Callejón

El Callejón

23/02/26

Por Juan Ciudadano

Tarde pero sin sueño

Para Coahuila, la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes se convirtió en la mejor propaganda política rumbo a las elecciones locales de este año: mientras en otras latitudes se contaban bloqueos, incendios y el clásico “se paralizó la región”, acá reinó la tranquilidad y la paz, un domingo como cualquier otro: Coahuila como excepción, como vitrina de orden en un país.

La verdad si es un logro muy merecido, los habitantes de los estados gobernador por Morena darían cualquier cosa porque en sus ciudades se viviera como en las de Coahuila.

Hoy el fiscal Federico Fernández se presentó en público para subrayar el “resultado” y, de paso, para recordarnos que en política la puntualidad es un adorno… que se usa cuando conviene. Citó a las 7:30 de la mañana y llegó a las 8:00. Tarde, pero sin sueño.

En ese mismo acto hubo otro detalle, más pequeño pero igual de revelador: el filtro informativo. El jefe de prensa, Jesús Alvarado, parece cargar una animadversión especial contra este medio: a todos los reporteros se les convocó menos a MÁS. Por algo será. Tal vez se le rompió el Pamper —o el Kleen Bebé— con las notas que publicamos y prefirió bloquear. Todo un clásico del director de comunicación social que confunde “control de daños” con “control de preguntas”. En estos tiempos, a veces la transparencia no se niega: se administra por lista de WhatsApp.

Mandrake en Rectoría

Octavio Pimentel, rector de la Universidad Autónoma de Coahuila, resultó ser —dicen los papeles— discípulo aventajado del gran Mandrake. No porque saque conejos del sombrero, sino porque en la universidad hay dinero que hace el acto más antiguo de la magia pública: desaparecer.

La Auditoría Superior de la Federación, según lo observado por sus auditores, detectó que 46 millones de pesos “ahora los ves y ahora no los ves”: el recurso no aparece y, peor aún, no hay documento alguno que compruebe su erogación. Hágame usted el favor. En la academia te piden bibliografía, marco teórico y conclusiones; en la caja, al parecer, basta con el ilusionismo y una sonrisa institucional.

Porque una cosa es tener observaciones (todas las instituciones grandes las enfrentan) y otra muy distinta es la versión que lastima: no es que falte el sello, es que falta el rastro. Si el dinero no está y no hay soporte, el asunto deja de ser “administrativo” y se convierte en pregunta simple, de calle: ¿en qué se fue?, ¿quién autorizó?, ¿quién firmó?, ¿quién cobró?

La rectoría puede intentar el truco de siempre: llamar “golpeteo” a lo incómodo, culpar al pasado, prometer que “se aclarará”, pedir tiempo, pedir comprensión. Pero cuando el expediente es contable, la explicación no se resuelve con discurso: se resuelve con papeles. Y si no hay papeles, no hay magia que alcance: sólo queda el viejo recurso de estirar el telón, esperar que cambie el tema… y confiar en que la memoria pública sea más corta que la lista de transferencias.


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