje tranquilizador a la clase política coahuilense: la fiesta se va a llevar en paz, no habrá codazos en la mesa, nadie va a patear el pesebre si la decisión no le favorece.

La segunda escena fue en Torreón. Fernández apareció con el alcalde Román Alberto Cepeda para poner en marcha el operativo de Semana Santa. La foto del apretón de manos se difundió profusamente: actitud positiva, gesto amable, cara de “aquí no pasó nada”. Y también ahí el mensaje fue el mismo: paz y armonía política, como si los enconos y desencuentros de años atrás fueran en la temporada pasada.

También llamó la atención que un periódico oficialista del interior del estado bajó el nivel de difusión que venía dando a las actividades del gobierno municipal de Saltillo. ¿Qué ocurrió? ¿Alguien les apretó las tuercas? ¿Alguien se quejó por no tener el mismo espacio que el edil sarapero? ¿Ya se tomó una decisión a favor del fiscal? Nadie sabe, nadie supo… como dijo el Monje Loco. Pero cuando un medio cambia el volumen, casi nunca es por accidente.

Clausuras por tendencia

Y ya que hablamos de controles, el segundo tema tiene su propia moraleja: Cuatro Ciénegas y las clausuras de Profepa que se anunciaron como golpe de autoridad… y luego se levantaron como si la urgencia ecológica trajera horario de oficina.

Ya salió el peine, cuenta la leyenda que las autoridades ambientales estarían haciendo supervisiones y revisiones siguiendo la brújula más confiable del México moderno: las redes sociales. Es decir, no llegan por monitoreo técnico, no llegan por vigilancia constante, no llegan por presencia permanente; llegan cuando el escándalo se vuelve tendencia, cuando el video se viraliza, cuando el influencer del momento arma el desorden suficiente para que la autoridad diga “ahora sí”.

Y lo peor no es que exista un personaje —de esos que presumen ser “influencers”, que no rebuznan sólo porque no les alcanza la tonada—. Lo peor es que el Estado parezca reaccionar como si también fuera seguidor: esperando el clip, el likesazo y el comentario indignado para entonces sí ponerse el chaleco.

Ese método no es política ambiental; es control de daños. Y así, la clausura termina funcionando como performance: se anuncia fuerte, se monta con despliegue, se toma la foto, se levanta rápido, y todos felices porque “se reactivó” la economía. ¿Y el ecosistema? ¿Y la capacidad de carga? ¿Y las reglas que evitan que el patrimonio se vuelva alberca pública? Eso, para después… o para cuando vuelva a ser tendencia.

Así las cosas. Ni hablar: aquí nos tocó vivir.


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