Por Horacio Cárdenas Zardoni
Los discursos de cada día del Ejército, y también de la Marina, de cada conmemoración de la Marcha de la lealtad, de cada 5 de mayo en que jura bandera la clase de conscriptos del servicio militar nacional de ese año, de cada 16 de septiembre, de cada 20 de noviembre y de cada vez que se ofrece, coinciden en un mensaje con lastimosamente pocas variantes: las fuerzas armadas son pueblo, y como pueblo se deben al gobierno, que según también es pueblo, y a la población en general, razón por la cual, jamás usarán sus armas para reprimir a este y perjudicar a aquel, del que se reiteran fieles subordinados.
El miedo no anda en burro, si las llamadas a recordar la posición de cada quien no son gratuitas, al contrario, muy en el fondo y también a flor de piel, hay la sensación de descontento con el papel que se ha hecho jugar a las fuerzas armadas mexicanas, en tareas que no son del todo de su agrado, o apegándonos al discurso, que no forman parte las funciones que tienen encomendadas por la constitución y sus leyes. Los analistas suelen tratar al Ejército como si fueran un bibelot que se quiebra, o cuando menos se resiente cuando lo sacan de la vitrina, pero ni modo, los gobiernos han encomendado a las fuerzas armadas misiones que no pueden encargarle a nadie más, o sí, pero que quien sabe si salieran como deben.
Entrando en materia, ¿se fijó en las múltiples imágenes y videos de la inauguración del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles la semana pasada?, pese a haberse construido encima de la antigua Base Aérea Militar número 1 en Santa Lucía, y haber sido construida por militares, estos brillaron por su ausencia. Sí, estaba el C. Secretario, y también el encargado de la obra, pero como que aquello pululara de uniformes verdes, azules (los de la Fuerza Aérea) y blancos (de la Marina), pues no, para nada.
Ni siquiera porque había demasiados civiles en el área, ni porque el estado fuera de alerta máxima por estar presente el jefe supremo, ni por nada se veían rondines o guardias apostados, como sí se ven en el Aeropuerto Internacional Benito Juárez, donde personal de la Marina, uniformado pero sin armas, recorre los pasillos para arriba y para abajo.
La pregunta que surge es ¿los puestos de fritangas, de souvenirs, de lectura de cartas, se instalaron con permiso o sin permiso de la comandancia del AIFA?, lo preguntamos porque desde siempre las instalaciones militares, y el Aeropuerto es una, prioritaria, “de seguridad nacional” se llenó de civilones para el magno evento, pues ya desde el siguiente día no regresaron. Haciendo un poquito de historia, cuando la guerrilla lanzó un asalto al cuartel de Madera, en Chihuahua, en septiembre de 1965, fueron repelidos a sangre y fuego, cuando los familiares de los 43 desaparecidos de la Normal de Ayotzinapa quisieron entrar al cuartel del 27° batallón de infantería en Iguala para buscar los cuerpos o evidencias, igual fueron bateados, ¿y nos dicen ahora que cualquier vendedor ambulante puede instalar su puesto semifijo en una instalación militar, para más señas, la más importante para todos los efectos, después de palacio nacional?
Ánimas, ya parece que en tiempos del extinto Estado Mayor Presidencial se iba a permitir que alguien pusiera un anafre y un tanque de gas a menos de 100 metros de donde iba a pasar el presidente.
Pero bueno, estamos en tiempos de 4T, ¿de veras el Ejército se habrá vuelto tan bueno como lo quieren pintar, convertidos en albañiles, ya no habrá necesidad de recordarles que se deben a México y sobre todo que no levantarán ni la mano y ni siquiera la vista para quien les da de comer tan suculentamente?
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