Por Horacio Cárdenas
Hay quienes citan a Shakespeare, hay quienes tienen como alter ego a la Chimoltrufia, los hay como Enrique Abasolo capaces de citar hasta al Sr. Rajuela… el jefe de Pedro Picapiedra en la cantera, y bueno, estamos nosotros, aquí citando un capítulo de la Dimensión Desconocida, que seguramente vimos cuando no existían monsergas como el calentamiento global, el SIDA, la cuarta transformación o el cambio climático.
En este capítulo de aquella famosísima serie de televisión, el personaje principal era un ciudadano cualquiera, bueno, de la nación norteamericana de los años sesenta, un auténtico figurín en la flor de la edad, por el que se derretirían la mayoría de las Barbies y bastantitos Kens, o como se diga el plural de este nombre, que ya ve como es la violencia política de género, ni siquiera lo han de haber inventado todavía.
El caso es que de buenas a primeras este personaje adquiere notoriedad, pues es capaz de ver el futuro, concretamente de pronosticar lo que ocurrirá al día siguiente. Muy al estilo norteamericano, lo descubre un programa de televisión, quien lo convierte en un espectáculo, que dada su certeza en los pronósticos, cada vez tiene una audiencia más grande. Hay que tener en cuenta la época, no había internet ni correos electrónicos, la gente se apiñaba a las afueras de la televisora para poder ingresar al recinto y entonces, a ver si tenían la suerte de que el vidente le respondiera la pregunta que le planteaba.
Todo iba perfecto, hasta que en una emisión del exitosísimo programa, el personaje, que para esto se negaba a salir a escena, y solo mediante amenazas de su “manager” lograron que saliera ante cámaras, con un tono pausado, tranquilo, pero en extremo serio, le responde a la pregunta de una dama que se hallaba entre los espectadores que mañana sería un día esplendoroso, un día de absoluta felicidad, en el que desaparecerían todas las preocupaciones. Y toma, que sale del escenario.
La siguiente escena tiene lugar en el camerino del hasta esa tarde, estrella del canal de televisión, acosado por su descubridor, quien le grita que han recibido cientos de llamadas para que explique qué es exactamente lo que quiso decir con esa respuesta que le dio a la espectadora, después de mucho remolonearse le respondió la razón: el día de mañana el sol aumentará su tamaño cien, mil, o no me acuerdo cuantas veces, con lo que la vida en la Tierra quedaría reducida a cenizas… De hecho, le dice el vidente, esto ya ha comenzado, siendo de noche aquí, en las partes del mundo en las que ya es el día siguiente, han comenzado a ser fulminadas por la desbordada energía solar, momento en el que entra alguien de noticias, nunca falta alguien de noticias, que corrobora que se ha perdido todo contacto con Japón, Australia, y otras naciones en las antípodas… y allí termina el capítulo, y la vida en el sufrido planeta Tierra.
Pues bien, algo así es lo que México entero está esperando que ocurra el día 18 de los corrientes, en que alguna instancia judicial, nos imaginamos que la Suprema Corte de Justicia de la Nación, pero tampoco somos tan clavados como para meternos en ese merengue, emitirá su dictamen sobre la procedencia del reparto de los célebremente tristes Libros de Texto Gratuitos, convertidos de unas semanas para acá en la manzana de la discordia entre los defensores a ultranza de la cuarta transformación, del gobierno federal y de la encarnación de ambos, el presidente Andrés Manuel López Obrador.
Si es la Suprema Corte, recetará uno de sus típicos dictámenes, centrados en una, y una sola cosa, si el procedimiento seguido fue el correcto: si no lo fue, va para atrás, si sí lo fue, entonces se queda. Es así como ha bateado ordenamientos que ya dábamos, de presidente para arriba y para abajo, por hechos, entre ellos la primera reforma electoral, la segunda reforma electoral conocida cariñosamente como plan B, lo de la guardia nacional transferida a la Secretaría de la Defensa Nacional, y bastantes otras, en que el gobierno aplicó la máxima lopezobradorista de que “no me vengan a mi con el cuento de que la ley es la ley”, y pues sí, los ministros salieron precisamente con ese cuento, la ley es la ley, y allí dice con todas sus letras cómo se deben hacer las cosas, si se hacen de otra manera, pues pelas.
Entonces lo que está en juego es el tema de la distribución… no el de los contenidos, no el de la manera en la que debiéndose consultar, no se consultó, no si se deben repartir los libros que tienen errores, a los que ahora nos enteramos que al paquete que entregará la SEP, se le anexará un cuadernillo, no con los contenidos de matemáticas, no los contenidos de español, o la parte cancelada de lo de cada estado de la república, sino su fe de erratas, ya nos imaginamos a cada escuincle acudiendo a la fe de erratas para ver si la palabra o el postulado que aparece en el libro es una equivocación, o así es.
Lo que suele acontecer con las resoluciones de la Suprema Corte es que a nadie dejan satisfecho. O bueno, sí satisfacen a los que promovieron el pleito, normalmente no enfrentando al toro de frente, sino por el flanco de que el procedimiento no fue el correcto. Además que la Suprema Corte no se suele quedar solo con su dictamen, sino también ordenar una serie de acciones tendientes a dejar las cosas como antes, tampoco se mete en camisa de once o doce varas para mejorar nada, en el momento que lo hiciera se le irían al cuello alegando que quiere legislar o cosa así.
Entonces estamos con que el país está en vilo de aquí al día 18. El gobierno de Coahuila, hasta el momento de teclear estas líneas había dicho un par de cosas importantes, primero que no aceptaría caprichos, y segundo que esperaría a la resolución de la corte al respecto, lo que diga el máximo tribunal se aceptará aquí, descontando los caprichos, como verdad inapelable, y adelante hasta donde tope.
Desde acá, las posibilidades se reducen a solo dos: o que le de la razón a la parte promovente, que solicita que no se repartan, que se reponga el procedimiento de elaboración (ese que se debió llevar los últimos cinco años) ahora sí consultando a padres de familia, maestros, organizaciones civiles, sistemas estatales, y solo entonces se impriman de nuevo, se repartan y se comience a enseñar con estos… ¿en diez días?, o la otra, que le de la razón a la defensa, el gobierno federal representado por la Miss Lety y Marx, no Carl sino el que la riega y está dispuesto a morir por ellos, por los libros.
Y es aquí donde quisiéramos que todo ocurriera como en aquel capítulo de la Dimensión Desconocida. Al vidente alguien se acercó a preguntarle ¿si había visto que el mundo se terminaría al día siguiente, porqué no lo dijo así?, a lo que respondió que para no crear el pánico que seguramente seguiría a ese vaticinio, mejor que todo pasara mientras pensaban que amanecería un día mejor. El 18 de agosto nos tememos que no amanecerá un día mejor, sino una instancia más, la última agotada, y con medio México enfrentado a la otra mitad por algo que la verdad, a muy pocos les importa ¿o hay que recordar la estadística de lectura en México, esa que dice que se leen en promedio 2.8 libros al año, incluidos los de texto gratuitos?
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