Educar en tiempos de orfandad

Trabajar bajo condiciones de orfandad implica retos y adversidades que se deben enfrentar en el interior del aula y de la institución. Se debe tomar el desamparo como una oportunidad para educar.

Por: Ángel Alonso Salas

Escribo el presente texto como profesor del Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) plantel Azcapotzalco, penosamente famoso por las reiteradas tomas que ha sufrido; donde, en menos de un año, la dirección y varios espacios públicos o escolares de la comunidad universitaria han sido destruidos en tres ocasiones. Como es sabido, en esta última ocasión la “nota” de la toma de la dirección terminó con un incendio con todo y personal de la Dirección General del CCH, quienes sufrieron quemaduras de segundo grado. Nueve estudiantes han sido identificados como agresores y, provisionalmente, han sido expulsados; se espera que exista justicia penal contra los responsables de una tentativa de homicidio.

Sin embargo, en la historia reciente de este CCH se pueden contar diversos momentos en los que se ha tomado el plantel; una serie de expulsiones de estudiantes; una creciente indignación social y colectiva que van desde el trágico episodio de septiembre de 2018, cuando porros de dicho plantel acudieron a la rectoría de la UNAM y golpearon a otros estudiantes, hasta los cometidos en octubre de este 2023. Las imágenes, videos y testimonios de estos acontecimientos dejan anonadados a la mayoría de las personas. Indudablemente, la rabia, indignación, tristeza, molestia y frustración suelen encabezar los sentimientos de impotencia y desolación con los que regularmente se queda la comunidad universitaria, sentimientos que terminan “rematados” con los pusilánimes comunicados que emiten todas las autoridades implicadas, lo que da la sensación de que quedan cobijadas bajo un estandarte de permisividad, al fomentar estos actos con una impunidad absoluta y, en el fondo, quienes conformamos la comunidad de dicho plantel, además de padres de familia y personas de la comunidad y la sociedad agraviada, somos quienes terminamos con un sentimiento de “orfandad”.

La Real Academia Española (RAE) proporciona entre las acepciones del término orfandad dos definiciones que vale la pena retomar. Por una parte, lo define como el de “estado de huérfano(a)”, y, por otra parte, “falta de ayuda, favor o valimiento en que una persona o cosa se encuentran”. La primera nos lleva a pensar en la situación en la que se encuentra un menor de edad cuando ha fallecido su padre, su madre o ambos, y queda en esa situación de desamparo, desprotegido y desvalido, “a la deriva”, y tendrá que recibir protección de terceras personas; a saber, el familiar más cercano, la madrina, el vecino o el Estado, quien lo representará jurídica y moralmente como “segundo tutor” o de “autoridad provisional” mientras dicha persona menor es capaz, legalmente, de tomar las riendas por sí mismo, y enfrentar que está solo.

La segunda definición, si bien nos quita esa figura paternalista y de protección hacia la persona vulnerable, nos remite a una carencia, a seguir el camino a sabiendas de que las autoridades, personas o situaciones que tendrían que acompañar el caminar están ausentes, se han invisibilizado o de facto no existen. En este caso lo que duele no es la ausencia de quien por alguna causa externa (muerte, encarcelamiento, decisión propia, violencia intrafamiliar o alguna causa de fuerza mayor) no se encuentra presente, sino por ese vacío y esa ausencia que per se existe y que una persona o colectivo se siente desamparada. Cabe resaltar que ese sentimiento no es por falta de resiliencia o dependencia de la figura ausente (persona, amistad, autoridad, Estado), sino que al ser un camino que se recorre en comunidad, el andar en soledad duele y es complicado. Dicho con otras palabras: trabajar con, en, desde y para la orfandad no es algo que debiera ser normalizado ni visto de manera meritoria. No recibir ayuda o carecer del apoyo de quien está al frente o acompañando en el caminar, es una responsabilidad colectiva; constituye un deber ser que debemos exigir y no sólo “aguantar”, “tolerar” o “dejar pasar”.

Trabajar con la orfandad es asumir que la vulnerabilidad en la que nos encontramos se convierte en la fortaleza para salir adelante de la manera más honrosa posible. Supone no lamentarse ni esperar a que alguien nos levante de nuestra caída, sino ver este momento como un área de oportunidad para reconstruir y trabajar en comunidad, asumiendo que la ausencia debe hacernos más fuertes y que debemos explorar nuestros límites para salir adelante.

Trabajar en la orfandad es llevar a cabo las actividades que se deben hacer, realizando los ajustes que causen un menor daño a favor de las personas que dependen de uno, sabiendo que las autoridades se limitan a comunicar y a permitir, para que la situación que desembocó el problema no crezca más, pero se normaliza el daño y se pide aceptarlo sin más, por lo que trabajar en la orfandad nos lleva a una responsabilidad de cada parte con el todo.

Trabajar desde la orfandad es asumir la exclusión y no saberse representado por quien debería de acompañar en el caminar y educar. Es asumir que desde la marginación e invisibilización existen motivos de sobra para trabajar de manera cualitativa y comunitaria. Es reconocer que la impunidad nos puede hermanar, que nos puede llevar a buscar soluciones a favor de cada una de las partes del todo sin que ellos sean el todo.

Finalmente, trabajar para la orfandad es concretar la frase de Albert Camus: “Donde no hay esperanza debemos inventarla”. Es la búsqueda de ese “algo” (ideal, valor, mentira) que impide que uno sucumba ante la vorágine de la depresión, del sin-sentido del trabajo o de la desesperanza, porque se ha sufrido y vivido el abandono y otros acontecimientos ante los cuales ha surgido la intolerancia. Nuestro deber es trabajar la comunidad desde la orfandad.

* Ángel Alonso Salas es profesor de tiempo completo en el Colegio de Ciencias y Humanidades, plantel Azcapotzalco, de la UNAM. Tiene los grados de licenciatura en Filosofía por la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Iztapalapa; maestría y doctorado en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras, de la unam, y el doctorado en Ciencias (Bioética) por la Facultad de Medicina, de la UNAM. Es investigador nacional, nivel I, del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Nacional de Humanidades, Ciencia y Tecnología. 

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