Callejón

El Callejón

Por Juan Ciudadano

Nomás las patadas se oyen

«Se pelearon las comadres y se dijeron las verdades». Los legisladores federales Rubén Moreira y Gerardo Fernández Noroña protagonizaron un enfrentamiento al más puro etilo de ambos personajes y es que “entre mula y mula nomás las patadas se oyen”. Ahí no hubo argumentos: hubo relinchos.

La riña callejera nació por Cuba, o más bien por la idea de Cuba, que se usa como utilería: se saca del clóset cuando conviene posar de internacionalista, y se guarda cuando hay que cargar con el costo político. Moreira declinó presidir el grupo de amistad México–Cuba alegando “diferencias” con los diputados de la 4T y, de paso, reclamó que desde el “fanatismo” le pusieron en duda su cariño a la isla.

Y aquí es donde el exgobernador se nos transforma en personaje de realismo mágico: el hombre que presumía ideología zurda —pero viviendo como derecha premium— amaneció con amnesia ideológica. No quiere saber nada de los rojos… excepto cuando conviene el viaje, la foto o la delegación. Porque, dígase lo que se diga, hay antecedentes de su presencia en la comitiva mexicana en Venezuela, durante la farsa electoral de Nicolás Maduro, y cuando aquello olía a cochinero, Rubén no dijo nada. La coherencia, esa sí, se rompió.

De Noroña ya conocemos el expediente: porro profesional, vocero del pleito, cobrador de aplausos, y un gasto fijo para la 4T que no se atreve a recortarlo porque luego hace berrinche con micrófono. El hombre no debate: embiste. Y si no hay enemigo, lo fabrica. Por eso el choque con Moreira era inevitable: dos estilos distintos para el mismo deporte nacional, la descalificación.

Pero si algo retrata a Moreira es su condición de “franquicia personal”: pluri de por vida, diputado recurrente, marca registrada. El discurso de izquierda le queda como camiseta de utilería: se la pone para la foto y se la quita para cenar. Como cantaba Mercedes Sosa: “todo cambia”… aunque en algunos cambia nomás la narrativa.

Agua para EU, mercurio para Coahuila

En la frontera, el tema del agua sigue siendo una hemorragia política. No sólo por el Tratado de 1944 y la presión de Texas, sino porque —en los hechos— la deuda con Estados Unidos se ha estado pagando prácticamente con las presas de Coahuila, en particular con extracciones desde La Amistad, que han sido clave para avanzar en el “pago” y evitar amenazas comerciales. Y aquí el “pato” no lo pagó el discurso: lo pagaron los agricultores locales, los de este lado del río, que escuchan “cumplimiento binacional” mientras ven menos riego, más incertidumbre y la misma letanía de siempre: “aguanten, es por el bien de la relación”.

En paralelo, esta misma semana se confirmó el traslado de 644 kilos de mercurio líquido asegurados desde 2022 en Manzanillo a Ramos Arizpe para estabilización y confinamiento permanente por una empresa autorizada. La metáfora es demasiado perfecta para ignorarla: agua que se va, veneno que llega.

Y lo más coahuilense del asunto es el silencio. Aquí se ha tenido que guardar prudencia —léase, tragarse el coraje— porque hay que “llevársela bien” con Claudia Sheinbaum, ahora empoderada, y nadie quiere ser el que agite el vaso cuando la federación sirve el brindis. Así funciona la política: si levantas la voz, te quedas sin foto; si te quedas callado, te dejan el problema… y a veces también el mercurio.


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