Dos gritos, un mismo dolor

Por ENRIQUE ABASOLO

Acalorado debate desató la celebración del MCLXVIII aniversario de nuestra Independencia (no trate de leer el número romano, sólo puse unas letras aleatoriamente a lo pendejo).

    Particularmente en nuestra localidad, ese terruño cuna del vaquero-hípster, antes conocido como SaltiYork, hoy convertido en colonia del Imperio Británico, SaltiYorkshire, la discusión se tornó muy acalorada.

    Como siempre, el centro de la polarización fue Andrés Manuel López y su contraste -o la falta de éste- frente al régimen tradicional. Veamos:

    Luego de más de dos años de pandemia, AMLOVE pudo por fin celebrar un Grito como lo dictaban sus más húmedos y lúbricos sueños: Con un Zócalo repleto de incondicionales que le ayudasen a aplacar un poco su insaciable hambre de cariño, de aquiescencia, de aprobación, que por más que le sobran, no termina de asimilar (no obstante, es lo único que presume a falta resultados concretos).

    López dio un Grito totalmente indiferente a los reclamos populares y perfectamente legítimos de salud, de justicia, de transparencia y, sobre todo, de seguridad.

    Y desde luego y acorde con su estilo, AMLO aprovechó nuevamente el acto protocolario para insertar su muy personal agenda e ideología dentro de la arenga que, se supone, debe honrar a los héroes de la gesta independentista.

    ¡Ni madres! Tenía que recetarnos su monserga esotérica esa de la Fraternidad Universal (ooootra vez). Y luego de la primera tanda de “vivas”, nuestro mandatario hizo un interludio de “mueras”.

    “¡Muera el clasismo!”, dijo el que no deja de señalar las diferencias entre clases, legitimando sólo a una de éstas, que no es la clase alta ni la clase popular, sino la clase que lo apoye, desde luego.

    “¡Muera el racismo!”, dijo el que no reconoce su herencia española, porque en su imaginario sólo el elemento indígena es digno de formar parte de nuestra nacional identidad.

    “¡Vivan los pueblos indígenas!”, dijo el presidente que quiere mantener a las comunidades indígenas en una burbuja de rezago, condenadas a vivir de cultivos sin maquinaria ni agroquímicos; el mismo que le niega la justicia a las niñas de la sierra que son desposadas con adultos porque, ni que fueran tantas…

    Pero, sobre todo, se atrevió a espetarnos un “¡Muera la corrupción!”. Él, el mismo que solapa a Manuel Bartlett y a Gertz Manero; el mismo que ha premiado a Delfina Gómez por robar para su partido y para la 4T; el mismo AMLO que ha protegido a sus familiares y allegados de la acción de la justicia. Lo dice él, cuya administración está plagada de expedientes reservados y contrataciones directas. “Muera la corrupción”, dice el que no quiere dar a conocer la identidad de los dueños de la mina de El Pinabete. Y lo gritó con la mano aún caliente tras haber pactado con Alito Moreno y el PRI su impunidad a cambio de que le aprobasen la infame militarización del País.

    De veras, ¡qué poca madre la del presidente!

    Como cereza del pastel, podríamos mencionar a sus invitados de lujo, pero pasarles lista nos ocuparía demasiado espacio, así que sólo comentaremos dos aspectos más: La movilización de acarreados y el gasto de la verbena posterior al Grito, con un cartel encabezado por los Tigres del Norte cuyos honorarios deben ser más altos incluso que los de Tatiana.

    Ambas cosas son prácticas harto habituales, no hay nada que nos extrañe (incluso, la celebración de nuestra independencia amerita echar la casa por la ventana); sin embargo, la contradicción para la chairiza es mucha:

    El acarreo es la cosa más común y ordinaria, en efecto… pero se suponía que la 4T estaba aquí para hacer las cosas distinto.

    La verbena con grandes artistas es un “regalo” para el pueblo. ¿Pero no eran esos los gastos y los derroches que el hoy partido gobernante criticaba antes como excesos del Poder?

    La celebración en sí misma, cuando el País está sumergido en una ola de violencia y un baño de sangre, con una cifra récord de muertos que supera incluso a la de los dos gobiernos anteriores… ¿No era el tipo de incongruencias que hacía clamar a la autodenominada izquierda: “nada que celebrar”?

    Pero como ya le decía, en Coahuila no cantamos mal las norteñas. El Gobernador del Estado, Miguel Riquelme, había anunciado que el tradicional Grito se llevaría a cabo a puerta cerrada (la verdad no sé si nos estaba avisando o nos estaba albureando).

    Esto desde luego causó desazón entre todos aquellos que repudian al régimen comarcano y exigían que se respetara el protocolo de realizar públicamente la ceremonia para poderla desairar no asistiendo porque repudian al régimen comarcano.

    Pero, a última hora, sí se llevó a cabo el Grito, en una Plaza de Armas siempre cercada por una valla metálica, tal como lo ha estado durante prácticamente todo el presente sexenio. Y con la vigilancia de un fuerte dispositivo de seguridad militar, cosa que rompe un poco la ilusión de Independencia y no permite sentir el elemento libertario que es esencial para esta celebración.

    Riquelme se ha pasado los años de su gobierno atrincherado, resguardado en el Palacio Rosa al cuál convirtió en su búnker personal, por miedo a que un grupo de maestros veteranos con muchas inquietudes y reclamos sobre su sistema de salud y de pensiones, cometan alguna locura como perpetrar un ataque con bombas estilo talibán.

    Todo esto le ha valido a Riquelme una fama de autoritario y represor.

    Pero si Riquelme ha puesto una valla alrededor del Palacio de Gobierno, AMLO I mandó fortificar el Palacio Nacional con planchas de hierro por temor a que los grupos feministas se lo fueran a maltratar y es que el señor don Modestia allí reside, en el Palacio.

    Chairos contra fifíes se debaten sobre quién es el peor gobernante y quién cometió los peores excesos durante las pasadas celebraciones, toda proporción guardada respecto a los niveles de gobierno Estatal y Federal.

    Yo pienso que el 15 y 16 de septiembre son días de unidad en los cuales deberíamos como mexicanos hacer a un lado nuestras diferencias y nuestros partidismos, para fundirnos en un abrazo fraterno y entender que, mientras el pueblo está en la calle debatiéndose por una y otra ideología, al interior de sendos castillos, sus respectivos monarcas pasaron una velada increíble entre viandas de lujo, bebidas finas, artistas de primer nivel y gente bonita.

    Dicho de otra manera, no veo para qué pelear y discutir sobre cuál es peor, cuando está visto que unos y otros son la misma cosa y podemos mandarlos por igual a que nos saluden mucho a su Coatlicue madre.

    ¡Viva septiembre, mes del testamento!


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