Por Marco Campos Mena
Saltillo no siempre fue la ciudad seca y polvosa que hoy muchos dan por sentada. Hubo un tiempo en que el agua era parte central de todas nuestras actividades y daba esa sensación de estar en un lugar más privilegiado que muchos de los alrededores.
Desde su fundación en 1577, la ciudad se organizó alrededor de manantiales, acequias y arroyos que no solo marcaban límites naturales, sino que permitían la vida. Huertas enteras prosperaron gracias a ese sistema hidráulico rudimentario pero eficiente. El agua era el eje central del desarrollo y crecimiento.
Entre esos cauces, uno destacó por su cercanía con la vida cotidiana de los habitantes: el Arroyo del Pueblo.
Quienes crecieron cerca de él no lo recuerdan como un foco de infección, sino como un punto de encuentro. Agua clara, corriente constante, pequeñas presas naturales donde los niños se lanzaban, peces que podían atraparse con las manos. Era parte del paisaje y de la memoria.
Ese Saltillo también tenía otro clima y no es exageración: las acequias abiertas, la humedad constante y la vegetación generaban microclimas. Había neblinas frecuentes, descensos de temperatura y una sensación térmica distinta. Esa fue la razón por la que Saltillo era conocida como la ciudad del clima ideal.
Sin embargo, todo eso empezó a desaparecer con el desarrollo urbano, el crecimiento y la venta de las huertas para dar paso a los fraccionamientos y fábricas.
La pavimentación masiva, el crecimiento desordenado y la desaparición de huertas enterraron literalmente el sistema de agua que sostenía a la ciudad. Las acequias se convirtieron en tubos y los arroyos, en canales olvidados o drenajes de la ciudad, y el arroyo del pueblo fue el caso más claro y evidente de degradación.
Lo que comenzó como una solución improvisada por falta de recursos terminó como un problema estructural que arrastramos en esta época. A partir de los años setenta, muchas colonias, ante la falta de infraestructura de drenaje fueron conectadas directamente al Arroyo del Pueblo como si este fuera un sistema de drenaje. Una salida fácil con un muy alto costo para la ciudad.
A eso se sumaron descargas de otros puntos: actividades industriales, desechos orgánicos, incluso instalaciones que nunca se integraron correctamente al sistema sanitario. Entre ellos podemos encontrar el rastro al sur de la ciudad y clínicas que vacían los residuos que deberían llevar un manejo especial directamente al cauce del arroyo.
El arroyo dejó de ser agua cristalina y llena de vida para convertirse en un caudal verde de olores fétidos e infecciones seguras para quienes osen acercarse a él. Lo que estuvo algún día lleno de vida, de felicidad de los niños que se metían a bañar y vivir sus tardes de manera sana, ahora es un panorama desolador que refleja un foco rojo que urge atender.
Hoy, puntos como el cruce de la Calzada Madero, a la altura del puente 2 de abril, son evidencia de ese deterioro. Agua estancada, olores constantes, espacios públicos inutilizados… El Parque Hundido, que pudo ser un punto de convivencia y esparcimiento familiar se convirtió en un espacio desolado en el que el riesgo es alto, y no solo por la contaminación, sino por el olvido en mantenimientos y por ser un punto de reunión de pandillas y migrantes malintencionados.
A lo largo de su recorrido, el arroyo atraviesa la ciudad recordándonos lo mismo: abandono, contaminación y una normalización preocupante del deterioro urbano. Tal es el caso de su cruce por avenida Universidad, donde también es claro ejemplo de alto riesgo y falta de atención.
Ahora es cuando surge la pregunta: ¿este es el costo del progreso?
Estamos hablando de salud pública, de valor urbano, de identidad, de la imagen y plusvalía de nuestra ciudad. Hay zonas que se degradan, propiedades que pierden valor, ciudadanos que se resignan a vivir con malos olores y riesgos sanitarios por el apego a sus hogares y recuerdos… Y, más grave aún, una ciudad que empieza a olvidar lo que fue.
El deterioro del Arroyo del Pueblo se debió a una suma de decisiones y omisiones que no fueron corregidas a tiempo, y quizás la migración y atención hacia el norte de la ciudad juega un papel importante en ello, pues la vista y atención se dirige hacia allá dejando marginado este tema.
Podríamos pensar que este tema ya no tiene solución, pero sí la tiene. Basta con que comencemos a ver a la ciudad como un todo y que se invierta de manera correcta en los temas que deben ser atendidos con importancia y urgencia, como conectar el drenaje de las colonias a la red y poder tratar el agua, comenzar brigadas de limpieza y detectar los puntos donde la gente suele tirar sus desechos y basura pensando que “un poco más de basura no hará daño a nadie” Para construir la ciudad que queremos y que sabemos que merecemos, es importante que le demos la atención debida a estos temas y que consideremos que tenemos un potencial turístico de atracción de inversiones, algo que sabemos que es de vital importancia ante la situación crítica que estamos viviendo en materia económica a nivel global.
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