Por Enrique Abasolo
¿Qué podría decirse de un padre de familia que, puntual y devotamente, separa la más generosa porción de sus ingresos para dividirla entre todos los miembros del hogar?
Y cuando hablo de todos, me refiero literalmente a todos en la familia, pues hasta el nene recibe un par de miles de pesos para solventar sus gastos; la madre desde luego, los hermanos mayores (jóvenes universitarios) y el abuelo que vive bajo el mismo techo. Nomás el gato no porque tuvieron que convencer a este buen hombre de que no había manera de plano de que el minino ejerciera la mesada de la que lo querían hacer partícipe.
Parece una buena estrategia y una actitud cabal. Hace a todos corresponsables de la administración de los recursos y contribuye al empoderamiento de todos, dándole a cada quien algo de poder adquisitivo.
El ánimo y la sensación de bienestar son inmejorables, lo mismo que la percepción sobre el jefe de la familia: “¡Qué buen hombre! ¡Qué maravilloso! ¡Qué excepcional! ¡Qué responsable! ¡Qué bárbaro!”.
Junto a otros jóvenes de su edad, nuestros afortunados muchachos siempre traen dinero para gastar y a veces no pueden evitar despilfarrarlo en golosinas o caprichos tontos propios de su edad. Esto es tolerable. Son jóvenes y nunca han tenido… Es justo que disfruten.
La señora también se permite algún gustito de vez en cuando y hasta el abuelo se consiente con una tarde de dominó y tragos con los amigos. Después de todo, ya trabajó durante muchos años y es apenas un poco de lo que se merece.
Todos contentos… ¿Verdad?
Si no prestamos mucha atención al hecho de que ni en el refrigerador ni en la alacena hay mucho que comer, toda marcha de maravilla, pero… ¡Hey! ¿Cuál es el problema de que en la casa no haya una mesa servida todos los días, si cada quien trae para comprarse lo que más le gusta y comer según sus apetencias?
Olvidé mencionar que la casa donde vive esta familia “única y detergente” no cuenta con todos los servicios; los han ido cortando uno a uno porque el patriarca no ha pagado las cuentas, ya que su prioridad es darle a cada uno tanto dinero como sea posible, en efectivo, en su mano, puntualmente… para que estén contentos. ¡Le encanta verlos contentos!
A fin de cuentas, con dinero cada quien puede comprarse datos para su teléfono (sería una tontería contratar internet en casa). Si necesitan agua, electricidad o cualquier otro servicio, pueden utilizar las instalaciones de la escuela, ir con un vecino o son libres de pagar ellos mismos los recibos acumulados. No sería mala idea que gastaran con algo de responsabilidad, aunque claro, lo que se debe supera por mucho lo que entre todos reciben mes con mes.
Los más enfermizos del hogar son naturalmente el anciano y el niño más pequeño, cada uno con su cuadro de dolencias recurrentes. No tienen seguro, pero bien pueden echar mano también del efectivo que disponen para ir a consultar con un médico particular (aunque sea un doctor Simi) y aprovechar para surtir de una vez el medicamento genérico o similar.
De inscripciones, transporte y materiales escolares, mejor ya ni hablamos… Ya se la saben: ¡Agarren ahí también de su mensualidad que para todo debe alcanzar con algo de buen juicio y de “austeridat”!
¡Tampoco esperen que el padre les resuelva todo! Tengan un mínimo de consideración y madre. ¿Qué no les parece bastante lo que hace el cabeza de familia, procurándole a cada uno su pequeño presupuesto personal para que lo ejerzan a discreción?
En realidad, esta admonición es innecesaria. Los integrantes de este hogar tan sui géneris están perfectamente conformes con el estado actual de las cosas.
¿A usted qué le parece este esquema? ¿Lo considera funcional?
Yo realmente tengo mis reservas. Le encuentro muchas deficiencias y puntos cuestionables, pero… ¡Caray! Miro tan felices a los miembros de esta familia, tan agradecidos y en deuda con el señor de la casa que hasta me hacen dudar.
Pero le pregunto… ¿Le parece sensato que el jefe del hogar pulverice el presupuesto y con éste también haga polvo su responsabilidad y la transfiera a la gente que se supone está bajo su protección y cuidado?
En teoría, sabe que es su deber proveerles alimentación de calidad, educación, salud, insumos de toda índole… Y está trabajando en ello. Pero si de momento todo ello no es posible, no hay que ser malagradecidos.
Y ya le digo: No lo son. Esta gente tiene confianza absoluta en su amoroso padre y respalda cada una de sus decisiones; incluso si esas decisiones implican el más lamentable y absurdo despilfarro de la otra parte del presupuesto… ese otro enorme porcentaje restante del que jamás les habla.
Por ejemplo, el señor de la casa paga un vehículo de lujo que nadie utiliza, pero es todo su orgullo y ni modo de no querer verlo contento.
Y ¡Hey! También ha hecho algunos emprendimientos (porque es un hombre visionario). Compró el videoclub de la esquina… ¡A muy buen precio! ¡La renta de VHS es el futuro!
No olvidemos que el amoroso patriarca además tiene otros hijos… Los que sí llevan su apellido y esos están acostumbrados a un estilo de vida mucho más oneroso. No se lo tome a mal ni ande deseando lo que no es de usted. La codicia es pecado.
Así que si de momento la casa no está al cien… O si la alacena no está repleta; o no podemos darnos el lujo de enfermarnos seriamente porque nuestra única opción clínica es una que tiene a una botarga que baila reggaeton en la entrada, hay que ser consciente de los esfuerzos del patriarca y aguantar sin chistar, pues todo forma parte de un plan maestro transformador, en beneficio de quienes aquí vivimos.
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