5 de febrero de 2026
Por Juan Ciudadano
Tereso en las mayores
Tereso Medina Ramírez está a nada de llegar a la dirigencia nacional de la CTM y con eso Coahuila pondría a su segundo representante en las grandes ligas del sindicalismo nacional, porque Alfonso Cepeda Salas ya despacha como mandamás nacional del SNTE.
Coahuila no produce petróleo, pero sí refina liderazgos sindicales que saben acomodarse en el sillón correcto cuando cambia el inquilino del poder.
Cepeda Salas ya es, sin rubor, un asociado del Movimiento de Regeneración Nacional. Lo de “asociado” no es metáfora y de Tereso Medina no se espera algo distinto. Sería raro que la CTM, institución con memoria histórica selectiva, se pusiera hoy en modo oposición, justo cuando el partido en el poder trae la chequera, el micrófono y el calendario.
Porque aquí hay una verdad que no se enseña en civismo: las centrales sindicales, como los paraguas, siempre se abren del lado del gobierno. Antes fue con uno, luego con otro, y ahora con Morena no será la excepción. “Apoyamos al trabajador”, dicen, pero lo dicen con tanto fervor que uno sospecha que el trabajador es un concepto abstracto: una figura retórica útil, pero que no se sienta en la mesa.
Lo interesante es el simbolismo: dos coahuilenses en la cima del sindicalismo nacional. Uno con la educación, otro con la industria. Uno con aulas, otro con la línea de producción y ambos, previsiblemente, orbitando el mismo centro de gravedad: el poder.
Y así, entre abrazos institucionales y discursos de “unidad”, se va armando otra postal del país: sindicatos que siempre han apoyado al partido en el poder, hoy listos para reafirmar la tradición. No es traición: es consistencia histórica.
Predial con sorpresa
Ayer, en Saltillo, salió a relucir la realidad nacional. Resulta que los ciudadanos ganadores de la rifa que se realiza entre quienes cumplieron con el pago del predial, recibieron una llamada telefónica del alcalde Javier Díaz con la buena noticia.
Hasta ahí, todo muy humano, muy cercano, muy “gobierno de territorio”. El problema es que México ya no vive en la era de la llamada amable; vive en la era de la llamada sospechosa. Y entonces pasó lo inevitable: muchos pensaron que era broma, otros contestaron muy bruscamente, como si estuvieran rechazando una extorsión telefónica.
No es culpa del alcalde. Es culpa del país. En un México donde te marcan para “confirmar datos” y terminas confirmando tu propia ruina, la gente ya no escucha “felicidades”; escucha “peligro”. El que con leche se quema hasta al jocoque le sopla, y aquí llevamos años quemándonos… con leche, con café, con gasolina y con la factura del miedo.
La escena es tragicómica: el alcalde intentando dar una alegría y el ciudadano respondiendo como si estuviera defendiendo la casa con una escoba. “¿Cómo que me gané qué? ¡No me esté molestando!” Porque si algo nos enseñó la vida moderna es que la confianza es un lujo, y contestar el teléfono, una apuesta.
Así están los gajes de vivir aquí: cuando la autoridad te busca para premiarte, tú te preparas para sobrevivir. Un país donde hasta la buena noticia llega con número desconocido. Y ni modo: si el gobierno quiere cercanía, primero habrá que recuperar algo más básico… la tranquilidad de decir “bueno” sin miedo a que sea el inicio de un fraude.
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