Callejón

El Callejón

16/03/26

Por Juan Ciudadano

¿De quen chon?

A nivel federal ya salió la lista de las pensiones estratosféricas, esas que parecen premio vitalicio por haber sobrevivido a la nómina. Y en Coahuila, para no quedarnos atrás en el folclor del retiro cómodo, también hay pensiones doradas: montos mensuales que rebasan —con ganas— el tope que trae la nueva reforma constitucional en discusión.

Los datos oficiales publicados por el propio Estado traen números que no dejan lugar a la poesía: en el Presupuesto de Egresos 2025 aparece una pensión máxima de 134,804.62 pesos; en el Instituto de Pensiones para los Trabajadores al Servicio del Estado, una de 121,972.61; y en la Dirección de Pensiones de los Trabajadores de la Educación, otra de 111,262.44. Y mientras el debate nacional habla de topar a la mitad del sueldo de la Presidenta —algo así como 67,145 pesos—, acá se ve clarito que hay jubilaciones que andan al doble, o casi.

El asunto no es sólo el monto: es la opacidad. Porque aquí aplica la vieja máxima: se dice el pecado, pero no el pecador. Sabemos cuánto cuesta el retiro de lujo, pero no sabemos quién lo cobra, cuántos años trabajó, qué cargo tuvo, bajo qué régimen se lo otorgaron ni si entra o no en el supuesto de la reforma federal (que, además, no es retroactiva y se enfoca en ciertos perfiles y entes públicos).

Y claro, uno imagina de dónde vienen estas joyas: gente que ocupó los cargos más altos, no creo que se las hayan dado a los intendentes, así que no es muy difícil imaginar el nombre de los agraciados. Pero mientras el gobierno mantenga escondidos esos datos sólo queda cantar como Chicoché y su grupo La Crisis: “¿De quen chon?”.

Si de verdad se quiere limpiar el tema, lo mínimo es abrir la información completa. Sin eso, la conversación queda en puro regaño al aire.

Petro Seven: los más caros

Y hablando de precios que lastiman, la Profeco ubicó en Saltillo la gasolinera más cara del país, y el premio se lo llevó Petro Seven, la franquicia ligada a los Seven Eleven. Se ve que les gusta hincarle el diente a sus clientes: tanque lleno, cartera vacía.

Si yo fuera usted, estimado lector, haría dos cosas muy sencillas: no cargaría ahí y tampoco dejaría un peso en sus tiendas, por pura higiene financiera. Porque cuando un negocio aparece en la foto nacional de “lo más caro”, el mensaje: aquí el cliente no es cliente, es víctima.

Y ya en lo local, cuenta la leyenda que la sucursal de Venustiano Carranza, por Parque Centro, a ratos parece menos tienda de conveniencia y más una cantina: música a todo volumen y ambiente que no combina con la idea de “comprar un café y seguir”. No es un detalle menor: una franquicia no sólo vende gasolina y papitas; vende experiencia, y la experiencia también puede espantar.

Más atención debería poner la marca en lo básico: el personal que contrata, el tono con el que atienden y la cultura con la que operan. Porque hay gente que atiende un Seven… pero se cree dueña del mundo.

El personal que atiende en esas sucursal es puro fan de los narco corridos, si los ve un cártel los contrata.

Estimados lectores, ahora ya saben en donde no comprar gasolina.


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